“Esa mujer no estaba en sus caníbales”, dice Mario Trejo.
“No molestarla que la melancolía ya tiene con sus abejas”.
Las abejas de la melancolía producen una miel desgarradora.
La miel de la melancolía es el placer de los osos solitarios.
Esa primera vez, cuando el poeta descubre el callar de las cosas, y se
une a ellas para palpar el silencio, tender sus sábanas innombradas
para luego cavar en sí mismo, ahí, donde hablan todas las cosas,
todos los nombres y toda la nada.
Cuando en el silencio no hay nadie cometemos cualquier acto con
tal de grabarnos como un signo vivo en la hoja en blanco del tiempo.
La metáfora de la metáfora de la metáfora lleva a un vacío, a un
nido de silencio, a una nada esbozada. Es un lugar infértil. Al poeta
le toca descomponerlo, desvirtuarlo, darle vida para matarlo.
El agujero en la tráquea de mi abuelo Luis tenía un hilo de baba
casi permanente en el borde inferior. Me horrorizaba. Por el
agujero, su voz apenas audible se abría paso desde una antigua
caverna, como por entre secas hojas de árboles muertos. Yo miraba
el agujero negro y me preguntaba qué había más allá, a dónde
conducía ese túnel lleno de misterio.
Zorzal de la medianera que bajás ahora a mi jardín: ¿me traés
alguna hebra de aquella voz en cuclillas?
Anda una costilla furtiva tallando la corteza de los árboles. Se la
presiente en el aire. Cuidado: los amantes hacen nido en cualquier
lugar. Como duendes que no se ven, hurtan la manzana que Eva
le obsequió a Adán.
Con la miel de la melancolía hacer pastelitos de amor.
Darlos siempre. Andan osos con hambre.
sábado, octubre 18, 2008
viernes, octubre 10, 2008
Notas para un poema VIII
Anochece blanco sobre la casa de dos plantas donde duerme un
hombre derramado sobre el felpudo de la entrada. Le cuelgan unas
llaves de la boca. De una escupida abrirá la puerta con el adorno
navideño. Pero antes acariciará a su gato, que es largo como un
lagarto en los ojos de un niño. La puerta se abre y muestra el
interior de un lavarropas con cientos de papeles escritos que se
mezclan en seco y suenan como el aletear de las gaviotas en la orilla
de un mar que se desagota en el cordón de la calle.
Cuando en el silencio no hay nadie…
Aún debo conservar el perro imaginario de cuando actuaba La dama
del perrito de Chéjov. Debo tenerlo por ahí.
El mapamundi de mi sueño de niño se inventaba nuevas regiones.
De pronto entre África y Oceanía crecía un continente con la forma
de un ombú. En otoño, el océano Índico se poblaba de islas.
En cambio mi barrilete, querido Dylan Thomas, aquél con que
jugaba en la mañana celeste de mi infancia, aún no ha tocado el
cielo.
Deletrear el abecedario con los pies. Cada letra un salto. Una danza
que celebre el ojo despierto de Jean Dominique Bauby.
Cuando desapareció mi prima Nora, antes del mundial 78, mi madre
decía que mi padre revolvería cielo y tierra para encontrarla.
Nora había salido a buscar trabajo una mañana y ya no volvió.
Nora parecía no estar en el cielo ni en la tierra ni en el último cajón
de la cómoda ni en el altillo ni en el baúl del abuelo ni bajo
ninguna alfombra. Después Nora estuvo en todas partes. Y todo
el aire estaba lleno de Nora.
Un hueco en las horas como el agujero en la tráquea de mi abuelo
Luis.
Un barrilete hecho mapamundi que busca en las alturas el sol, las
nubes, el cielo que no tiene.
hombre derramado sobre el felpudo de la entrada. Le cuelgan unas
llaves de la boca. De una escupida abrirá la puerta con el adorno
navideño. Pero antes acariciará a su gato, que es largo como un
lagarto en los ojos de un niño. La puerta se abre y muestra el
interior de un lavarropas con cientos de papeles escritos que se
mezclan en seco y suenan como el aletear de las gaviotas en la orilla
de un mar que se desagota en el cordón de la calle.
Cuando en el silencio no hay nadie…
Aún debo conservar el perro imaginario de cuando actuaba La dama
del perrito de Chéjov. Debo tenerlo por ahí.
El mapamundi de mi sueño de niño se inventaba nuevas regiones.
De pronto entre África y Oceanía crecía un continente con la forma
de un ombú. En otoño, el océano Índico se poblaba de islas.
En cambio mi barrilete, querido Dylan Thomas, aquél con que
jugaba en la mañana celeste de mi infancia, aún no ha tocado el
cielo.
Deletrear el abecedario con los pies. Cada letra un salto. Una danza
que celebre el ojo despierto de Jean Dominique Bauby.
Cuando desapareció mi prima Nora, antes del mundial 78, mi madre
decía que mi padre revolvería cielo y tierra para encontrarla.
Nora había salido a buscar trabajo una mañana y ya no volvió.
Nora parecía no estar en el cielo ni en la tierra ni en el último cajón
de la cómoda ni en el altillo ni en el baúl del abuelo ni bajo
ninguna alfombra. Después Nora estuvo en todas partes. Y todo
el aire estaba lleno de Nora.
Un hueco en las horas como el agujero en la tráquea de mi abuelo
Luis.
