viernes, mayo 08, 2009

La Tristeza y la Ternura

Andaban la Tristeza y la Ternura
jugando una rayuela en mi cuarto.
Salí de mí, roca impura
le grité a la Tristeza
que abandonó la casilla 9
y se olvidó un pañuelo lleno de rostros.
En cambio la Ternura
buscó una almohada donde hundir su cabeza
y se hizo pis en mi cama.








Ver Aquí la maravilla que me dedicó Gustavo Tisocco en uno de sus blogs.

viernes, mayo 01, 2009

Hombre rezando

Un hombre reza en un baldío.
Manos juntas al cielo.
Lágrimas de óleo y reguero después.
Los árboles con infinitos rostros.
O demonios. Cenizas de un fuego cuyo humo
repele a los mosquitos y asemeja un incienso
que se vuelve danza azul, plegaria lenta, triste,
a los pies del hombre.

Un hombre baldío llora fuego.
Su humo de plegaria
son manos juntas de óleo, de cenizas.
Un hombre es infinitos rostros, infinito humo,
infinito cielo. Los mosquitos son lágrimas de incienso.
Parecen lentos, tristes, parecen pies.
Los demonios del hombre rezan.
Todos los árboles azules danzan.




Aviso:

El día Jueves 7 de mayo a las 18 estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro; en el Stand 823, de Editorial Dunken.


Ver aquí
La poesía en Cruzagramas
Un regalo muy lindo que me hicieron al postear la primera versión.
Gracias, Sebastián Barrasa, Gracias a todos!

sábado, abril 25, 2009

La poesía (En tres versiones. Sólo cambia el final)

La poesía

la poesía debe ser esto
la poesía debe ser aquello
la poesía debe ser esto y aquello
la poesía debe tener y debe hacer
la poesía jamás debería
la poesía jamás debería ser tal y tal cosa
la poesía no debería ser tal otra
la poesía no puede estar al
la poesía no requiere de
la poesía siempre debe ser una forma de
la poesía como una manifestación de
la POESIA con mayúsculas y no la poesía que
la poesía, la poesía bien entendida, prescinde de
la poesía como tal es y debe ser un modo de
la poesía no es para
la poesía en general
la poesía en particular
la poesía contiene una
la poesía como mensaje para las
la poesía o lo que entendemos por poesía
la poesía requiere, y es fundamental señalar que
la poesía la poesía la poesía la

mientras tanto la poesía
suelta de cuerpo
ebria de sol
se ríe en una calle cualquiera
por donde pasa un señor muy enojado que se pregunta
quién fue el depravado que le ha tocado el culo





La poesía

la poesía debe ser esto
la poesía debe ser aquello
la poesía debe ser esto y aquello
la poesía debe tener y debe hacer
la poesía jamás debería
la poesía jamás debería ser tal y tal cosa
la poesía no debería ser tal otra
la poesía no puede estar al
la poesía no requiere de
la poesía siempre debe ser una forma de
la poesía como una manifestación de
la POESIA con mayúsculas y no la poesía que
la poesía, la poesía bien entendida, prescinde de
la poesía como tal es y debe ser un modo de
la poesía no es para
la poesía en general
la poesía en particular
la poesía contiene una
la poesía como mensaje para las
la poesía o lo que entendemos por poesía
la poesía requiere, y es fundamental señalar que
la poesía la poesía la poesía la

Mientras tanto la poesía es.
La poesía siempre es.
La poesía siempre es otra cosa.





La poesía

la poesía debe ser esto
la poesía debe ser aquello
la poesía debe ser esto y aquello
la poesía debe tener y debe hacer
la poesía jamás debería
la poesía jamás debería ser tal y tal cosa
la poesía no debería ser tal otra
la poesía no puede estar al
la poesía no requiere de
la poesía siempre debe ser una forma de
la poesía como una manifestación de
la POESIA con mayúsculas y no la poesía que
la poesía, la poesía bien entendida, prescinde de
la poesía como tal es y debe ser un modo de
la poesía no es para
la poesía en general
la poesía en particular
la poesía contiene una
la poesía como mensaje para las
la poesía o lo que entendemos por poesía
la poesía requiere, y es fundamental señalar que
la poesía la poesía la poesía la

Cuando el orador terminó su discurso,
un aire de siesta envolvía toda la sala.
Los libros parecían desplomarse en los estantes.
Una mitad de la concurrencia permanecía dormida,
la otra mitad soñaba con no estar allí.



Aviso:
El día Jueves 7 de mayo a las 18 estaré ¿firmando ejemplares? en la Feria del Libro; en el Stand 823, de Editorial Dunken.


