Al menos 38 palestinos murieron ayer
Israel ingresa en los suburbios y el primer ministro israelí
Ehud Olmert dijo que su ejército está cerca de cumplir
con todos los objetivos trazados
Gaza es una herida que no cesa de abrirse más y más
Gaza es las entrañas de un hombre que sufre convulsiones
Gaza es el nuevo blanco el nuevo negro el nuevo judío
la nueva y vieja guerra el nuevo escenario de la muerte
Gaza es una mujer que pare un hijo muerto
Israel es Israel y Gaza es Gaza
I
S
R
GAZA
E
L
Gaza es Israel e Israel es Gaza
como que el mundo es el mundo es el mundo el mundo
el mundo…
Caín era Abel
Matar es humano
Perdonar es un cuento divino
Matar es dinero
¿No habrá un dios por quien no matar?
Los tratados de paz son puños feroces contra una mesa
contra un mapa contra una iglesia un hospital una escuela
una región un vientre un corazón
Todo es por nada
pero nada es por nada
pero todo es por nada
todo es nada
y más nada
Escuchá los alaridos tapate los oídos y escuchá cómo y dónde
tapate los ojos y mirá esos cuerpos
mirá esos cuerpos
Si Dios el amor la paz la esperanza están en tu cabeza también
pueden estar esos cuerpos
mirá esos cuerpos
mirá esa sangre esos ojos esas bocas esas orejas esas manos
escuchá las bombas los aviones los hayes los pordioses
¿estás en Buenosairesbarcelonadistritofederalquitomilánparis?
Sentí………………………………………………………!
Dios debe estar por aquí… debe estar…
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo…
Dios…
La paz sea contigo
Y con tu espíritu
Shalom Shalom
Dios…
Dios mira su reloj y dice: ¡Oh Dios, otra vez es tarde!
lunes, enero 12, 2009
viernes, enero 09, 2009
Notas para un poema XIX
Yo soy el de guardapolvo blanco. Y el que está a mi lado en la
foto –sombra ya anunciada- es el Hastío. Estamos sentados en un
último pupitre del aula de la escuela. Yo le muestro mis figuritas y
el Hastío las de él. Todo en silencio. Luego nos abocamos a otros
juegos. Miramos por una ventana y vemos caminar futuros
cadáveres. Convenimos en que el dibujo de la rayuela es un cuerpo
humano. La tiza borroneada en la palabra Cielo se parece a una
mancha de humedad en una pared. Recito viejos chistes mientras
el Hastío se aburre localizándonos en un planisferio rugoso. En un
cuadro, San Martín empuña una varita mágica por la que brota una
bandera celeste y blanca sin palomas ni conejos. En el pizarrón
negro no hay nada escrito. Es un cielo nocturno con estrellitas que
no brillan. De pronto el Hastío me señala las tetas de mi maestra
de quinto grado. Yo, en cambio, tengo presentes los ojos de
Alejandra, de cuarto B, que se parecen a los de Gabriela Gilli.
Extraño mi casa. Quiero irme, quiero ir a ver a los Tres Chiflados.
El Hastío me tironea de una manga, me arruga una solapa y me
muestra un crucifijo. Le repito que me voy, que estoy harto.
-Ya está bien por hoy. Dejemos las “cuestiones del alma” para
otro día.
Esperamos una carta que se abra en mil palomas.
Esperamos una carta que baje como una estrella implacable y nos
ampute la soledad antes de que se haga gangrena.
Ah, escribir ahora una línea que justifique mi día en este mundo…
¿Quién pudiera? Estoy cansado y tengo un yunque sobre mi cabeza.
No se trata de tener un fósforo y una gota de agua, ni de seducir
musas. Hay que tener un fuego con el que podamos dar de beber.
Encender los minutos, que llegan con su hambre de cachorro,
como a velitas de cumpleaños. Derretir el yunque e inscribir en él
con delicada algarabía algo así como un alentador epitafio.
Repleto del vacío de las horas, camino intangible de la mano del
hastío.
En el paraíso de las musas, La Muerte es un ángel caído.
Como en la ciudadela de Ferrer “Cuando acabe de morirme sé que
estarán mis compinches velándome en tus cornisas” Estos versos
de gran belleza me acompañan siempre, son mis compinches.
También yo quiero llevarme el “crepúsculo en mis huesos, chiflado
de melancolía”.
Siento que asciendo a los balcones, a los techos, a los cables de
alumbrado, a las chimeneas, y saludo en las cornisas a mis amigos,
a mis novias, a mis perros queridos. Ah si todo fuera subir a los
techos para recuperar la pelota atrapada en la canaleta del desagüe
para seguir jugando…
foto –sombra ya anunciada- es el Hastío. Estamos sentados en un
último pupitre del aula de la escuela. Yo le muestro mis figuritas y
el Hastío las de él. Todo en silencio. Luego nos abocamos a otros
juegos. Miramos por una ventana y vemos caminar futuros
cadáveres. Convenimos en que el dibujo de la rayuela es un cuerpo
humano. La tiza borroneada en la palabra Cielo se parece a una
mancha de humedad en una pared. Recito viejos chistes mientras
el Hastío se aburre localizándonos en un planisferio rugoso. En un
cuadro, San Martín empuña una varita mágica por la que brota una
bandera celeste y blanca sin palomas ni conejos. En el pizarrón
negro no hay nada escrito. Es un cielo nocturno con estrellitas que
no brillan. De pronto el Hastío me señala las tetas de mi maestra
de quinto grado. Yo, en cambio, tengo presentes los ojos de
Alejandra, de cuarto B, que se parecen a los de Gabriela Gilli.
Extraño mi casa. Quiero irme, quiero ir a ver a los Tres Chiflados.
El Hastío me tironea de una manga, me arruga una solapa y me
muestra un crucifijo. Le repito que me voy, que estoy harto.
-Ya está bien por hoy. Dejemos las “cuestiones del alma” para
otro día.
Esperamos una carta que se abra en mil palomas.
Esperamos una carta que baje como una estrella implacable y nos
ampute la soledad antes de que se haga gangrena.
Ah, escribir ahora una línea que justifique mi día en este mundo…
¿Quién pudiera? Estoy cansado y tengo un yunque sobre mi cabeza.
No se trata de tener un fósforo y una gota de agua, ni de seducir
musas. Hay que tener un fuego con el que podamos dar de beber.
Encender los minutos, que llegan con su hambre de cachorro,
como a velitas de cumpleaños. Derretir el yunque e inscribir en él
con delicada algarabía algo así como un alentador epitafio.
Repleto del vacío de las horas, camino intangible de la mano del
hastío.
En el paraíso de las musas, La Muerte es un ángel caído.
Como en la ciudadela de Ferrer “Cuando acabe de morirme sé que
estarán mis compinches velándome en tus cornisas” Estos versos
de gran belleza me acompañan siempre, son mis compinches.
También yo quiero llevarme el “crepúsculo en mis huesos, chiflado
de melancolía”.
Siento que asciendo a los balcones, a los techos, a los cables de
alumbrado, a las chimeneas, y saludo en las cornisas a mis amigos,
a mis novias, a mis perros queridos. Ah si todo fuera subir a los
techos para recuperar la pelota atrapada en la canaleta del desagüe
para seguir jugando…
viernes, enero 02, 2009
Notas para un poema XVIII
Dejar caer una gota de agua sobre una mesa. Tomar un fósforo.
Frotar el fósforo contra la gota de agua y encender un poema.
Ahora vuela una abeja tras el ventanal. Se pasea por el jardín en
círculos irregulares. Es una gota de miel flotando al sol. Perdida,
anda tras la miel de la melancolía.
Cuando se rompe un verso-llave-espejo no sobrevienen años de
mala suerte. La mala suerte reside en que el espejo no espeje, en
que la llave no encuentre la cerradura del poema y que el verso
no sea más que un verso.
La magia de la poesía consiste en tomar un trago de brisa en
ayunas y vomitar los dieciocho vasos de whisky de Dylan Thomas.
Las lágrimas no lloran. Tampoco caen. De brillar, suben.
Si yo fuera un poema sería uno muy malo, por cierto. Escrito por
un aprendiz que gustaba de hacer bromas.
La cruz que colocaron en memoria del hombre que se ahorcó en el
árbol que se ha secado, también está seca. Como si alguien en ella
hubiera sido crucificado.
Punto de fuga. De él hago partir rayos como los de la rueda de una
bicicleta. El manubrio está hecho de dos fideos. El resto se resuelve
en una cola de cometa. A la bicicleta rauda se sube un soldadito:
ese verde que está de pie en el primer estante de mi biblioteca.
El soldadito es uno de los tres que me quedó de recuerdo de mi
infancia. Ya no tiene armas y le falta una mano: fueron masticadas
por los dientes de mi hermana cuando yo era chico.
Allí va, Patricia, parte hacia el cielo, recibilo, mordelo un poco más,
está demasiado entero.
Está tronando afuera, y los parlantes del cielo se desgañitan. Caen
las primeras gotas como si llevaran demasiado tiempo aburridas
en el regazo de las nubes. Truena muy fuerte, como si alguien
quisiera vendernos una lluvia.