Un barrilete hecho mapamundi que busca en las alturas el sol, las
nubes, el cielo que no tiene.
sábado, octubre 04, 2008
Notas para un poema VII
Un hombre se corta las uñas. Se deshoja.
Acaso sea Voltaire. El despertar de Voltaire, de J. Huber, en la
tapa de El jardín de las dudas de Fernando Savater.
O quizá sea Oscar Wilde, quien pone una coma –o la quita- en su
escrito, y ese es todo el trabajo literario producido en el día.
Hoy llamaré a mi madre y le preguntaré por la receta del puchero.
Acaso la inteligencia de un escritor debería medirse por la cantidad
de libros publicados de los que se arrepiente.
Me concentro en un terreno que hay en una manzana cerca de aquí.
Tiene alrededor casas y edificios. El terreno está solo, bajo las
sombras de las construcciones. Empiezo a imaginar una casa de dos
plantas. Balcones. Ventanas. Puerta de madera. Necesito la
presencia de una escalera exterior con su descanso para ver las
personas que habitan la casa. Suben y bajan. Las hago entrar por un
balcón, salir por el techo. Cambian de ropa, de objetos que llevan,
y a veces de cara. Las hago desayunar en el descanso, telefonear
sobre una ventana, dormir en el felpudo de la entrada.
Cuando paso por esa calle repito siempre el ejercicio de imaginar
que hay en ese terreno vacío una casa, que habitan personas que no
existen.
Un hombre se cortaba las uñas de las manos en el umbral de una
casa que aún no estaba allí.
Ir sin manos a hurgar profundo en el hueco de las horas.
Cuando el amor se parece a Job.
Una vez vi un hombre en llamas en el hall de entrada de una casa.
Fue en San Fernando. Yo era chico. Pensé que era el Diablo. Pero
hoy creo que no lo era. Su cara colorada tenía una mueca de dolor
terrible. Era un llanto de lágrimas encendidas. Estaba sentado. De
perfil. Se retorcía entre mil llamas, desgarradoramente.
Cerré los ojos –pensé que era mi imaginación-, y al abrirlos,
el hombre ya no estaba.
Un hombre se deshoja: ojo por ojo, uña por uña, gota por gota,
hora por hora, pelo por pelo y se desnace en el viento.
Las uñas cortadas, que tanto sirven para comas como para trazar
el contorno de la luna.
Acaso sea Voltaire. El despertar de Voltaire, de J. Huber, en la
tapa de El jardín de las dudas de Fernando Savater.
O quizá sea Oscar Wilde, quien pone una coma –o la quita- en su
escrito, y ese es todo el trabajo literario producido en el día.
Hoy llamaré a mi madre y le preguntaré por la receta del puchero.
Acaso la inteligencia de un escritor debería medirse por la cantidad
de libros publicados de los que se arrepiente.
Me concentro en un terreno que hay en una manzana cerca de aquí.
Tiene alrededor casas y edificios. El terreno está solo, bajo las
sombras de las construcciones. Empiezo a imaginar una casa de dos
plantas. Balcones. Ventanas. Puerta de madera. Necesito la
presencia de una escalera exterior con su descanso para ver las
personas que habitan la casa. Suben y bajan. Las hago entrar por un
balcón, salir por el techo. Cambian de ropa, de objetos que llevan,
y a veces de cara. Las hago desayunar en el descanso, telefonear
sobre una ventana, dormir en el felpudo de la entrada.
Cuando paso por esa calle repito siempre el ejercicio de imaginar
que hay en ese terreno vacío una casa, que habitan personas que no
existen.
Un hombre se cortaba las uñas de las manos en el umbral de una
casa que aún no estaba allí.
Ir sin manos a hurgar profundo en el hueco de las horas.
Cuando el amor se parece a Job.
Una vez vi un hombre en llamas en el hall de entrada de una casa.
Fue en San Fernando. Yo era chico. Pensé que era el Diablo. Pero
hoy creo que no lo era. Su cara colorada tenía una mueca de dolor
terrible. Era un llanto de lágrimas encendidas. Estaba sentado. De
perfil. Se retorcía entre mil llamas, desgarradoramente.
Cerré los ojos –pensé que era mi imaginación-, y al abrirlos,
el hombre ya no estaba.
Un hombre se deshoja: ojo por ojo, uña por uña, gota por gota,
hora por hora, pelo por pelo y se desnace en el viento.
Las uñas cortadas, que tanto sirven para comas como para trazar
el contorno de la luna.
sábado, septiembre 27, 2008
Notas para un poema VI
Anoto que llueve.
Lluvia copiosa. Y copiona de otra lluvia.
Pero la lluvia es uno. ¿Qué no lo es?
En el vidrio empañado del colectivo hay gotitas que se aferran con
fuerza. Son gotas colgadas de un pasamanos invisible. Viajan por
fuera. Algunas parecen tomadas de la mano. Viajan sin pagar boleto.
A través del vidrio, por entre las gotas viajeras, veo avanzar hacia
mí los árboles de Juan L. Ortiz.
Mientras despeina suave, un poema de Fernández Retamar:
“... mientras despeina suave las cabezas de los hijos que tuvo
con el otro.”
¿Qué hacemos con todo lo amado? ¿Túnel entre escombros, abismo
que se agita, lo amado?
Todo lo que no es amor es pérdida de tiempo.