Ver aquí
La poesía en Cruzagramas Un regalo muy lindo que me hicieron al postear la primera versión.Gracias, Sebastián Barrasa, Gracias a todos!

sábado, abril 18, 2009

Notas para un poema XXX

Permitidme, Dios mío, que sea pato
¿Para qué tanto lío,
tanto papel,
ni tanta pamplina?
Pato.

Mira, como aquél
que va por el río
tocando la bocina…


Blas de Otero




Mañana fresca. Cielo nublado. Todavía se respira en el aire la lluvia de anoche. Me descalzo y empiezo a entretejer mis pies en la arena. Un hombre comanda con dos hilos un barrilete, que aletea bravo, pecho al viento. Un perro negro le ladra, hocico al cielo. Toco el mar. Camino las olitas de la orilla; frescas, muy frescas, y pienso en distancias. La distancia de tocar el mar con los ojos y el de tocarlo con los pies. Pienso en la última vez que estuve aquí.
Por un momento dejo de oír al perro. Y sin embargo ladra como si fuera a tragarse al barrilete de un solo bocado. Las manos del
hombre parecen pedalear asidas a los hilos. Pienso si estaría dispuesto a hacer lo mismo con una nube. Me interno unos metros en el mar. Con total sorpresa descubro un pato hamacándose en las olas, más allá, a un tiro de piedra, como se decía antes. Es un pato negro. Pienso si no es Blas de Otero. Nunca había visto un pato nadando en el mar. En ese momento se me acerca un perro. Otro. Mediano. Es un callejero. Un perro de playa que gusta de remojarse un poco cada tanto. Me hace las gracias que hacen los perros cuando quieren ganarse nuestra amistad. Es cachorro aún y tiene esa inocencia propia de los que avizoran un futuro. Esa esperanza que irá gastando en la arena y por las calles de San Bernardo si es que alguien no se queda con él. Ahora le acaricio la cabeza, le doy unas palmadas y nos hacemos amigos. Blas de Otero desaparece en el horizonte como si buscara nuevas utopías. El barrilete del hombre descansa ahora ya sin firmezas en la arena, de cara hacia las nubes. Y un grupo de gaviotas pasa sobre mí tocando su bocina.

Qué hermosa sos, le dije, y la levanté de la arena. La sumergí en una ola para limpiarla y brilló como una novia. Aún mojada y con todo su brillo en pie, la guardé en un bolsillo. Creo que fui su bicho, su molusco bivalvo mientras anduvimos juntos.

Máximo, que en algún idioma debería querer decir “El que ama y ríe”. Frente al mar, imbuida de su belleza, no se puede esperar mejor cosa de mi alma.

La playa, lamida por el mar, descubre esta mañana un cielo estrellado de conchillas.

Seis gaviotas caminan con premura de mujer distinguida por la orilla. Vienen por los restos que deja la lancha pesquera. Vistas de atrás, parecen tener brazos cruzados tras el lomo. Voy hacia ellas y se vuelan. De pronto son otras. ¿Barriletes de quién son? Los hilos no se les ven y hacen círculos. Blanco sobre el blanco del cielo nublado. Pero es un blanco lleno de montañas. Un blanco lleno de hombres, de hombres niños que tal vez han perdido su barrilete entre las nubes.

Los tiburoncitos que yacen de espalda en la lancha pesquera tienen una herradura de silencio en la boca.

Una caracola en la arena volteada hacia el sol. Oreja por donde oye la playa.

El cielo se abre a las once en punto. Alguien escribe en la arena lo que se leerá más tarde en una foto. Otros perros corren tras un ciclomotor. Son diez. Son veintiséis. Un ovejero alemán no puede con su cadera y da la sensación de que va a partirse en dos. Va último en la fila pero no quiere perderse la fiesta de la velocidad y los truenos del motor. Una gaviota ajena a todo, baja y se detiene en un borde de la lancha pesquera como si se posara en un verso.

San Bernardo, octubre de 2008.


Fin de las notas.
¿Fin de las notas?




Con Agustina en La Lucila del Mar, cerquita de San Bernardo, en aquellos días.

sábado, abril 11, 2009

Notas para un poema XXIX

Un NO como una catedral, como un transatlántico, la Torre Eiffel,
el Paraná. ¿Cómo es posible que semejante NO saliera de su boca?
Después calló y el No quedó flotando todavía en el aire, como si anunciara la tormenta de Santa Rosa o peor aún: las Siete Plagas de Egipto. “No hablemos más”, me dijo, y cerró la boca como para nunca jamás. Y en sus labios apretados se dibujó un implacable
signo menos.

Cuando se nos cae la voz como en un estanque podrido, hay que dejarla. Ya no tiene palabras que decir y es inútil recoger esa última inflexión estertórea. Mirémosla aletear en ese rato de efímera algarabía antes de que anide ajada y gris entre los cacharros de las buhardillas de la nada.