Cuando llegamos a la esquina, mi sombra dobló hacia la izquierda
y se esfumó. Me detuve. A mis pies yacía la sombra de un árbol.
Alcé mis brazos y me quedé estático ante la mirada de un niño.
Frotar el fósforo contra la gota de agua y encender un poema.
Ahora vuela una abeja tras el ventanal. Se pasea por el jardín en
círculos irregulares. Es una gota de miel flotando al sol. Perdida,
anda tras la miel de la melancolía.
Cuando se rompe un verso-llave-espejo no sobrevienen años de
mala suerte. La mala suerte reside en que el espejo no espeje, en
que la llave no encuentre la cerradura del poema y que el verso
no sea más que un verso.
La magia de la poesía consiste en tomar un trago de brisa en
ayunas y vomitar los dieciocho vasos de whisky de Dylan Thomas.
Las lágrimas no lloran. Tampoco caen. De brillar, suben.
Si yo fuera un poema sería uno muy malo, por cierto. Escrito por
un aprendiz que gustaba de hacer bromas.
La cruz que colocaron en memoria del hombre que se ahorcó en el
árbol que se ha secado, también está seca. Como si alguien en ella
hubiera sido crucificado.
Punto de fuga. De él hago partir rayos como los de la rueda de una
bicicleta. El manubrio está hecho de dos fideos. El resto se resuelve
en una cola de cometa. A la bicicleta rauda se sube un soldadito:
ese verde que está de pie en el primer estante de mi biblioteca.
El soldadito es uno de los tres que me quedó de recuerdo de mi
infancia. Ya no tiene armas y le falta una mano: fueron masticadas
por los dientes de mi hermana cuando yo era chico.
Allí va, Patricia, parte hacia el cielo, recibilo, mordelo un poco más,
está demasiado entero.
Está tronando afuera, y los parlantes del cielo se desgañitan. Caen
las primeras gotas como si llevaran demasiado tiempo aburridas
en el regazo de las nubes. Truena muy fuerte, como si alguien
quisiera vendernos una lluvia.
Cuando llegamos a la esquina, mi sombra dobló hacia la izquierda
y se esfumó. Me detuve. A mis pies yacía la sombra de un árbol.
Alcé mis brazos y me quedé estático ante la mirada de un niño.
viernes, diciembre 26, 2008
Notas para un poema XVII
Por la
escalera
oigo pasos.
Suben dejando
una pequeña huella
en el aire y desaparecen.
Después un portazo. Después alguien baja. Son tacos de mujer.
Pasos lentos. La mujer parece clavar cada escalón con el martillo
de sus tacos. Deben ser negros sus zapatos. Adivino una pollera,
el peso de una cartera bajo la axila derecha. La mujer camina hacia
la puerta de entrada: la puerta de salida, para ella. Se cruza con un
hombre al que conoce. Lo saluda. A él apenas alcanzo a oírlo. Ella
le dice que los escalones ya están clavados y que tenga cuidado con
los pasos que dejó un hombre hace unos minutos al subir.
En realidad, ella le dice al hombre otra cosa pero no puedo oírla y
como quería escribir esto que ahora escribo, imagino el diálogo.
Así las cosas, el hombre le contesta: lo que no harías si hubiera un
ascensor en este edificio.
Aire de mujer. Cortinas que baila el viento. Tendedero: se soltó de
su broche un bretel del vestido azul y nos deja ver la tortuga que
camina de perfil en busca de sombra.
Se ha vendido el terreno vacío donde imaginé una casa y sus
habitantes. Tendremos que mudarnos.
Salir malherido, casi herido de muerte, después de haber visto los
cuadros que Goya pintó sobre la guerra.
Ella me hablaba de modas. Y de lo mal que la trataba el vidrierista.
No pude dejar de imaginar un alegre diálogo con ella desde que la
vi en la vidriera de la casa de ropa. Qué hermoso maniquí era.
Hasta tuve la tentación de entrar al local y preguntar por su nombre.
Se la expulsa del mismo modo que nos quitamos una venda.
Una vez instalada en el aire, la herida encontrará su lugar en algún
hueco de las horas.
Respirar a conciencia. Inhalar el aire con sumo cuidado de modo
que no quede parte nuestra entre los estantes del aire. Una vez
completos, echarse a dormir, despreocuparse, soñar con lo puesto.
escalera
oigo pasos.
Suben dejando
una pequeña huella
en el aire y desaparecen.
Después un portazo. Después alguien baja. Son tacos de mujer.
Pasos lentos. La mujer parece clavar cada escalón con el martillo
de sus tacos. Deben ser negros sus zapatos. Adivino una pollera,
el peso de una cartera bajo la axila derecha. La mujer camina hacia
la puerta de entrada: la puerta de salida, para ella. Se cruza con un
hombre al que conoce. Lo saluda. A él apenas alcanzo a oírlo. Ella
le dice que los escalones ya están clavados y que tenga cuidado con
los pasos que dejó un hombre hace unos minutos al subir.
En realidad, ella le dice al hombre otra cosa pero no puedo oírla y
como quería escribir esto que ahora escribo, imagino el diálogo.
Así las cosas, el hombre le contesta: lo que no harías si hubiera un
ascensor en este edificio.
Aire de mujer. Cortinas que baila el viento. Tendedero: se soltó de
su broche un bretel del vestido azul y nos deja ver la tortuga que
camina de perfil en busca de sombra.
Se ha vendido el terreno vacío donde imaginé una casa y sus
habitantes. Tendremos que mudarnos.
Salir malherido, casi herido de muerte, después de haber visto los
cuadros que Goya pintó sobre la guerra.
Ella me hablaba de modas. Y de lo mal que la trataba el vidrierista.
No pude dejar de imaginar un alegre diálogo con ella desde que la
vi en la vidriera de la casa de ropa. Qué hermoso maniquí era.
Hasta tuve la tentación de entrar al local y preguntar por su nombre.
Se la expulsa del mismo modo que nos quitamos una venda.
Una vez instalada en el aire, la herida encontrará su lugar en algún
hueco de las horas.
Respirar a conciencia. Inhalar el aire con sumo cuidado de modo
que no quede parte nuestra entre los estantes del aire. Una vez
completos, echarse a dormir, despreocuparse, soñar con lo puesto.
domingo, diciembre 21, 2008
Notas para un poema XVI
Un caballo, dos peones y más allá una torre. Las demás piezas
no se ven. Alguien debió olvidar las cuatro piezas al guardar el
juego. El resto: el pino, la casita, los dos perros, el carro, el
tendedero, el pozo de agua y la mujer que extrae agua de él no son
piezas de ajedrez.
Abro el libro Aire nuestro-Clamor y me pongo a juntar los
deliciosos Tréboles de Jorge Guillén. “Toma, toma, tuyo es todo,
iris, clavel, alhelí”
Se ha secado el árbol donde murió el ahorcado. A sus pies hay
ahora una cruz para que no todo sea leña del olvido.
Recorto por la línea de puntos los versos sueltos que dejó Javier
Villafañe para guardar en un sobre y hacer un poema. La idea,
según se consigna, pertenece a William y Pérez S.A. para el
hombre solo. De hecho, es para reemplazar el juego del solitario.
Barajo los versos como se aconseja –no sin antes ponerme el ojo
izquierdo de Javier-, y con todos ellos, que son veintiuno, formo el
siguiente poema:
estoy llamándote
bruja
la busco
en un humo mojado
de unos tigres
un engaño en la selva
enredaderas
la sota y el caballo se escapan de los dedos
me hielo hasta detrás del frío
unos hierros una lengua acariciando el ocio
y la encuentro
un zapato con ceniza y lluvia
su pequeña altura
de lápiz de cuaderno de catedral sin pájaros
doliéndome su mano mi sombra
de gata salvaje
es un viento de uvas en la frente
un ajedrez donde el alfil no es torre
y la sigo buscando con ella al lado
invéntame un azul de tocar
donde señalo con el índice podés leer: “te amo”
no se ven. Alguien debió olvidar las cuatro piezas al guardar el
juego. El resto: el pino, la casita, los dos perros, el carro, el
tendedero, el pozo de agua y la mujer que extrae agua de él no son
piezas de ajedrez.
Abro el libro Aire nuestro-Clamor y me pongo a juntar los
deliciosos Tréboles de Jorge Guillén. “Toma, toma, tuyo es todo,
iris, clavel, alhelí”
Se ha secado el árbol donde murió el ahorcado. A sus pies hay
ahora una cruz para que no todo sea leña del olvido.
Recorto por la línea de puntos los versos sueltos que dejó Javier
Villafañe para guardar en un sobre y hacer un poema. La idea,
según se consigna, pertenece a William y Pérez S.A. para el
hombre solo. De hecho, es para reemplazar el juego del solitario.
Barajo los versos como se aconseja –no sin antes ponerme el ojo
izquierdo de Javier-, y con todos ellos, que son veintiuno, formo el
siguiente poema:
estoy llamándote
bruja
la busco
en un humo mojado
de unos tigres
un engaño en la selva
enredaderas
la sota y el caballo se escapan de los dedos
me hielo hasta detrás del frío
unos hierros una lengua acariciando el ocio
y la encuentro
un zapato con ceniza y lluvia
su pequeña altura
de lápiz de cuaderno de catedral sin pájaros
doliéndome su mano mi sombra
de gata salvaje
es un viento de uvas en la frente
un ajedrez donde el alfil no es torre
y la sigo buscando con ella al lado
invéntame un azul de tocar
donde señalo con el índice podés leer: “te amo”
domingo, diciembre 14, 2008
El libro en sociedad
A partir de ahora pueden conseguir el libro online en Ed. Dunken
El jueves 11 Musas Extraviadas empezó a andar camino.