Pozo que no das agua: ¿desde dónde vienen estas olas que oigo
martillar las horas?
Hay un hueco en las horas. En él parece estar todo lo que fui.
Y lo que no pude ser.
El amor es un cíclope montado en un “Rocinante”.
También es memoria la lluvia.
¿Y esa sed melancólica de no querer perderse ni una gota?
Y los limpiaparabrisas diciendo que no.
Los semáforos derramados, doblados sobre la calle mojada.
Doblados como en un cuadro de Dalí.
A veces uno aborrece la lluvia. Pero la lluvia es uno. Entonces
hay veces en que uno se aborrece.
Anoto que bajo la lluvia uno puede llorar sin que se note.
La lluvia de Tuñón llueve como pocas.
En el aire se oyen voces. Es normal que alguien de pronto
diga:
-¿Qué?
Tu voz tiene pañuelitos. Y ese polvillo de colores que suelen dejar
en las manos las mariposas al tocarlas.
Lluvia copiosa. Y copiona de otra lluvia.
Pero la lluvia es uno. ¿Qué no lo es?
En el vidrio empañado del colectivo hay gotitas que se aferran con
fuerza. Son gotas colgadas de un pasamanos invisible. Viajan por
fuera. Algunas parecen tomadas de la mano. Viajan sin pagar boleto.
A través del vidrio, por entre las gotas viajeras, veo avanzar hacia
mí los árboles de Juan L. Ortiz.
Mientras despeina suave, un poema de Fernández Retamar:
“... mientras despeina suave las cabezas de los hijos que tuvo
con el otro.”
¿Qué hacemos con todo lo amado? ¿Túnel entre escombros, abismo
que se agita, lo amado?
Todo lo que no es amor es pérdida de tiempo.
Pozo que no das agua: ¿desde dónde vienen estas olas que oigo
martillar las horas?
Hay un hueco en las horas. En él parece estar todo lo que fui.
Y lo que no pude ser.
El amor es un cíclope montado en un “Rocinante”.
También es memoria la lluvia.
¿Y esa sed melancólica de no querer perderse ni una gota?
Y los limpiaparabrisas diciendo que no.
Los semáforos derramados, doblados sobre la calle mojada.
Doblados como en un cuadro de Dalí.
A veces uno aborrece la lluvia. Pero la lluvia es uno. Entonces
hay veces en que uno se aborrece.
Anoto que bajo la lluvia uno puede llorar sin que se note.
La lluvia de Tuñón llueve como pocas.
En el aire se oyen voces. Es normal que alguien de pronto
diga:
-¿Qué?
Tu voz tiene pañuelitos. Y ese polvillo de colores que suelen dejar
en las manos las mariposas al tocarlas.
sábado, septiembre 20, 2008
Notas para un poema V
Hay un hueco en las horas.
Vivimos para aprender, en algún momento, que hay un hueco en
las horas. Un falta algo. Una desproporción. Una figura en falsa
escuadra. Un hambre no se sabe de qué en el vértice más lejano de
las horas.
El problema de Kafka era no saber ser otro que Kafka. Nunca se
sabe ser otro: se desea. Todo el arte está impregnado de “ser otro”.
Las criaturas de Lautréamont diciéndole a Dios -defecado por el
hombre-: no queremos ser como tú.
El caos del aire es un cementerio lleno de vida.
Todo lo que hay es tiempo. Un tiempo cuyas horas reservan un
hueco para la conciencia.
Si yo tuviera tus manos como cachorros de león recién nacidos
sabría de otra voz. Una voz de flauta celestial, maravillosa. Sordo
a todo lo demás, la acunaría en silencio. Cada silencio tuyo: un
universo.
En el aire había un malabarista de nubes. Mojaba sus manos en la
lluvia para moldear seres de otra fantasía. Cuando abrí los ojos, aún
no había llovido. Un hombre empujaba su carro: arrancaba panes ya
maduros a los cestos de basura florecidos.
No sé quién era los pasos bajando por la escalera. No sé quién el
sonido interrumpido, la pequeña pausa para leer el correo. Suelas
que se apilan. O se desapilan. Seguidilla de seguir. De seguir siendo
en los escalones como teclas de la escalera.
Hay un hueco en las horas. Un ojo que desmira. Un túnel entre
escombros. Un abismo que se agita, absorbe, respira. Hay un siglo
en las horas, y más allá un infinito. Hay una ostra. Una bitácora. Un
escalpelo. Un reloj dentro de un reloj dentro de un reloj como en
cajitas chinas.
Y hay lo que no hay, en las horas.
Vivimos para aprender, en algún momento, que hay un hueco en
las horas. Un falta algo. Una desproporción. Una figura en falsa
escuadra. Un hambre no se sabe de qué en el vértice más lejano de
las horas.
El problema de Kafka era no saber ser otro que Kafka. Nunca se
sabe ser otro: se desea. Todo el arte está impregnado de “ser otro”.
Las criaturas de Lautréamont diciéndole a Dios -defecado por el
hombre-: no queremos ser como tú.
El caos del aire es un cementerio lleno de vida.
Todo lo que hay es tiempo. Un tiempo cuyas horas reservan un
hueco para la conciencia.
Si yo tuviera tus manos como cachorros de león recién nacidos
sabría de otra voz. Una voz de flauta celestial, maravillosa. Sordo
a todo lo demás, la acunaría en silencio. Cada silencio tuyo: un
universo.