Dormite, Patri, la noche espeja al revés en los ojos del callado que rumia desvelos y yo tengo en la boca una estrella perpleja. Miramela de azul y de pulmones en trino, va arrullarte pronto, ya vas a ver. Vengo con los soldaditos mordidos, un disco de Los Beatles y un poema de Tuñón. Mostrame tu última figura de estar viva, la arcilla recién terminada que tiene mujer y un duende de sol en los pies. Dormite ahora que hace frío y en el país hay unos cuántos locos despintados que hablan de otra cosa. Moriremos por vivir de jugar en la vereda. Siempre atardece en los patios con
parra de la infancia. Ponete tu vestido de siempreenamorada y después de bailar la Pachamama con collares de luciérnagas y grillos, y después de un vino largo, dormite lindo y soñá con nosotros, las sobremesas interminables con abrazos; el café y los cigarrillos. Dormite, Patri, pedazo de sol, hermana mía, de mi corazón.

Ahí pasa la bicicleta con alas de José Pedroni. ¿La ves? Hay algo de mi yo en lo pedales. Un rumbo solar en el manubrio. No sé por qué estoy soplando. Y hago viento con las manos.

Ir a la muerte como si se fuera a nacer.

Imagino que voy a una fiesta en una casa de mi barrio.
En la vereda se escucha Midnight Blue, de ELO. Atravieso la puerta y adivino siluetas en el claroscuro del pasillo exterior.
Un ruido de fritura de púa en los surcos de un vinilo me recibe. Suena El jardín imaginario. Toco en las sombras perfumes de ayer. Camino a tientas. Desde la improvisada lamparita roja se adivinan las formas azules de la nostalgia. Ahora tengo 15 años y empiezo
a bailar con todas las novias de mi vida.

sábado, abril 04, 2009

Notas para un poema XXVIII

Y decir algo que no pueda ser callado. No un suceso normal, no una noticia cualquiera. Comunicar la propia muerte y después cerrar la puerta. Pero antes, decir hasta luego.

Dicen que de los laberintos se sale por arriba. Propongo salir cavando. Cavando en nosotros mismos.

Y observando una clepsidra -detenido en un brillo que me recuerda unos ojos tras de una ventana-, y siguiendo un granito de arena y otro y otro más, a las seis y cinco de la tarde me pregunto por qué carajo debemos tener un cuerpo.

Otro secreto de la naturaleza, decía Joaquín Giannuzzi, de la ley del viento invernal, mientras veía acumularse la escarcha bajo el vidrio de la ventana: “Otro secreto de la naturaleza cuyo único error es mi propia existencia”.

Sí, de la rosa salió alguien. Pero yo entonces tenía luciérnagas en los ojos.

Bernard Shaw aconsejaba construir los cimientos debajo de los castillos que solemos hacer en el aire. Yo sólo acepto que sean cimientos en el aire, porque entonces qué es, qué hacemos con una ilusión de canto rodado, con una imaginación a la altura de los pies.

Caminamos entre arbitrios, convenciones, parámetros, lugares comunes. Caminamos por lo pensado. ¿Cómo descalzarse el
cuerpo? Ah, caminar siendo el recuerdo de alguien…

Herido en la primera persona del plural, sentado en los codos, abriendo ante mí una silla vacía. Viendo caer la pelusa de las pelotitas de los plátanos en mi cerveza ya sin espuma. Con viento en la cara y voces en la vereda. Con palomas que vienen a robarme el pochoclo de la mesa. San Telmo. Sábado a la tarde. Te invito a bailar en los adoquines aunque no estés, bajo la nieve amarilla que cae de los plátanos.

domingo, marzo 29, 2009

Notas para un poema XXVII

Las tortugas copulan en el jardín. Emiten un sonido de reptil de película de ciencia ficción de los 50. Gozan. Y yo escribiendo…

El saco negro con caspa en los hombros colgado en la silla figuraba
un cielo estrellado.

La foto de la niña down en el cartel al costado de la avenida
General Paz, donde se lee: Tiene algo especial, te tiene a vos.

¿Y qué vas a decir entre lo dicho? ¿Campanas del vacío tañen como quien pica la senda escabrosa de las horas?
¿El de guardapolvo blanco dibuja un pez en lugar de un sol, que a la vez es un pez y es un sol? ¿Y qué vas a callar entre los pliegues de lo no dicho? ¿Lo callado es una piedra que espera ser esculpida?
Ya sale el pez y el día comienza. Las piedras juegan con las olas. Hay campanas vacías en las gaviotas: de estar por sonar, brillan. Está abierto como un tajo el día.