Lo recibieron con sonrisas y oídos atentos. Amigos todo ojos
y toda dicha se abrazaron a esta celebración de echar al aire
este conjunto de poemas que hace tiempo pedían papel y
estantes, mesitas de luz o viajes, pases de manos y carteras,
otros escritorios, otras vitrinas, caminar bajo otros brazos,
nuevas compañías, nuevas bocas de decir, nuevos o renovados
ojos en que reflejarse, caminar, habitar, vivir.

El jueves 11 Musas Extraviadas empezó a andar camino. Lo recibieron con sonrisas y oídos atentos. Amigos todo ojos
y toda dicha se abrazaron a esta celebración de echar al aire
este conjunto de poemas que hace tiempo pedían papel y
estantes, mesitas de luz o viajes, pases de manos y carteras,
otros escritorios, otras vitrinas, caminar bajo otros brazos,
nuevas compañías, nuevas bocas de decir, nuevos o renovados
ojos en que reflejarse, caminar, habitar, vivir.

Fuimos pocos en el encuentro pero muchos en calidad y
calidez. Estuvieron latentes los deseos y las almas de las
amigas y amigos de fuera del país y los de dentro que me
quedan lejos y están tan cerca con sus palabras y apoyo.


Fue jueves y hora 19 y diciembre y caos vehicular y finales de
toda cosa y asunto y con corridas y apuros. Todo esto conspiró
para que no llegaran o no pudieran acercarse más amigos a la
presentación. Los que asistieron –gratitud eterna a ellos- me
demostraron su felicidad con creces. Me brindaron su alegría
inagotable, fresca, su voluntad de acompañarme en este y otros
sueños, su presencia querida, esa presencia de mano tendida
por nada, de alma dispuesta al vuelo de la poesía, del encuentro
con otras almas para celebrar las bellas cosas. Esa presencia que
dice: No estás solo. Estamos con vos. Vamos de la mano.

Fue un enorme placer leer y sentir la respuesta instantánea de
parte de los amigos: generosa, encendida durante y al final de
cada uno de mis poemas.
Que me acompañara la escultura de Patricia, de pie, entrañable y
bella en la mesa, luminosa, y haber podido juntar su obra con la
mía y hacer una sola obra. Todo un conjuro contra cualquier
abandono de musas, o más bien toda una invitación a que se
amiguen definitivamente conmigo.


El libro empieza con sus primeros pasos. Gatea y de a poco
da un paso, otro y otro más Parece que va caminar y abre las
manos como para alzarse en vuelo. Parece que va a saltar sobre
una rayuela esquiva y se retrae ante tanta nueva luz que invita a
mejores ceremonias y que sin embargo encandila. Tiene la piel
nueva y empieza a acostumbrarse a las caricias. Tiene la boca
grande como para decir una montaña de palabras y en ese impulso
pretende bailar entre almas como una serpentina loca. No sabe
hasta dónde lo llevará su envión de aeroplano ni en qué lugares
echará raíces. Pocas cosas sabe. Y una sola certeza lo acompaña:
la de saber que la poesía está viva, y que son muchos los que
viven por ella.
da un paso, otro y otro más Parece que va caminar y abre las
manos como para alzarse en vuelo. Parece que va a saltar sobre
una rayuela esquiva y se retrae ante tanta nueva luz que invita a
mejores ceremonias y que sin embargo encandila. Tiene la piel
nueva y empieza a acostumbrarse a las caricias. Tiene la boca
grande como para decir una montaña de palabras y en ese impulso
pretende bailar entre almas como una serpentina loca. No sabe
hasta dónde lo llevará su envión de aeroplano ni en qué lugares
echará raíces. Pocas cosas sabe. Y una sola certeza lo acompaña:
la de saber que la poesía está viva, y que son muchos los que
viven por ella.
Voy a subir más fotos en Aforismos.
Por favor dense una vuelta por el blog de Abril
y también las imágenes que subió Cruzagramas que están buenísimas. Click aquí
y vean el hermoso post que me dedicó.
Saludos, besos y abrazos.
miércoles, diciembre 03, 2008
Presentación de MUSAS EXTRAVIADAS
EL jueves 11 de diciembre a las 19:00 hs.
en Editorial Dunken (Ayacucho 357)
presento mi libro Musas Extraviadas.
Las amigas y los amigos que a menudo visitan mis blogs están
todos invitados. Y a los que no viven en Argentina o viven lejos
de Buenos Aires y lamentablemente no pueden asistir les comunico
-en el caso de que deseen adquirir el libro- que colocaré más
adelante el link de la editorial donde podrán conseguir el libro por
internet.
Dunken distribuirá el libro en algunas librerías –ya comunicaré en
cuales-, además de venderlo en su propia sede.
Sería una gran alegría para mí que asistieran.
Más información en el precioso post que me dedica Cruzagramas
y vean también el regalo que me hace el Oso Conocido pinchando abajo:
http://poesiaoalgoasi.blogspot.com/
Los espero a todos.
Máximo.
viernes, noviembre 28, 2008
Notas para un poema XV
Un verso-llave-espejo. No para mirarse, sino para ver cuántos
somos.
…y de pronto no pensar. Reír como un vestido de verano al que se
le ha volcado todo el sol encima.
Cuando no hago pie en un sistema, metamorfoseo. Me adhiero con
mis tentáculos, salto como un canguro, sacudo mis alas, si es que
las encuentro. Porque a veces uno no busca lo que encuentra y por
más que busque si uno no quiere encontrar nada se topará con otras
cosas: una puerta cerrada a los pies de la cama, la nariz de un payaso
en medio de un plato de tallarines, una jirafa en la cocina, ese viejo
par de guantes en un último cajón de la cómoda que nos mira como
dispuesto a darnos una mano.
El reloj de pared se detuvo a las 10: 14. Hay relojes que no resisten.
Sea la hora que fuera se detienen exactamente en punto en el hueco
de las horas.
El muchacho del andén nada olas, trepa una pena de estación, se
sumerge en la miel de la melancolía. El muchacho del andén
naufraga al anochecer, se toma de los vértices del aire, se hace luna
y pincela los rieles, los durmientes, las horas.
¿Quién no se ha quedado en una estación cuando el tren se va con
nosotros y nos quedamos mirando el andén por la ventanilla?
Cómo explicar, Alejandra, que partió un barco de mí sin llevarme.
Con palabras de este mundo apenas me mantengo a nivel de la
marea. Con palabras de este mundo parto de mí, llevándome, como
quien no tiene otra cosa que ponerse.
Un árbol atado a un caballo la inmensa pradera florece relincho
pensado en el aire ya es pelota que atajan las ramas las ramas bailan
de ser ramas y bailan un viento silbador un árbol atado a un caballo
no se volará así nomás o al menos no lo hará sin llevarse al caballo
a caballo tampoco el caballo es ancla y todo árbol que se precie
puede ser pájaro y relinchar o ser caballo y decir pío si es que no
prefiere ser otra cosa cualquier otra cosa por la inmensa pradera
florecida el cielo el aire los astros.
somos.
…y de pronto no pensar. Reír como un vestido de verano al que se
le ha volcado todo el sol encima.
Cuando no hago pie en un sistema, metamorfoseo. Me adhiero con
mis tentáculos, salto como un canguro, sacudo mis alas, si es que
las encuentro. Porque a veces uno no busca lo que encuentra y por
más que busque si uno no quiere encontrar nada se topará con otras
cosas: una puerta cerrada a los pies de la cama, la nariz de un payaso
en medio de un plato de tallarines, una jirafa en la cocina, ese viejo
par de guantes en un último cajón de la cómoda que nos mira como
dispuesto a darnos una mano.
El reloj de pared se detuvo a las 10: 14. Hay relojes que no resisten.
Sea la hora que fuera se detienen exactamente en punto en el hueco
de las horas.
El muchacho del andén nada olas, trepa una pena de estación, se
sumerge en la miel de la melancolía. El muchacho del andén
naufraga al anochecer, se toma de los vértices del aire, se hace luna
y pincela los rieles, los durmientes, las horas.
¿Quién no se ha quedado en una estación cuando el tren se va con
nosotros y nos quedamos mirando el andén por la ventanilla?
Cómo explicar, Alejandra, que partió un barco de mí sin llevarme.
Con palabras de este mundo apenas me mantengo a nivel de la
marea. Con palabras de este mundo parto de mí, llevándome, como
quien no tiene otra cosa que ponerse.