En el aire había un malabarista de nubes. Mojaba sus manos en la
lluvia para moldear seres de otra fantasía. Cuando abrí los ojos, aún
no había llovido. Un hombre empujaba su carro: arrancaba panes ya
maduros a los cestos de basura florecidos.
No sé quién era los pasos bajando por la escalera. No sé quién el
sonido interrumpido, la pequeña pausa para leer el correo. Suelas
que se apilan. O se desapilan. Seguidilla de seguir. De seguir siendo
en los escalones como teclas de la escalera.
Hay un hueco en las horas. Un ojo que desmira. Un túnel entre
escombros. Un abismo que se agita, absorbe, respira. Hay un siglo
en las horas, y más allá un infinito. Hay una ostra. Una bitácora. Un
escalpelo. Un reloj dentro de un reloj dentro de un reloj como en
cajitas chinas.
Y hay lo que no hay, en las horas.
sábado, septiembre 13, 2008
Notas para un poema IV
I am not sorrowful but I am tired
Of everything that I ever desired.
Anoto los versos de Dowson que Ciorán ha repetido a lo largo de
su vida:
“No estoy triste, estoy cansado
de todo lo que siempre deseé”
Es un grito tallado en las paredes de su alma. Signos que se
derraman, que chorrean una sangre metafísica.
La sensación de tener pedazos del cuerpo vagando por ahí, flotando,
naufragando aferrados a maderos de ilusiones pasadas. Ilusiones
que esperan ser sacudidas como manteles, como sábanas, y vueltas
a tender, redimidas.
Los anteojos de mi padre olvidados sobre su mesa de trabajo. Ahí
estaban de pie. ¿Mirando qué? ¿Acaso a las herramientas colgadas,
que también esperaban y velaban por sus manos?
Las herramientas de mi padre eran llaves que podían abrir mil
puertas.
Un voz en cuclillas se mete por otra voz interior mía y se trenzan en
una voz contenta que entra por los oídos de mi pecho, me recorre
con densidad de beso hasta que doy en este que soy: cofre de esa
voz, cajita de música que cantará hasta el fin de mis días.
¿Qué será de Praga sin Manuel? ¿Seguirá siendo una ciudad de ferias
y congresos?
Una costilla oculta escribe el deseo en la corteza de los árboles.
Los amantes rompen la bolsa y lloran de estar vivos.
Algún día un ave preguntará por qué nacemos sin alas.
De todo lo que deseé me queda haber amado. Soy una pelota. Y mi
alma un hombre encorvado que mira de cerca un camino de
hormigas. Soy una pelota que rueda. Y al rodar se me caen dos o
tres palabras que guardo para hacer un poema. Pero sobre todo soy
el poema que nunca pude escribir.
Los anteojos de mi padre brillan en la madrugada de mi infancia.
Of everything that I ever desired.
Anoto los versos de Dowson que Ciorán ha repetido a lo largo de
su vida:
“No estoy triste, estoy cansado
de todo lo que siempre deseé”
Es un grito tallado en las paredes de su alma. Signos que se
derraman, que chorrean una sangre metafísica.
La sensación de tener pedazos del cuerpo vagando por ahí, flotando,
naufragando aferrados a maderos de ilusiones pasadas. Ilusiones
que esperan ser sacudidas como manteles, como sábanas, y vueltas
a tender, redimidas.
Los anteojos de mi padre olvidados sobre su mesa de trabajo. Ahí
estaban de pie. ¿Mirando qué? ¿Acaso a las herramientas colgadas,
que también esperaban y velaban por sus manos?
Las herramientas de mi padre eran llaves que podían abrir mil
puertas.
Un voz en cuclillas se mete por otra voz interior mía y se trenzan en
una voz contenta que entra por los oídos de mi pecho, me recorre
con densidad de beso hasta que doy en este que soy: cofre de esa
voz, cajita de música que cantará hasta el fin de mis días.
¿Qué será de Praga sin Manuel? ¿Seguirá siendo una ciudad de ferias
y congresos?
Una costilla oculta escribe el deseo en la corteza de los árboles.
Los amantes rompen la bolsa y lloran de estar vivos.
Algún día un ave preguntará por qué nacemos sin alas.
De todo lo que deseé me queda haber amado. Soy una pelota. Y mi
alma un hombre encorvado que mira de cerca un camino de
hormigas. Soy una pelota que rueda. Y al rodar se me caen dos o
tres palabras que guardo para hacer un poema. Pero sobre todo soy
el poema que nunca pude escribir.
Los anteojos de mi padre brillan en la madrugada de mi infancia.
domingo, septiembre 07, 2008
Notas para un poema III
En mi sueño se desplegaba un mapamundi. En él se divisaba la
casa de mi infancia. Después era un papel blanco escolar cuyos
bordes se parecían a los puños de un guardapolvos. Yo orinaba sobre
el papel. Yo era un desagüe y alrededor era otoño. Hay un
dejarse llevar que tiene una poesía secreta al orinarse uno en la cama.
Recuerdo cuando pesqué un bagre y al tomarlo se me clavó una aleta
lateral en el dedo medio. Las aletas de los bagres son aserradas.
Fui a que me la quitara mi padre. Pero ahora me doy cuenta de que
anduvimos, aquel pescado y yo, caminando unidos por la calle.
