Patricia y Camilo
Patricia
Patricia y Camilo
PatriciaEn la esquina me recibe un perro negro
como yo, al que han dejado afuera.
.
La casa tiene un portón azul
como yo y un camino de malvones
hasta la puerta casi de piedra.
.
Después se extiende una larga fila de casas
hasta la otra esquina, todas desiguales,
donde se destaca un pino como yo
y un camión de mudanza.
.
Hay una señora como yo
vendiendo alfileres, agujas e hilo de coser
de puerta en puerta.
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Un vecino como yo sale con su diario,
su cartera lista. Saluda a sus hijos
que son como yo y se va apurando el paso.
.
En los adoquines como yo,
se presiente una lluvia y el águila de una sombra
de plátano acaricia la vereda.
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La vereda es verde como yo
y despareja en su conjunto de árboles
de raíces descubiertas y huesudas como las manos
de un anciano.
.
La vereda es tranquila y hermosa a las nueve.
La mañana es dulce en las manos.
.
Un hombre como yo empuja su carro.
Se detiene en el basural de la vereda de enfrente
donde encuentra un viejo motor como yo
que bien podría ser de un lavarropas.
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Una pareja como yo desciende de un auto
frente a la casa que se alquila. Se besan en el
umbral y después ella busca una llave que tiene él
y que esconde tras su espalda.
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Detrás del edificio del correo y arriba,
se alzan nubes como yo que urden la próxima tormenta.
La brisa arremolina un papel de propaganda.
El perro negro raspa los barrotes del portón.
.
La calle se vuelve gris como yo.
Nubes negras encadenadas como montañas boca abajo.
Más allá, bien arriba, parece verse a la muerte
en el puño de un dios. La muerte y la tormenta
en un mismo anuncio irrevocable.
.
Pasa una mujer embarazada y su hijo tomados de la mano.
El chico carga una pelota como yo.
.
Pasa un hombre en bicicleta que tiene una boina como yo.
.
Todos se alejan.
.
Desde la esquina observo la calle. La perspectiva
me entrega árboles que se anudan por el viento,
y se persignan ante los adoquines que se dejan arrullar
por las ramas.
.
Ya no hay nadie en esta calle.
Y cuando el viento pare, empezará a llover una lluvia
como yo y cambiará el paisaje. Será una sola aguada,
un solo sonido extenso y fresco. Y todo brillará
y lucirá como recién creado.
.
En medio de la lluvia, seré yo completamente yo.
Esta calle, los árboles. Todas las cosas bajo un cielo
de ramas y hojas temblorosas.
Todas las cosas en una sola alma toda mía.
Leído por Alicia Pastore en este enlace
Relampaguea. Salgo a colgar la hoja con el poema recién escrito. Dos broches. Sector medio del tendedero. Los relámpagos son continuos. Apenas unos segundos median entre uno y otro. Me sitúo detrás del papel y de inmediato noto una fisura con forma de mueca disconforme en las vértebras torácicas. Las clavículas flotan como dos islotes: se dirigen hacia el sur. Sobran tres costillas y media y un pincel peinado hacia atrás que no sé qué hace ahí. Las vértebras lumbares conforman una serpiente, y toda la columna, dispuesta ahora de perfil, posa para la foto. En otro pantallazo, me llama la atención el esternón: demasiado colmado de libélulas, que si las miro de reojo dan la imagen de un erizo que se disgrega. Lo demás está bien: las falanges rascan la pelvis en pleno ejercicio de su ocio y la cabeza en los pies, como debe ser.
1
corriendo desnuda
despareja
boba
por las baldosas partidas
nada te tragará
ni en mil plegarias te tragará
no habrá un ojo de fuego
bajo la tierra
esperándote
2
escribiendo en la pared
frente de casa
que no te busque
que no te escriba
que no te ame
la vida sigue ponés en rojo
y una flecha al final
señala el terreno baldío
3
feliz feliz
saltando un elástico invisible
los árboles cabeceando
en la brisa del verano
con un muñeco que no hay
bajo tu brazo de arlequín
chin-chin de la copa que no está
azul violeta de una calle que no es
4
con mi tristeza
de bancos de plaza en otoño
con papelitos dispersos
y atado a la cola de tu sombra
5
en medio de la lluvia
cuando cae la tarde
y todo alrededor
donde soy el único actor
de la película
y no hay dobles
para la escena de llorar
En mi sueño
un ave se quitaba una pluma
y escribía sobre una piedra
un poema del tamaño de un anillo.
Yo lo leía con tanto gusto
que me desperté feliz,
danzando por dentro la música
de aquellos versos.
No recuerdo una sola palabra.
Ni cuál era esa letra vivaz del principio,
escurridiza en las grietas
y envuelta en su malla de baile.