Un árbol atado a un caballo la inmensa pradera florece relincho
pensado en el aire ya es pelota que atajan las ramas las ramas bailan
de ser ramas y bailan un viento silbador un árbol atado a un caballo
no se volará así nomás o al menos no lo hará sin llevarse al caballo
a caballo tampoco el caballo es ancla y todo árbol que se precie
puede ser pájaro y relinchar o ser caballo y decir pío si es que no
prefiere ser otra cosa cualquier otra cosa por la inmensa pradera
florecida el cielo el aire los astros.
sábado, noviembre 22, 2008
Notas para un poema XIV
Ingresa al vagón del tren y anuncia:
-¡Sólo el amor salvará al mundo!
Se sienta en un banquito y apoya el bandoneón en sus rodillas.
Repite: só-lo el a-mor sal-va-rá al mun-do.
Arremete con una zamba, que dedica a los maestros, y luego toca
Malena. Cuanto termina pasa una bolsa de tela entre los pasajeros
en cuyo fondo ya hay unas monedas.
SÓLO EL AMOR SALVARÁ AL MUNDO.
Antes de bajar del tren, siento la tentación de preguntarle al
bandoneonista de qué cosas del mundo nos salvará el amor, pero
me voy silbando Malena.
El viejo proverbio dice que si sembrás arroz obtendrás arroz. Pero
el poeta debe sembrar una cosa y esperar otra. Sino qué gracia
tiene.
Su voz en cuclillas me tejía saquitos de lana.
Anoto que de lunes a viernes todos los días están en plural.
En cambio sábado y domingo gozan de una singularidad
personalísima.
Las rejas y las puertas cerradas se veían así:
TttttttttttttttttHHttttttttttttttttT
Atrás se alzaba el castillo y la pieza de ella con su ventana abierta
de par en par. Salté, sí, pero ocurrió un imprevisto y debí escapar
como pude. Esto es atravesando las rejas:
TttttttttCttttttHHttttttttttttttttT
(Nótese el agujero que dejé al pasar)
El perro, siempre el perro, debí adivinarlo.
Está bien, de acuerdo señor bandoneonista del tren: sólo el amor
salvará al mundo. (Paso mi bolsa invisible por entre los cajeros
automáticos del banco Santander Río)
-¡Sólo el amor salvará al mundo!
Se sienta en un banquito y apoya el bandoneón en sus rodillas.
Repite: só-lo el a-mor sal-va-rá al mun-do.
Arremete con una zamba, que dedica a los maestros, y luego toca
Malena. Cuanto termina pasa una bolsa de tela entre los pasajeros
en cuyo fondo ya hay unas monedas.
SÓLO EL AMOR SALVARÁ AL MUNDO.
Antes de bajar del tren, siento la tentación de preguntarle al
bandoneonista de qué cosas del mundo nos salvará el amor, pero
me voy silbando Malena.
El viejo proverbio dice que si sembrás arroz obtendrás arroz. Pero
el poeta debe sembrar una cosa y esperar otra. Sino qué gracia
tiene.
Su voz en cuclillas me tejía saquitos de lana.
Anoto que de lunes a viernes todos los días están en plural.
En cambio sábado y domingo gozan de una singularidad
personalísima.
Las rejas y las puertas cerradas se veían así:
TttttttttttttttttHHttttttttttttttttT
Atrás se alzaba el castillo y la pieza de ella con su ventana abierta
de par en par. Salté, sí, pero ocurrió un imprevisto y debí escapar
como pude. Esto es atravesando las rejas:
TttttttttCttttttHHttttttttttttttttT
(Nótese el agujero que dejé al pasar)
El perro, siempre el perro, debí adivinarlo.
Está bien, de acuerdo señor bandoneonista del tren: sólo el amor
salvará al mundo. (Paso mi bolsa invisible por entre los cajeros
automáticos del banco Santander Río)
sábado, noviembre 15, 2008
Notas para un poema XIII
Querida Gloria Fuertes:
Disculpe usted que irrumpa intempestivamente distrayéndola de
sus quehaceres celestiales. Acudo a usted en su carácter de Poeta
de guardia para que me sepa aconsejar y orientar acerca de unos
problemas que me aquejan.
Verá: hace tiempo que padezco unos versos imprecisos, de una
inanidad que es como para agarrarse de los pelos, estoy seco de
metáforas e ideas y mis poemas renguean, dan dos pasos y se
desmoronan como castillos de naipes. Por otra parte, acuden a mí
ciertos seres de un bestiario ignoto y no sé qué hacer con ellos.
No tienen alas ni cola y se difuman no bien empiezo a escrutarlos.
Se guarecen tras los libros de mi biblioteca, me rehúyen, juegan a
las escondidas, y cuando creo que están bajo un Lezama Lima,
salen por detrás de un Maiakovski. En fin, que me tienen de centro
de sus bromas. De las musas ni hablar: se cruzan de vereda cuando
me ven venir, mantienen una posición irreductible y algunas hasta
se hacen las ofendidas, mire usted.
Bueno, todo esto en cuanto a mí, pero no querrá saber cómo
marchan las cosas en el mundo –si es que en verdad no lo sabe-.
No, no quisiera perturbarla con una lata interminable y con noticias
que sobrecogerían al más templado de los hombres.
Usted me dirá qué debo hacer, queridísima Gloria, si es que está
usted dispuesta a ayudarme. En su defecto, dígame por favor a
dónde debo dirigirme y con quien tratar. Desde ya muchas gracias.
Disculpe usted la molestia.
Mi cariño de siempre.
Máximo Ballester
Disculpe usted que irrumpa intempestivamente distrayéndola de
sus quehaceres celestiales. Acudo a usted en su carácter de Poeta
de guardia para que me sepa aconsejar y orientar acerca de unos
problemas que me aquejan.
Verá: hace tiempo que padezco unos versos imprecisos, de una
inanidad que es como para agarrarse de los pelos, estoy seco de
metáforas e ideas y mis poemas renguean, dan dos pasos y se
desmoronan como castillos de naipes. Por otra parte, acuden a mí
ciertos seres de un bestiario ignoto y no sé qué hacer con ellos.
No tienen alas ni cola y se difuman no bien empiezo a escrutarlos.
Se guarecen tras los libros de mi biblioteca, me rehúyen, juegan a
las escondidas, y cuando creo que están bajo un Lezama Lima,
salen por detrás de un Maiakovski. En fin, que me tienen de centro
de sus bromas. De las musas ni hablar: se cruzan de vereda cuando
me ven venir, mantienen una posición irreductible y algunas hasta
se hacen las ofendidas, mire usted.
Bueno, todo esto en cuanto a mí, pero no querrá saber cómo
marchan las cosas en el mundo –si es que en verdad no lo sabe-.
No, no quisiera perturbarla con una lata interminable y con noticias
que sobrecogerían al más templado de los hombres.
Usted me dirá qué debo hacer, queridísima Gloria, si es que está
usted dispuesta a ayudarme. En su defecto, dígame por favor a
dónde debo dirigirme y con quien tratar. Desde ya muchas gracias.
Disculpe usted la molestia.
Mi cariño de siempre.
Máximo Ballester
sábado, noviembre 08, 2008
Notas para un poema XII
Notas para un poema que no terminaré nunca.
Bollos de papel en el cesto de la basura. Me queda un solo
fósforo. Pero lo froto contra una gota de agua. He aquí toda mi
poesía.
Suena el teléfono: es mi madre. Está triste. Me habla de mi
hermana. Me pregunta cómo estoy. Estoy bien, escribiendo.
Le pregunto por Dios. Él anda bien, a pesar de todo.
Me acaban de avisar que los habitantes de la casa que imagino en
el terreno vacío se fueron de vacaciones. Colocaron un cartel
enorme en la puerta los muy imprudentes. Y se olvidaron del gato.
Días nublados, destemplados, grises. Una humedad que llora en
las baldosas, en cada palmo de las plantas. Humedad que cuelga
de las ropas. Humedad de vencido. Humedad de ojos taciturnos.
Humedad de medias transpiradas. Humedad que se pega a las caras,
a las manos, al saludo, a los pasos, a los papeles cotidianos, a los
techos, a las bisagras de las puertas. Humedad nadada por un
muchacho en un andén por donde pasa un tren dejando olas.
En la parada de colectivos se me acercó una paloma para comer
restos de una galletita que estaban esparcidos a mis pies.
Caminaba con cautela hacía mí. Aun así se me acercó demasiado.
¿Cómo es que no le di miedo? ¿Habrá pensado que yo estaba
muerto?
¿Qué había en el aire? ¿Vestidos con toda una primavera encinta?
¿Lluvias que no eran? ¿Alguien lloraba para que yo pronunciara
su nombre? En el aire escuché voces distintas. Me llamaron tres
veces en tres distintos lugares. ¿Quién más sabe mi nombre?
¿Qué más se me dará por descifrar entre las ramas de esos árboles?
Trepar la pena con uñas de felino, desgarrarla, tumbarla de
espaldas. Trepar la pena más allá de la pena, más allá de las
gelatinas del aire de la pena. Treparla como si fuésemos a
desnucarla de un sólo beso trasnochado en la yugular. Treparla
como si estuviese en bragas. Sorprenderla de espaldas y
preguntarle quién soy, cómo me llamo. Tomarla de las nalgas, los
pelos, los pezones. Amasarla, moldearla hasta dislocarla en un
rapto de éxtasis furibundo. Apretarla hasta que quepa en una mano.