El problema del poema es que hay que escribirlo. Sospechar que de
algún modo ya está hecho entre las páginas del aire. Saber que él
no nos necesita.
“Que el verso sea una llave que abra mil puertas”, proponía
Huidobro. Yo hasta he procurado valerme de ganzúas.
Por el aire pasaba un bagre infinito.
Un pez que hablaba del aire cuya voz imitaba la balada de un grillo
muerto.
Pasaba un hombre muy encorvado, como si viniese de abrazar una
gran pelota.
La cama del muerto con su manto de luz lleno de partículas que
cantan una canción llena de ausencias. Parece una idea de Van Gogh
pero pintada por Rembrandt.
La pintura entendida como vía de modificar una sociedad aún está
por pintarse. La sociedad modifica las pinturas según pasan las
generaciones.
Una llave que abra mil puertas a unos le dará poder, a otros,
sensación de inseguridad.
Un mástil al que le crece una bandera que hay que podar hasta
dejarla en estado de esperanza.
La cama del muerto ilumina la habitación más allá de la luz que
desenrolla sobre ella la ventana apenas asomada. El colchón
hundido es un molde vacío.
Pasaba un hombre muy encorvado, como dispuesto a dar una
vuelta carnero.
casa de mi infancia. Después era un papel blanco escolar cuyos
bordes se parecían a los puños de un guardapolvos. Yo orinaba sobre
el papel. Yo era un desagüe y alrededor era otoño. Hay un
dejarse llevar que tiene una poesía secreta al orinarse uno en la cama.
Recuerdo cuando pesqué un bagre y al tomarlo se me clavó una aleta
lateral en el dedo medio. Las aletas de los bagres son aserradas.
Fui a que me la quitara mi padre. Pero ahora me doy cuenta de que
anduvimos, aquel pescado y yo, caminando unidos por la calle.
El problema del poema es que hay que escribirlo. Sospechar que de
algún modo ya está hecho entre las páginas del aire. Saber que él
no nos necesita.
“Que el verso sea una llave que abra mil puertas”, proponía
Huidobro. Yo hasta he procurado valerme de ganzúas.
Por el aire pasaba un bagre infinito.
Un pez que hablaba del aire cuya voz imitaba la balada de un grillo
muerto.
Pasaba un hombre muy encorvado, como si viniese de abrazar una
gran pelota.
La cama del muerto con su manto de luz lleno de partículas que
cantan una canción llena de ausencias. Parece una idea de Van Gogh
pero pintada por Rembrandt.
La pintura entendida como vía de modificar una sociedad aún está
por pintarse. La sociedad modifica las pinturas según pasan las
generaciones.
Una llave que abra mil puertas a unos le dará poder, a otros,
sensación de inseguridad.
Un mástil al que le crece una bandera que hay que podar hasta
dejarla en estado de esperanza.
La cama del muerto ilumina la habitación más allá de la luz que
desenrolla sobre ella la ventana apenas asomada. El colchón
hundido es un molde vacío.
Pasaba un hombre muy encorvado, como dispuesto a dar una
vuelta carnero.
sábado, agosto 30, 2008
Notas para un poema II
Todo lo que pueda ser aire es libre.
En todo lo que pueda ser libre hay un caos. El aire es una especie de
caos.
Convenimos, mi sombra y yo, en disgregarnos en un minuto del
mediodía. Pero ¿quién miente?
Anoto Pagra, de Manuel Vázquez Montalbán. Acaso sea una
sinfonía esa ciudad.
“Damas de Praga
como las rosas de Alejandría
coloradas de noche blancas de día”
Paso toda la guerra inventariando metáforas de guerra.
Hay hambres que son metáforas del hambre pero ninguna tan cruda
como el hambre. El hambre es hombre. El hambre está lleno de
monstruos. Monstruos de un hambre maldito.
Leí en el diario que un barco de la armada argentina mató con sus
hélices a una ballena en Chubut en temporada de avisaje. Ella nos
atacó, dijeron.
Hay mujer en el aire.
Un aire de mujer en los músculos de los plátanos. Desboca.
Desnuda.
Levanto una piedra y hay un ciempiés. Vuelvo a levantarla y se cae
un mundo. El misterio.
Praga debió ser una lanza clavada en los testículos del sol.
La luna es un cementerio vacío de muertos. Las invocaciones,
los clamores pacen en el aire.
A veces uno cree que está mal hecho. Que es un boceto sombrío.
Que al estornudar puede vaciarse de órganos, dislocarse,
derrumbarse y dar con el boceto de otro.
El aire anotado en los cuadernos de Dios suspira como una mujer
embarazada, se ladea hacia los márgenes, es un caos revulsivo
capaz de asfixiar a cualquier dios.
Levanto una piedra con la esperanza de avistar una ballena.
En todo lo que pueda ser libre hay un caos. El aire es una especie de
caos.
Convenimos, mi sombra y yo, en disgregarnos en un minuto del
mediodía. Pero ¿quién miente?
Anoto Pagra, de Manuel Vázquez Montalbán. Acaso sea una
sinfonía esa ciudad.
“Damas de Praga
como las rosas de Alejandría
coloradas de noche blancas de día”
Paso toda la guerra inventariando metáforas de guerra.
Hay hambres que son metáforas del hambre pero ninguna tan cruda
como el hambre. El hambre es hombre. El hambre está lleno de
monstruos. Monstruos de un hambre maldito.