Arrojarla al río o de un puente o de un décimo piso o a las vías del
tren. Como sea pero bien lejos. Que tarde un poco más en volver a
encontrarnos. Y cuando inexorablemente dé con nosotros, no
sucumbir a su bruma, a su aire de vacío, a sus palas cavadoras,
a sus ardides de hembra despechada. Y que no crea ni por un
segundo que morimos por su abrazo. Y que ni loca piense que
volveremos a treparla.
Bollos de papel en el cesto de la basura. Me queda un solo
fósforo. Pero lo froto contra una gota de agua. He aquí toda mi
poesía.
Suena el teléfono: es mi madre. Está triste. Me habla de mi
hermana. Me pregunta cómo estoy. Estoy bien, escribiendo.
Le pregunto por Dios. Él anda bien, a pesar de todo.
Me acaban de avisar que los habitantes de la casa que imagino en
el terreno vacío se fueron de vacaciones. Colocaron un cartel
enorme en la puerta los muy imprudentes. Y se olvidaron del gato.
Días nublados, destemplados, grises. Una humedad que llora en
las baldosas, en cada palmo de las plantas. Humedad que cuelga
de las ropas. Humedad de vencido. Humedad de ojos taciturnos.
Humedad de medias transpiradas. Humedad que se pega a las caras,
a las manos, al saludo, a los pasos, a los papeles cotidianos, a los
techos, a las bisagras de las puertas. Humedad nadada por un
muchacho en un andén por donde pasa un tren dejando olas.
En la parada de colectivos se me acercó una paloma para comer
restos de una galletita que estaban esparcidos a mis pies.
Caminaba con cautela hacía mí. Aun así se me acercó demasiado.
¿Cómo es que no le di miedo? ¿Habrá pensado que yo estaba
muerto?
¿Qué había en el aire? ¿Vestidos con toda una primavera encinta?
¿Lluvias que no eran? ¿Alguien lloraba para que yo pronunciara
su nombre? En el aire escuché voces distintas. Me llamaron tres
veces en tres distintos lugares. ¿Quién más sabe mi nombre?
¿Qué más se me dará por descifrar entre las ramas de esos árboles?
Trepar la pena con uñas de felino, desgarrarla, tumbarla de
espaldas. Trepar la pena más allá de la pena, más allá de las
gelatinas del aire de la pena. Treparla como si fuésemos a
desnucarla de un sólo beso trasnochado en la yugular. Treparla
como si estuviese en bragas. Sorprenderla de espaldas y
preguntarle quién soy, cómo me llamo. Tomarla de las nalgas, los
pelos, los pezones. Amasarla, moldearla hasta dislocarla en un
rapto de éxtasis furibundo. Apretarla hasta que quepa en una mano.
Arrojarla al río o de un puente o de un décimo piso o a las vías del
tren. Como sea pero bien lejos. Que tarde un poco más en volver a
encontrarnos. Y cuando inexorablemente dé con nosotros, no
sucumbir a su bruma, a su aire de vacío, a sus palas cavadoras,
a sus ardides de hembra despechada. Y que no crea ni por un
segundo que morimos por su abrazo. Y que ni loca piense que
volveremos a treparla.
sábado, noviembre 01, 2008
Notas para un poema XI
Tiene algo de los cálculos de Einstein, de los devaneos de
Raskólnikov, del Dasein de Heidegger, del Aleph de Borges, del
ojo tajeado de el Perro andaluz de Buñuel el hueco que hay en las
horas.
El fondo de las cosas, dice Juarroz, no es la muerte o la vida.
Por esas orillas pasean las voces que oía Virginia Woolf. César
Vallejo hunde su mano y saca un muerto lleno de vida y nos
muestra algo del fondo de las cosas. Las cosas son las cosas.
Luego las cosas son lo que ponemos en las cosas. Luego las cosas
son las cosas. Pero el fondo no se ve: tenemos ojos ansiosos y los
ojos ansiosos suelen ser ojos de mirar. Pero intuyo que andan por
ahí los ojos que ya nos empezaron a nacer.
Un esternón abierto llena de luz el hospital. Es de noche. Pero los
pájaros que se oyen junto a las ventanas creen que ya ha amanecido.
Dos hombres encorvados siguen un camino de hormigas que parece
terminar en el fondo de las cosas. Es un Dante tomado de la mano
de un Virgilio: descienden por el hueco de las horas.
Un punto de fuga, un átomo encendido, un tris celestial, la unión
de dos voces que hacen un solo párpado, una sola llama. La
inauguración de lo ya vivido en los vértices del aire. Lo presente
se acuna, brilla de latido, ya es sed feroz de la memoria.
Una palabra por debajo de la puerta es una nueva puerta. Hay que
dejar la cama, el peine y las costumbres. Hay que vestirse de
argonauta. Soñar es preciso.
Voy a llamar a mi madre y le diré que sufrí un accidente: nací.
Un muchacho en el andén nada en sentido contrario la marcha del
tren al irse. Bracea las olas invisibles, agacha la cabeza y la vuelve
de costado. Su velocidad aumenta a medida que el tren aumenta su
marcha. Las olas invisibles lo despeinan, lo fatigan. Luego emprende
una caminata lenta. Lleno de aire.
Por el hueco de la tráquea de las horas baja la voz de mi abuelo
Luis: me pide que le patee una pelota.
Raskólnikov, del Dasein de Heidegger, del Aleph de Borges, del
ojo tajeado de el Perro andaluz de Buñuel el hueco que hay en las
horas.
El fondo de las cosas, dice Juarroz, no es la muerte o la vida.
Por esas orillas pasean las voces que oía Virginia Woolf. César
Vallejo hunde su mano y saca un muerto lleno de vida y nos
muestra algo del fondo de las cosas. Las cosas son las cosas.
Luego las cosas son lo que ponemos en las cosas. Luego las cosas
son las cosas. Pero el fondo no se ve: tenemos ojos ansiosos y los
ojos ansiosos suelen ser ojos de mirar. Pero intuyo que andan por
ahí los ojos que ya nos empezaron a nacer.
Un esternón abierto llena de luz el hospital. Es de noche. Pero los
pájaros que se oyen junto a las ventanas creen que ya ha amanecido.
Dos hombres encorvados siguen un camino de hormigas que parece
terminar en el fondo de las cosas. Es un Dante tomado de la mano
de un Virgilio: descienden por el hueco de las horas.
Un punto de fuga, un átomo encendido, un tris celestial, la unión
de dos voces que hacen un solo párpado, una sola llama. La
inauguración de lo ya vivido en los vértices del aire. Lo presente
se acuna, brilla de latido, ya es sed feroz de la memoria.
Una palabra por debajo de la puerta es una nueva puerta. Hay que
dejar la cama, el peine y las costumbres. Hay que vestirse de
argonauta. Soñar es preciso.
Voy a llamar a mi madre y le diré que sufrí un accidente: nací.
Un muchacho en el andén nada en sentido contrario la marcha del
tren al irse. Bracea las olas invisibles, agacha la cabeza y la vuelve
de costado. Su velocidad aumenta a medida que el tren aumenta su
marcha. Las olas invisibles lo despeinan, lo fatigan. Luego emprende
una caminata lenta. Lleno de aire.
Por el hueco de la tráquea de las horas baja la voz de mi abuelo
Luis: me pide que le patee una pelota.
sábado, octubre 25, 2008
Notas para un poema X
Convenimos, mi sombra y yo, en sentarnos a tomar una cerveza.
-Yo soy la espuma, dice ella.
Un hombre, una mujer y sus dos hijos habitan la casa que imaginé
en el terreno vacío. La mujer sube las escaleras con las bolsas del
mercado. El hombre sale a recibirla con harina en las manos y le
dice que ya terminó con el engrudo. En una de las ventanas,
los hijos montan una función de teatro de títeres con muñecos que
aún están frescos. El ojo de uno se desliza y cae en un macetero.
La señora levanta la cabeza desde la escalera y ve cómo uno de los
muñecos le está guiñando un ojo.
El poema que no me escribiste me está esperando tras una puerta
erigida en alguna parte del aire. No tengo la llave para abrirla.
Apenas un puñado de versos. Pero mis versos no abren puertas.
Sólo saben mirar por el ojo de la cerradura.
Adivina adivinador: ¿de quién es ese esternón abierto del que
emana tanta luz? (De mi padre)
333… 333… pasan las golondrinas de Joan Brossa.
Las golondrinas de Joan Brossa son tres y, antes de seguir hasta el
infinito, hacen verano en la página 74 de El tentetieso.
Argumento: un anciano camina con su bastón de madera por la
calle. Pasa una mujer hermosa y envuelve al anciano con su
perfume. El anciano queda boquiabierto y atropella mentalmente
unos versos de Homero Manzi. La mujer no acaba nunca de pasar:
su perfume teje rosas en el aire. Al bastón del anciano le crecen
dos hojitas inmaculadamente verdes.
Ahora tengo un puñado de ojos que me espían. Me ven escribir
que tengo un puñado de ojos que me espían y vuelven a hacerse
versos.
Pero no hay nadie en la rosa. No hay nadie en el zorzal. No hay
nadie en el plátano ni en la baldosa quebrada con grillo muerto.
He muerto de metáforas. Y mi sangre es miel de la melancolía.
-Yo soy la espuma, dice ella.