Leí en el diario que un barco de la armada argentina mató con sus
hélices a una ballena en Chubut en temporada de avisaje. Ella nos
atacó, dijeron.
Hay mujer en el aire.
Un aire de mujer en los músculos de los plátanos. Desboca.
Desnuda.
Levanto una piedra y hay un ciempiés. Vuelvo a levantarla y se cae
un mundo. El misterio.
Praga debió ser una lanza clavada en los testículos del sol.
La luna es un cementerio vacío de muertos. Las invocaciones,
los clamores pacen en el aire.
A veces uno cree que está mal hecho. Que es un boceto sombrío.
Que al estornudar puede vaciarse de órganos, dislocarse,
derrumbarse y dar con el boceto de otro.
El aire anotado en los cuadernos de Dios suspira como una mujer
embarazada, se ladea hacia los márgenes, es un caos revulsivo
capaz de asfixiar a cualquier dios.
Levanto una piedra con la esperanza de avistar una ballena.
domingo, agosto 24, 2008
Notas para un poema I
Hay una potencia en el aire, cierto fragor subterráneo,
un calor, formas que según Wallace Stevens son como de mujer.
Voy a llamar a mi madre esta tarde –esta tarde arde por lo que no
está-: qué será mañana de Jesús sin ella.
Es el aire en el aire. Ora nublado por el humo en olas de un
cigarrillo, ora sentencioso con su arco de violín recién amanecido
en los plátanos. Los plátanos se me antojan azules. Sí, pero es
un color que degrada en un plomo dulce para luego retozar en
nuez.
Su voz en cuclillas.
Voz en cuclillas a crecer de enredadera. Conserva lo sutil: cachorros
mojados, frutos de abuela, canasta, como el dibujo en un frasco
de mermelada.
El cordón de la calle tiene un temperamento especial.
Aguas por el desagüe: poner una palabra en la corriente. Remar con
los ojos. Atrás queda la fulminante soledad de un tapial.
La parada de colectivos es un silencio largo del que conversa la
baldosa quebrada y el grillo muerto desde anoche.
Arroz. Trocitos de pollo acaramelados con miel. Jengibre.
Por la tarde mi madre me dirá qué comió en el almuerzo.
A mi voz guardada en cuclillas no la segará ninguna sinfonía
de martes. Ni el violín del aire serruchando las ramas de los
plátanos.
El malabarista que vi en aquella esquina jugaba con mundos
de fuego. Una llama quemó los anteojos de un traje con señor.
El señor estaba ausente y hospedado en algún lugar.
A veces hay una fiebre en el aire.
Otras veces dan ganas de hacer el amor de espaldas al discurso
presidencial.
Anoto que hay escases de musas. Un sonido que pasa como
quien va para otro lado invoca otras bocas, bocas luego boas,
luego un santo, y un cansancio que habla del aire.
Un pez que habla del aire.
En mi sueño había cosas benditas, otros colores y otras sombras.
Glorias pasadas. Mi sueño no era el trineo de otro. A la nieve
la juntaban los vendedores de pochoclo. Una vez en sus manos,
las palomas llevaban mensajes que sólo podían ser leídos por
palomas.
Desconfío de los discursos. Que hable la calle, que hablen los
canteros, que hablen los pinos, que hable el grillo muerto,
que hable la lluvia.
En el sueño telefoneaba a mi madre y le preguntaba por mi padre.
Lo importante es la salud. La vida va y viene.
En el aire había un puñado de rosas que no te regalé.
un calor, formas que según Wallace Stevens son como de mujer.
Voy a llamar a mi madre esta tarde –esta tarde arde por lo que no
está-: qué será mañana de Jesús sin ella.
Es el aire en el aire. Ora nublado por el humo en olas de un
cigarrillo, ora sentencioso con su arco de violín recién amanecido
en los plátanos. Los plátanos se me antojan azules. Sí, pero es
un color que degrada en un plomo dulce para luego retozar en
nuez.
Su voz en cuclillas.
Voz en cuclillas a crecer de enredadera. Conserva lo sutil: cachorros
mojados, frutos de abuela, canasta, como el dibujo en un frasco
de mermelada.
El cordón de la calle tiene un temperamento especial.
Aguas por el desagüe: poner una palabra en la corriente. Remar con
los ojos. Atrás queda la fulminante soledad de un tapial.
La parada de colectivos es un silencio largo del que conversa la
baldosa quebrada y el grillo muerto desde anoche.
Arroz. Trocitos de pollo acaramelados con miel. Jengibre.
Por la tarde mi madre me dirá qué comió en el almuerzo.
A mi voz guardada en cuclillas no la segará ninguna sinfonía
de martes. Ni el violín del aire serruchando las ramas de los
plátanos.
El malabarista que vi en aquella esquina jugaba con mundos
de fuego. Una llama quemó los anteojos de un traje con señor.
El señor estaba ausente y hospedado en algún lugar.
A veces hay una fiebre en el aire.
Otras veces dan ganas de hacer el amor de espaldas al discurso
presidencial.
Anoto que hay escases de musas. Un sonido que pasa como
quien va para otro lado invoca otras bocas, bocas luego boas,
luego un santo, y un cansancio que habla del aire.
Un pez que habla del aire.
En mi sueño había cosas benditas, otros colores y otras sombras.