Un hombre, una mujer y sus dos hijos habitan la casa que imaginé
en el terreno vacío. La mujer sube las escaleras con las bolsas del
mercado. El hombre sale a recibirla con harina en las manos y le
dice que ya terminó con el engrudo. En una de las ventanas,
los hijos montan una función de teatro de títeres con muñecos que
aún están frescos. El ojo de uno se desliza y cae en un macetero.
La señora levanta la cabeza desde la escalera y ve cómo uno de los
muñecos le está guiñando un ojo.
El poema que no me escribiste me está esperando tras una puerta
erigida en alguna parte del aire. No tengo la llave para abrirla.
Apenas un puñado de versos. Pero mis versos no abren puertas.
Sólo saben mirar por el ojo de la cerradura.
Adivina adivinador: ¿de quién es ese esternón abierto del que
emana tanta luz? (De mi padre)
333… 333… pasan las golondrinas de Joan Brossa.
Las golondrinas de Joan Brossa son tres y, antes de seguir hasta el
infinito, hacen verano en la página 74 de El tentetieso.
Argumento: un anciano camina con su bastón de madera por la
calle. Pasa una mujer hermosa y envuelve al anciano con su
perfume. El anciano queda boquiabierto y atropella mentalmente
unos versos de Homero Manzi. La mujer no acaba nunca de pasar:
su perfume teje rosas en el aire. Al bastón del anciano le crecen
dos hojitas inmaculadamente verdes.
Ahora tengo un puñado de ojos que me espían. Me ven escribir
que tengo un puñado de ojos que me espían y vuelven a hacerse
versos.
Pero no hay nadie en la rosa. No hay nadie en el zorzal. No hay
nadie en el plátano ni en la baldosa quebrada con grillo muerto.
He muerto de metáforas. Y mi sangre es miel de la melancolía.
sábado, octubre 18, 2008
Notas para un poema IX
“Esa mujer no estaba en sus caníbales”, dice Mario Trejo.
“No molestarla que la melancolía ya tiene con sus abejas”.
Las abejas de la melancolía producen una miel desgarradora.
La miel de la melancolía es el placer de los osos solitarios.
Esa primera vez, cuando el poeta descubre el callar de las cosas, y se
une a ellas para palpar el silencio, tender sus sábanas innombradas
para luego cavar en sí mismo, ahí, donde hablan todas las cosas,
todos los nombres y toda la nada.
Cuando en el silencio no hay nadie cometemos cualquier acto con
tal de grabarnos como un signo vivo en la hoja en blanco del tiempo.
La metáfora de la metáfora de la metáfora lleva a un vacío, a un
nido de silencio, a una nada esbozada. Es un lugar infértil. Al poeta
le toca descomponerlo, desvirtuarlo, darle vida para matarlo.
El agujero en la tráquea de mi abuelo Luis tenía un hilo de baba
casi permanente en el borde inferior. Me horrorizaba. Por el
agujero, su voz apenas audible se abría paso desde una antigua
caverna, como por entre secas hojas de árboles muertos. Yo miraba
el agujero negro y me preguntaba qué había más allá, a dónde
conducía ese túnel lleno de misterio.
Zorzal de la medianera que bajás ahora a mi jardín: ¿me traés
alguna hebra de aquella voz en cuclillas?
Anda una costilla furtiva tallando la corteza de los árboles. Se la
presiente en el aire. Cuidado: los amantes hacen nido en cualquier
lugar. Como duendes que no se ven, hurtan la manzana que Eva
le obsequió a Adán.
Con la miel de la melancolía hacer pastelitos de amor.
Darlos siempre. Andan osos con hambre.
“No molestarla que la melancolía ya tiene con sus abejas”.
Las abejas de la melancolía producen una miel desgarradora.
La miel de la melancolía es el placer de los osos solitarios.
Esa primera vez, cuando el poeta descubre el callar de las cosas, y se
une a ellas para palpar el silencio, tender sus sábanas innombradas
para luego cavar en sí mismo, ahí, donde hablan todas las cosas,
todos los nombres y toda la nada.
Cuando en el silencio no hay nadie cometemos cualquier acto con
tal de grabarnos como un signo vivo en la hoja en blanco del tiempo.
La metáfora de la metáfora de la metáfora lleva a un vacío, a un
nido de silencio, a una nada esbozada. Es un lugar infértil. Al poeta
le toca descomponerlo, desvirtuarlo, darle vida para matarlo.
El agujero en la tráquea de mi abuelo Luis tenía un hilo de baba
casi permanente en el borde inferior. Me horrorizaba. Por el
agujero, su voz apenas audible se abría paso desde una antigua
caverna, como por entre secas hojas de árboles muertos. Yo miraba
el agujero negro y me preguntaba qué había más allá, a dónde
conducía ese túnel lleno de misterio.
Zorzal de la medianera que bajás ahora a mi jardín: ¿me traés
alguna hebra de aquella voz en cuclillas?
Anda una costilla furtiva tallando la corteza de los árboles. Se la
presiente en el aire. Cuidado: los amantes hacen nido en cualquier
lugar. Como duendes que no se ven, hurtan la manzana que Eva
le obsequió a Adán.
Con la miel de la melancolía hacer pastelitos de amor.
Darlos siempre. Andan osos con hambre.
viernes, octubre 10, 2008
Notas para un poema VIII
Anochece blanco sobre la casa de dos plantas donde duerme un
hombre derramado sobre el felpudo de la entrada. Le cuelgan unas
llaves de la boca. De una escupida abrirá la puerta con el adorno
navideño. Pero antes acariciará a su gato, que es largo como un
lagarto en los ojos de un niño. La puerta se abre y muestra el
interior de un lavarropas con cientos de papeles escritos que se
mezclan en seco y suenan como el aletear de las gaviotas en la orilla
de un mar que se desagota en el cordón de la calle.
Cuando en el silencio no hay nadie…
Aún debo conservar el perro imaginario de cuando actuaba La dama
del perrito de Chéjov. Debo tenerlo por ahí.
El mapamundi de mi sueño de niño se inventaba nuevas regiones.
De pronto entre África y Oceanía crecía un continente con la forma
de un ombú. En otoño, el océano Índico se poblaba de islas.
En cambio mi barrilete, querido Dylan Thomas, aquél con que
jugaba en la mañana celeste de mi infancia, aún no ha tocado el
cielo.
Deletrear el abecedario con los pies. Cada letra un salto. Una danza
que celebre el ojo despierto de Jean Dominique Bauby.
Cuando desapareció mi prima Nora, antes del mundial 78, mi madre
decía que mi padre revolvería cielo y tierra para encontrarla.
Nora había salido a buscar trabajo una mañana y ya no volvió.
Nora parecía no estar en el cielo ni en la tierra ni en el último cajón
de la cómoda ni en el altillo ni en el baúl del abuelo ni bajo
ninguna alfombra. Después Nora estuvo en todas partes. Y todo
el aire estaba lleno de Nora.
Un hueco en las horas como el agujero en la tráquea de mi abuelo
Luis.
Un barrilete hecho mapamundi que busca en las alturas el sol, las
nubes, el cielo que no tiene.
hombre derramado sobre el felpudo de la entrada. Le cuelgan unas
llaves de la boca. De una escupida abrirá la puerta con el adorno
navideño. Pero antes acariciará a su gato, que es largo como un
lagarto en los ojos de un niño. La puerta se abre y muestra el
interior de un lavarropas con cientos de papeles escritos que se
mezclan en seco y suenan como el aletear de las gaviotas en la orilla
de un mar que se desagota en el cordón de la calle.
Cuando en el silencio no hay nadie…
Aún debo conservar el perro imaginario de cuando actuaba La dama
del perrito de Chéjov. Debo tenerlo por ahí.
El mapamundi de mi sueño de niño se inventaba nuevas regiones.
De pronto entre África y Oceanía crecía un continente con la forma
de un ombú. En otoño, el océano Índico se poblaba de islas.
En cambio mi barrilete, querido Dylan Thomas, aquél con que
jugaba en la mañana celeste de mi infancia, aún no ha tocado el
cielo.
Deletrear el abecedario con los pies. Cada letra un salto. Una danza
que celebre el ojo despierto de Jean Dominique Bauby.
Cuando desapareció mi prima Nora, antes del mundial 78, mi madre
decía que mi padre revolvería cielo y tierra para encontrarla.
Nora había salido a buscar trabajo una mañana y ya no volvió.
Nora parecía no estar en el cielo ni en la tierra ni en el último cajón
de la cómoda ni en el altillo ni en el baúl del abuelo ni bajo
ninguna alfombra. Después Nora estuvo en todas partes. Y todo
el aire estaba lleno de Nora.
Un hueco en las horas como el agujero en la tráquea de mi abuelo
Luis.
Un barrilete hecho mapamundi que busca en las alturas el sol, las
nubes, el cielo que no tiene.
sábado, octubre 04, 2008
Notas para un poema VII
Un hombre se corta las uñas. Se deshoja.
Acaso sea Voltaire. El despertar de Voltaire, de J. Huber, en la
tapa de El jardín de las dudas de Fernando Savater.
O quizá sea Oscar Wilde, quien pone una coma –o la quita- en su
escrito, y ese es todo el trabajo literario producido en el día.