Glorias pasadas. Mi sueño no era el trineo de otro. A la nieve
la juntaban los vendedores de pochoclo. Una vez en sus manos,
las palomas llevaban mensajes que sólo podían ser leídos por
palomas.
Desconfío de los discursos. Que hable la calle, que hablen los
canteros, que hablen los pinos, que hable el grillo muerto,
que hable la lluvia.
En el sueño telefoneaba a mi madre y le preguntaba por mi padre.
Lo importante es la salud. La vida va y viene.
En el aire había un puñado de rosas que no te regalé.
domingo, abril 27, 2008
Adiós…
… o hasta luego, o hasta cuando sea.
Queridos amigos: abandono mis blogs. Necesito un descanso y hacer otras cosas. Discúlpenme
por favor que no los visite. Todos sus blogs y su compañía son muy valiosos para mí.
Les dejo un puñado de poemitas que pensaba ir posteando de a poco y que acabo de enumerar y darles un orden. Espero sean de su agrado y sepan perdonarme la ausencia.
Hasta la próxima. Un abrazo y gracias.
1
En la noche
un hombre
da su nada.
Se vacía
en el gesto
de pedir.
La luna
duerme
en sus palmas.
2
Caer
de la herida.
Caer dentro.
Dentro es lugar
de muertos
que saludan.
3
Gorrión
en el pentagrama
de los alambres
de púas.
Salta a otro
alambre:
ya es otra nota.
4
Todo es
espejo
para el de los
ojos cerrados.
Pero
no hay
ojos cerrados:
hay párpados
que dan a luz
en sombras
de la mirada.
5
(Panadero
en el aire.)
Alma mía:
¿dónde vamos?
Panadero
del aire:
¿de dónde
nos conocemos?
6
Dar
lo inalcanzado,
lo soñado y
trunco.
Dar lo perdido.
Darse
es dar lo perdido.
Solo así
es darlo todo.
7
Orilla.
Relámpagos.
Olas a mis
pies.
Decime,
Patricia
-vos que andás
en otra luz-:
¿de qué conversan
el relámpago
y las olas?
8
La niebla
cubre lo hecho.
Hemos de nombrar
para hacer camino.
9
Pájaro fugaz.
Ráfaga en el
aire.
Feliz aquel
que no siente
la obligación de
existir.
10
No es
oscuridad
la nada.
Es luz
que no brilla.
Claridad
no habitada
por lo claro.
11
Huella en la arena:
no está descalza.
En las hendiduras
donde los dedos,
en esas gotas de
sombra,
alguien pisa todavía.
12
Cuando
de lo hablado
sólo queda
una fragancia.
Cuando
ya no tiene
palabras
lo hablado.
13
Lanzamos
la voz.
Abrimos
tajos
en lo oscuro.
14
Con todo
lo esperado
hago
poemas
como horas
que dan
luz
después de
muertas.
15
Desde afuera
hacia adentro
miro por la
ventana,
y en la silla
sin mí
espío mi muerte.
16
Sombra
sin cuerpo,
mi espera.
Se abraza
a cada cosa
que se mueve.
17
Aleteo
de pájaro
remontando
vuelo.
A mí
me fue dado
parpadear.
18
Pasamos
entre pulsos
sin saberlo.
También cada
sombra
es oscurecida
por su espejo.
19
De
pensar
ando
lleno.
De
pensar
hasta
vaciarme.
20
Hasta aquí
el poema.
A mí
me toca seguir
-vivir, morir-,
seguir siendo.
Queridos amigos: abandono mis blogs. Necesito un descanso y hacer otras cosas. Discúlpenme
por favor que no los visite. Todos sus blogs y su compañía son muy valiosos para mí.
Les dejo un puñado de poemitas que pensaba ir posteando de a poco y que acabo de enumerar y darles un orden. Espero sean de su agrado y sepan perdonarme la ausencia.
Hasta la próxima. Un abrazo y gracias.
1
En la noche
un hombre
da su nada.
Se vacía
en el gesto
de pedir.
La luna
duerme
en sus palmas.
2
Caer
de la herida.
Caer dentro.
Dentro es lugar
de muertos
que saludan.
3
Gorrión
en el pentagrama
de los alambres
de púas.
Salta a otro
alambre:
ya es otra nota.
4
Todo es
espejo
para el de los
ojos cerrados.
Pero
no hay
ojos cerrados:
hay párpados
que dan a luz
en sombras
de la mirada.
5
(Panadero
en el aire.)
Alma mía:
¿dónde vamos?
Panadero
del aire:
¿de dónde
nos conocemos?
6
Dar
lo inalcanzado,
lo soñado y
trunco.
Dar lo perdido.
Darse
es dar lo perdido.
Solo así
es darlo todo.
7
Orilla.
Relámpagos.
Olas a mis
pies.
Decime,
Patricia
-vos que andás
en otra luz-:
¿de qué conversan
el relámpago
y las olas?
8
La niebla
cubre lo hecho.
Hemos de nombrar
para hacer camino.
9
Pájaro fugaz.
Ráfaga en el
aire.
Feliz aquel
que no siente
la obligación de
existir.
10
No es
oscuridad
la nada.
Es luz
que no brilla.
Claridad
no habitada
por lo claro.
11
Huella en la arena:
no está descalza.
En las hendiduras
donde los dedos,
en esas gotas de
sombra,
alguien pisa todavía.
12
Cuando
de lo hablado
sólo queda
una fragancia.
Cuando
ya no tiene
palabras
lo hablado.
13
Lanzamos
la voz.
Abrimos
tajos
en lo oscuro.
14
Con todo
lo esperado
hago
poemas
como horas
que dan
luz
después de
muertas.
15
Desde afuera
hacia adentro
miro por la
ventana,
y en la silla
sin mí
espío mi muerte.
16
Sombra
sin cuerpo,
mi espera.
Se abraza
a cada cosa
que se mueve.
17
Aleteo
de pájaro
remontando
vuelo.
A mí
me fue dado
parpadear.
18
Pasamos
entre pulsos
sin saberlo.
También cada
sombra
es oscurecida
por su espejo.
19
De
pensar
ando
lleno.
De
pensar
hasta
vaciarme.
20
Hasta aquí
el poema.
A mí
me toca seguir
-vivir, morir-,
seguir siendo.
miércoles, abril 16, 2008
sábado, abril 12, 2008
martes, abril 08, 2008
jueves, abril 03, 2008
jueves, marzo 27, 2008
el poema no vino
faltó sin aviso
hay apenas unas avispas
que fluyen por detrás de las orejas
por donde suelen oir las paredes
hay la bocina del tren
llegando a la estación
se cuela por el ventanal
se hamaca en los marcos
(mi perra toma agua
el último trago le chorrea de costado
y moja la alfombra)
el poema no va a venir
ya es tarde
guardo mis papeles
cierro la puertas
las ventanas
y por las dudas dejo abierta
la canilla del fondo
esa de la que nunca sale agua
faltó sin aviso
hay apenas unas avispas
que fluyen por detrás de las orejas
por donde suelen oir las paredes
hay la bocina del tren
llegando a la estación
se cuela por el ventanal
se hamaca en los marcos
(mi perra toma agua
el último trago le chorrea de costado
y moja la alfombra)
el poema no va a venir
ya es tarde
guardo mis papeles
cierro la puertas
las ventanas
y por las dudas dejo abierta
la canilla del fondo
esa de la que nunca sale agua
miércoles, marzo 19, 2008
Cartel
Sobre el segundo portón lateral
del supermercado y sostenido por dos
tubos de hierro, se alza un cartel chocado
y hundido hacia atrás, que dice:
NO AVANCE
del supermercado y sostenido por dos
tubos de hierro, se alza un cartel chocado
y hundido hacia atrás, que dice:
NO AVANCE
jueves, marzo 13, 2008
Pesebre (escena submarina)
En el fondo de la pecera,
sobre un camastro ladeado y postrero,
un niño Jesús pez mira con ojos de asombro
al señor de la escafandra
tumbado en un rincón oscuro.
sobre un camastro ladeado y postrero,
un niño Jesús pez mira con ojos de asombro
al señor de la escafandra
tumbado en un rincón oscuro.
jueves, marzo 06, 2008
Los dientes del perro
Los dientes del perro atropellado
en la calle crecen en el aire se elevan
como hojas de luz de un árbol seco flotan
hasta dar manos de muñeca que a su vez
sueltan capullos de algodón con formas de
nubes que semejan perros pero
en realidad son árboles que chocarán
entre si para que lluevan dientes que acabarán
burbujeando en la calle como perros muertos.
en la calle crecen en el aire se elevan
como hojas de luz de un árbol seco flotan
hasta dar manos de muñeca que a su vez
sueltan capullos de algodón con formas de
nubes que semejan perros pero
en realidad son árboles que chocarán
entre si para que lluevan dientes que acabarán
burbujeando en la calle como perros muertos.
viernes, febrero 29, 2008
Naufragios
naufragio
oleajes tuyos
estelas de tu pelo
cavándome
bichitos de tu voz en pequeñas soledades
que das al besarme
naufragio en las aguas de tu cuerpo
gaviotas de mis manos te recorren
buscan muelles puertos
en tu piel
tu vientre amado
respirás y se abre el mundo
sonreís y se hacen los maderos las balsas
y es orilla segura tu cuerpo
que ya anda por mis manos
que acaban de nacer
respiran
náufragas y recién tocadas por la luz
hablás y es otro el mundo yo puedo dibujar
en el aliento de tu
boca
nombrarte al morder tu lengua
ser
en los vaivenes de tus urgencias que son tan mías
dulce violencia que me abre alas
pezuñas de algodón
para sumarme a todo lo que es agua en vos
cuerpo mío
náufraga de mí
maga de mis días
y voy a florecer en tus playas junto
al primer rocío de la mañana.
oleajes tuyos
estelas de tu pelo
cavándome
bichitos de tu voz en pequeñas soledades
que das al besarme
naufragio en las aguas de tu cuerpo
gaviotas de mis manos te recorren
buscan muelles puertos
en tu piel
tu vientre amado
respirás y se abre el mundo
sonreís y se hacen los maderos las balsas
y es orilla segura tu cuerpo
que ya anda por mis manos
que acaban de nacer
respiran
náufragas y recién tocadas por la luz
hablás y es otro el mundo yo puedo dibujar
en el aliento de tu
boca
nombrarte al morder tu lengua
ser
en los vaivenes de tus urgencias que son tan mías
dulce violencia que me abre alas
pezuñas de algodón
para sumarme a todo lo que es agua en vos
cuerpo mío
náufraga de mí
maga de mis días
y voy a florecer en tus playas junto
al primer rocío de la mañana.
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