Hoy llamaré a mi madre y le preguntaré por la receta del puchero.
Acaso la inteligencia de un escritor debería medirse por la cantidad
de libros publicados de los que se arrepiente.
Me concentro en un terreno que hay en una manzana cerca de aquí.
Tiene alrededor casas y edificios. El terreno está solo, bajo las
sombras de las construcciones. Empiezo a imaginar una casa de dos
plantas. Balcones. Ventanas. Puerta de madera. Necesito la
presencia de una escalera exterior con su descanso para ver las
personas que habitan la casa. Suben y bajan. Las hago entrar por un
balcón, salir por el techo. Cambian de ropa, de objetos que llevan,
y a veces de cara. Las hago desayunar en el descanso, telefonear
sobre una ventana, dormir en el felpudo de la entrada.
Cuando paso por esa calle repito siempre el ejercicio de imaginar
que hay en ese terreno vacío una casa, que habitan personas que no
existen.
Un hombre se cortaba las uñas de las manos en el umbral de una
casa que aún no estaba allí.
Ir sin manos a hurgar profundo en el hueco de las horas.
Cuando el amor se parece a Job.
Una vez vi un hombre en llamas en el hall de entrada de una casa.
Fue en San Fernando. Yo era chico. Pensé que era el Diablo. Pero
hoy creo que no lo era. Su cara colorada tenía una mueca de dolor
terrible. Era un llanto de lágrimas encendidas. Estaba sentado. De
perfil. Se retorcía entre mil llamas, desgarradoramente.
Cerré los ojos –pensé que era mi imaginación-, y al abrirlos,
el hombre ya no estaba.
Un hombre se deshoja: ojo por ojo, uña por uña, gota por gota,
hora por hora, pelo por pelo y se desnace en el viento.
Las uñas cortadas, que tanto sirven para comas como para trazar
el contorno de la luna.
Acaso sea Voltaire. El despertar de Voltaire, de J. Huber, en la
tapa de El jardín de las dudas de Fernando Savater.
O quizá sea Oscar Wilde, quien pone una coma –o la quita- en su
escrito, y ese es todo el trabajo literario producido en el día.
Hoy llamaré a mi madre y le preguntaré por la receta del puchero.
Acaso la inteligencia de un escritor debería medirse por la cantidad
de libros publicados de los que se arrepiente.
Me concentro en un terreno que hay en una manzana cerca de aquí.
Tiene alrededor casas y edificios. El terreno está solo, bajo las
sombras de las construcciones. Empiezo a imaginar una casa de dos
plantas. Balcones. Ventanas. Puerta de madera. Necesito la
presencia de una escalera exterior con su descanso para ver las
personas que habitan la casa. Suben y bajan. Las hago entrar por un
balcón, salir por el techo. Cambian de ropa, de objetos que llevan,
y a veces de cara. Las hago desayunar en el descanso, telefonear
sobre una ventana, dormir en el felpudo de la entrada.
Cuando paso por esa calle repito siempre el ejercicio de imaginar
que hay en ese terreno vacío una casa, que habitan personas que no
existen.
Un hombre se cortaba las uñas de las manos en el umbral de una
casa que aún no estaba allí.
Ir sin manos a hurgar profundo en el hueco de las horas.
Cuando el amor se parece a Job.
Una vez vi un hombre en llamas en el hall de entrada de una casa.
Fue en San Fernando. Yo era chico. Pensé que era el Diablo. Pero
hoy creo que no lo era. Su cara colorada tenía una mueca de dolor
terrible. Era un llanto de lágrimas encendidas. Estaba sentado. De
perfil. Se retorcía entre mil llamas, desgarradoramente.
Cerré los ojos –pensé que era mi imaginación-, y al abrirlos,
el hombre ya no estaba.
Un hombre se deshoja: ojo por ojo, uña por uña, gota por gota,
hora por hora, pelo por pelo y se desnace en el viento.
Las uñas cortadas, que tanto sirven para comas como para trazar
el contorno de la luna.
sábado, septiembre 27, 2008
Notas para un poema VI
Anoto que llueve.
Lluvia copiosa. Y copiona de otra lluvia.
Pero la lluvia es uno. ¿Qué no lo es?
En el vidrio empañado del colectivo hay gotitas que se aferran con
fuerza. Son gotas colgadas de un pasamanos invisible. Viajan por
fuera. Algunas parecen tomadas de la mano. Viajan sin pagar boleto.
A través del vidrio, por entre las gotas viajeras, veo avanzar hacia
mí los árboles de Juan L. Ortiz.
Mientras despeina suave, un poema de Fernández Retamar:
“... mientras despeina suave las cabezas de los hijos que tuvo
con el otro.”
¿Qué hacemos con todo lo amado? ¿Túnel entre escombros, abismo
que se agita, lo amado?
Todo lo que no es amor es pérdida de tiempo.
Pozo que no das agua: ¿desde dónde vienen estas olas que oigo
martillar las horas?
Hay un hueco en las horas. En él parece estar todo lo que fui.
Y lo que no pude ser.
El amor es un cíclope montado en un “Rocinante”.
También es memoria la lluvia.
¿Y esa sed melancólica de no querer perderse ni una gota?
Y los limpiaparabrisas diciendo que no.
Los semáforos derramados, doblados sobre la calle mojada.
Doblados como en un cuadro de Dalí.
A veces uno aborrece la lluvia. Pero la lluvia es uno. Entonces
hay veces en que uno se aborrece.
Anoto que bajo la lluvia uno puede llorar sin que se note.
La lluvia de Tuñón llueve como pocas.
En el aire se oyen voces. Es normal que alguien de pronto
diga:
-¿Qué?
Tu voz tiene pañuelitos. Y ese polvillo de colores que suelen dejar
en las manos las mariposas al tocarlas.
Lluvia copiosa. Y copiona de otra lluvia.
Pero la lluvia es uno. ¿Qué no lo es?
En el vidrio empañado del colectivo hay gotitas que se aferran con
fuerza. Son gotas colgadas de un pasamanos invisible. Viajan por
fuera. Algunas parecen tomadas de la mano. Viajan sin pagar boleto.
A través del vidrio, por entre las gotas viajeras, veo avanzar hacia
mí los árboles de Juan L. Ortiz.
Mientras despeina suave, un poema de Fernández Retamar:
“... mientras despeina suave las cabezas de los hijos que tuvo
con el otro.”
¿Qué hacemos con todo lo amado? ¿Túnel entre escombros, abismo
que se agita, lo amado?
Todo lo que no es amor es pérdida de tiempo.
Pozo que no das agua: ¿desde dónde vienen estas olas que oigo
martillar las horas?
Hay un hueco en las horas. En él parece estar todo lo que fui.
Y lo que no pude ser.
El amor es un cíclope montado en un “Rocinante”.
También es memoria la lluvia.
¿Y esa sed melancólica de no querer perderse ni una gota?
Y los limpiaparabrisas diciendo que no.
Los semáforos derramados, doblados sobre la calle mojada.
Doblados como en un cuadro de Dalí.
A veces uno aborrece la lluvia. Pero la lluvia es uno. Entonces
hay veces en que uno se aborrece.
Anoto que bajo la lluvia uno puede llorar sin que se note.
La lluvia de Tuñón llueve como pocas.
En el aire se oyen voces. Es normal que alguien de pronto
diga:
-¿Qué?
Tu voz tiene pañuelitos. Y ese polvillo de colores que suelen dejar
en las manos las mariposas al tocarlas.
sábado, septiembre 20, 2008
Notas para un poema V
Hay un hueco en las horas.
Vivimos para aprender, en algún momento, que hay un hueco en
las horas. Un falta algo. Una desproporción. Una figura en falsa
escuadra. Un hambre no se sabe de qué en el vértice más lejano de
las horas.
El problema de Kafka era no saber ser otro que Kafka. Nunca se
sabe ser otro: se desea. Todo el arte está impregnado de “ser otro”.
Las criaturas de Lautréamont diciéndole a Dios -defecado por el
hombre-: no queremos ser como tú.
El caos del aire es un cementerio lleno de vida.
Todo lo que hay es tiempo. Un tiempo cuyas horas reservan un
hueco para la conciencia.
Si yo tuviera tus manos como cachorros de león recién nacidos
sabría de otra voz. Una voz de flauta celestial, maravillosa. Sordo
a todo lo demás, la acunaría en silencio. Cada silencio tuyo: un
universo.
En el aire había un malabarista de nubes. Mojaba sus manos en la
lluvia para moldear seres de otra fantasía. Cuando abrí los ojos, aún
no había llovido. Un hombre empujaba su carro: arrancaba panes ya
maduros a los cestos de basura florecidos.
No sé quién era los pasos bajando por la escalera. No sé quién el
sonido interrumpido, la pequeña pausa para leer el correo. Suelas
que se apilan. O se desapilan. Seguidilla de seguir. De seguir siendo
en los escalones como teclas de la escalera.
Hay un hueco en las horas. Un ojo que desmira. Un túnel entre
escombros. Un abismo que se agita, absorbe, respira. Hay un siglo
en las horas, y más allá un infinito. Hay una ostra. Una bitácora. Un
escalpelo. Un reloj dentro de un reloj dentro de un reloj como en
cajitas chinas.
Y hay lo que no hay, en las horas.
Vivimos para aprender, en algún momento, que hay un hueco en
las horas. Un falta algo. Una desproporción. Una figura en falsa
escuadra. Un hambre no se sabe de qué en el vértice más lejano de
las horas.
El problema de Kafka era no saber ser otro que Kafka. Nunca se
sabe ser otro: se desea. Todo el arte está impregnado de “ser otro”.
Las criaturas de Lautréamont diciéndole a Dios -defecado por el
hombre-: no queremos ser como tú.
El caos del aire es un cementerio lleno de vida.
Todo lo que hay es tiempo. Un tiempo cuyas horas reservan un
hueco para la conciencia.
Si yo tuviera tus manos como cachorros de león recién nacidos
sabría de otra voz. Una voz de flauta celestial, maravillosa. Sordo
a todo lo demás, la acunaría en silencio. Cada silencio tuyo: un
universo.
En el aire había un malabarista de nubes. Mojaba sus manos en la
lluvia para moldear seres de otra fantasía. Cuando abrí los ojos, aún
no había llovido. Un hombre empujaba su carro: arrancaba panes ya
maduros a los cestos de basura florecidos.
No sé quién era los pasos bajando por la escalera. No sé quién el
sonido interrumpido, la pequeña pausa para leer el correo. Suelas
que se apilan. O se desapilan. Seguidilla de seguir. De seguir siendo
en los escalones como teclas de la escalera.
Hay un hueco en las horas. Un ojo que desmira. Un túnel entre
escombros. Un abismo que se agita, absorbe, respira. Hay un siglo
en las horas, y más allá un infinito. Hay una ostra. Una bitácora. Un
escalpelo. Un reloj dentro de un reloj dentro de un reloj como en
cajitas chinas.
Y hay lo que no hay, en las horas.
sábado, septiembre 13, 2008
Notas para un poema IV
I am not sorrowful but I am tired
Of everything that I ever desired.
Anoto los versos de Dowson que Ciorán ha repetido a lo largo de
su vida:
“No estoy triste, estoy cansado
de todo lo que siempre deseé”
Es un grito tallado en las paredes de su alma. Signos que se
derraman, que chorrean una sangre metafísica.
La sensación de tener pedazos del cuerpo vagando por ahí, flotando,
naufragando aferrados a maderos de ilusiones pasadas. Ilusiones
que esperan ser sacudidas como manteles, como sábanas, y vueltas
a tender, redimidas.
Los anteojos de mi padre olvidados sobre su mesa de trabajo. Ahí
estaban de pie. ¿Mirando qué? ¿Acaso a las herramientas colgadas,
que también esperaban y velaban por sus manos?
Las herramientas de mi padre eran llaves que podían abrir mil
puertas.
Un voz en cuclillas se mete por otra voz interior mía y se trenzan en
una voz contenta que entra por los oídos de mi pecho, me recorre
con densidad de beso hasta que doy en este que soy: cofre de esa
voz, cajita de música que cantará hasta el fin de mis días.
¿Qué será de Praga sin Manuel? ¿Seguirá siendo una ciudad de ferias
y congresos?
Una costilla oculta escribe el deseo en la corteza de los árboles.
Los amantes rompen la bolsa y lloran de estar vivos.
Algún día un ave preguntará por qué nacemos sin alas.
De todo lo que deseé me queda haber amado. Soy una pelota. Y mi
alma un hombre encorvado que mira de cerca un camino de
hormigas. Soy una pelota que rueda. Y al rodar se me caen dos o
tres palabras que guardo para hacer un poema. Pero sobre todo soy
el poema que nunca pude escribir.
Los anteojos de mi padre brillan en la madrugada de mi infancia.
Of everything that I ever desired.
Anoto los versos de Dowson que Ciorán ha repetido a lo largo de
su vida:
“No estoy triste, estoy cansado
de todo lo que siempre deseé”
Es un grito tallado en las paredes de su alma. Signos que se
derraman, que chorrean una sangre metafísica.
La sensación de tener pedazos del cuerpo vagando por ahí, flotando,
naufragando aferrados a maderos de ilusiones pasadas. Ilusiones
que esperan ser sacudidas como manteles, como sábanas, y vueltas
a tender, redimidas.
Los anteojos de mi padre olvidados sobre su mesa de trabajo. Ahí
estaban de pie. ¿Mirando qué? ¿Acaso a las herramientas colgadas,
que también esperaban y velaban por sus manos?
Las herramientas de mi padre eran llaves que podían abrir mil
puertas.
Un voz en cuclillas se mete por otra voz interior mía y se trenzan en
una voz contenta que entra por los oídos de mi pecho, me recorre
con densidad de beso hasta que doy en este que soy: cofre de esa
voz, cajita de música que cantará hasta el fin de mis días.
¿Qué será de Praga sin Manuel? ¿Seguirá siendo una ciudad de ferias
y congresos?
Una costilla oculta escribe el deseo en la corteza de los árboles.
Los amantes rompen la bolsa y lloran de estar vivos.
Algún día un ave preguntará por qué nacemos sin alas.
De todo lo que deseé me queda haber amado. Soy una pelota. Y mi
alma un hombre encorvado que mira de cerca un camino de
hormigas. Soy una pelota que rueda. Y al rodar se me caen dos o
tres palabras que guardo para hacer un poema. Pero sobre todo soy
el poema que nunca pude escribir.
Los anteojos de mi padre brillan en la madrugada de mi infancia.
domingo, septiembre 07, 2008
Notas para un poema III
En mi sueño se desplegaba un mapamundi. En él se divisaba la
casa de mi infancia. Después era un papel blanco escolar cuyos
bordes se parecían a los puños de un guardapolvos. Yo orinaba sobre
el papel. Yo era un desagüe y alrededor era otoño. Hay un
dejarse llevar que tiene una poesía secreta al orinarse uno en la cama.
Recuerdo cuando pesqué un bagre y al tomarlo se me clavó una aleta
lateral en el dedo medio. Las aletas de los bagres son aserradas.
Fui a que me la quitara mi padre. Pero ahora me doy cuenta de que
anduvimos, aquel pescado y yo, caminando unidos por la calle.
El problema del poema es que hay que escribirlo. Sospechar que de
algún modo ya está hecho entre las páginas del aire. Saber que él
no nos necesita.
“Que el verso sea una llave que abra mil puertas”, proponía
Huidobro. Yo hasta he procurado valerme de ganzúas.
Por el aire pasaba un bagre infinito.
Un pez que hablaba del aire cuya voz imitaba la balada de un grillo
muerto.
Pasaba un hombre muy encorvado, como si viniese de abrazar una
gran pelota.
La cama del muerto con su manto de luz lleno de partículas que
cantan una canción llena de ausencias. Parece una idea de Van Gogh
pero pintada por Rembrandt.
La pintura entendida como vía de modificar una sociedad aún está
por pintarse. La sociedad modifica las pinturas según pasan las
generaciones.
Una llave que abra mil puertas a unos le dará poder, a otros,
sensación de inseguridad.
Un mástil al que le crece una bandera que hay que podar hasta
dejarla en estado de esperanza.
La cama del muerto ilumina la habitación más allá de la luz que
desenrolla sobre ella la ventana apenas asomada. El colchón
hundido es un molde vacío.
Pasaba un hombre muy encorvado, como dispuesto a dar una
vuelta carnero.
casa de mi infancia. Después era un papel blanco escolar cuyos
bordes se parecían a los puños de un guardapolvos. Yo orinaba sobre
el papel. Yo era un desagüe y alrededor era otoño. Hay un
dejarse llevar que tiene una poesía secreta al orinarse uno en la cama.
Recuerdo cuando pesqué un bagre y al tomarlo se me clavó una aleta
lateral en el dedo medio. Las aletas de los bagres son aserradas.
Fui a que me la quitara mi padre. Pero ahora me doy cuenta de que
anduvimos, aquel pescado y yo, caminando unidos por la calle.
El problema del poema es que hay que escribirlo. Sospechar que de
algún modo ya está hecho entre las páginas del aire. Saber que él
no nos necesita.
“Que el verso sea una llave que abra mil puertas”, proponía
Huidobro. Yo hasta he procurado valerme de ganzúas.
Por el aire pasaba un bagre infinito.
Un pez que hablaba del aire cuya voz imitaba la balada de un grillo
muerto.
Pasaba un hombre muy encorvado, como si viniese de abrazar una
gran pelota.
La cama del muerto con su manto de luz lleno de partículas que
cantan una canción llena de ausencias. Parece una idea de Van Gogh
pero pintada por Rembrandt.
La pintura entendida como vía de modificar una sociedad aún está
por pintarse. La sociedad modifica las pinturas según pasan las
generaciones.
Una llave que abra mil puertas a unos le dará poder, a otros,
sensación de inseguridad.
Un mástil al que le crece una bandera que hay que podar hasta
dejarla en estado de esperanza.
La cama del muerto ilumina la habitación más allá de la luz que
desenrolla sobre ella la ventana apenas asomada. El colchón
hundido es un molde vacío.
Pasaba un hombre muy encorvado, como dispuesto a dar una
vuelta carnero.
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