Destapar un libro y volcar las palabras en una palangana. Hundir las manos en la palangana y empaparnos la cara con palabras hasta volvernos completamente ilegibles.

Sombras tejen cuervos. Rincón final de la ciudad. Al amparo de la luna, un hombre se masturba y se conecta con el universo.

domingo, marzo 22, 2009

Notas para un poema XXVI

Una pareja discute en medio de la noche. Son vecinos del departamento de enfrente. Se gritan. Pelean como más que dos, como perro y perro. En mi ventanal chorrean sus voces etílicas.
Tienen muchas voces en sus voces. Hacen ruidos de platos, de cubiertos que parecen cuchichear entre ellos en un rincón a salvo. Ruido de persiana atascada, pasos entre almohadones o trastos, ruido de sillas con pesuñas aferradas al parqué. Ella lo insulta y 
cae la madre de él. Él la insulta y le dice que ella no debió haber nacido. Luego se corrige: hubieras muerto al nacer. Después se produce un silencio. Corren la mesa. Ella retoma desde el insulto anterior pero esta vez amplía el concepto. El contesta sin ganas, lacónicamente, y hace una pausa. Estrenaremos en mayo, dice ella. No, en junio, dice él, y agrega: no llegamos. Cómo no vamos a llegar, la letra está, vos estás perfecto, y yo con el nuevo
vestuario…

Detrás del cura, que ahora baja por la escalera, se alza la catedral como una gigantesca lápida. Un grupo de feligreses se acerca y saluda al enterrado.

Los amantes son el dibujo de un niño. Mal pintados se ven mejores. 

Hoy encontré entre mis libros la estrella que me regalaste. 
Qué estrella más gorriona, qué usina de cabeza de alfiler. Tenía en los párpados dos carbones insomnes, y sus manos de flecos
hawaianos se agitaban como si buscaran algo mejor para ponerse.

Cavo en mí las horas. Me socavo. Desciendo por las vagas notas de un bandoneón casi dormido. Al final, cuelgo mi pala de cavar. 
Está listo. Ya soy un pozo. En mí trastabilla la luz que pasa a interrogarme.

La paloma de Picasso gira por el mundo: no encuentra paz todavía

Con el dedo índice arqueado, golpear una rosa hasta que salga alguien.

El pino se colocaba un clavel del aire en la solapa y concurría a la gran fiesta del día. Domingo. Los timbales en el desagüe. Llovía. 

sábado, marzo 14, 2009

Notas para un poema XXV

Camino la playa con una mariposa en el hombro. Yo también miro desde ahí. Creo que a ambos nos alza una ola invisible. Como si el pincel de alguien nos estuviera pintando, dando últimos brillos, remarcando sombras. Estamos situados en algún escalón de la tarde, perdidos en otros asuntos, caminando. La mariposa que llamé Patricia se me vuela y se va por un bolsillo del cielo. 
El de guardapolvo blanco salta en la arena, junta conchillas que 
crecerán en sus bolsillos. Lleno de ángeles, mira ahora desde el hombro de un médano.

El balbuceo de los sillones de mimbre. Nunca terminan de 
acomodarse sus astillas en el aire. 

Los dos versos finales de The happy child, de Cortázar: 
“oh niña que no ves moverse
las alas de una rosa negra”. 
Ni las abejas del aire ve la niña feliz. Pero cuando la rosa negra ya no esté, no dirá que se ha volado: buscará los pétalos en su cabeza de dicha, sus manos locas revolotearán el aire sobre su cabeza como alas de rosa negra.

Salí a caminar. El sol ya había abierto. Las rejas de las casas bajo el rocío, las celosías y las puertas cerradas eran vecinas con muy mal humor.

Silencio: pasa una mosca. Detrás un cortejo invisible, largo como un zumbido. Cómo no pensar en la muerte. O al menos en una carroza fúnebre rumbo a un entierro. El resto de las cosas de pie, 
de piedra, santiguándose.

Niña: ¿acaso no ves la mosca de la muerte en los pétalos de la rosa negra?

Como la que te amaba y te hablaba de siempres y siempre temía una despedida. Vos, que eras el hombre de su vida, y ahora no te dice ni hola.

Los amantes crecen en buhardillas y andenes, en los samovares del asfalto del verano, en los mateos de los bancos de las plazas, en las copas de los tapiales orinados por los perros, en azules de madrugada con tejados a dos aguas, en la lluvia que aún chorrean los árboles a los que nadie les avisó que ha parado de llover. En tantas otras partes crece la inesperada llama. Cada vez que alguien sueña el amor nace el mundo, echa a andar la primera hora. Adán y Eva andan desnudos, frágiles, eternos. El árbol de la sabiduría aún no sabe nada. 

domingo, marzo 08, 2009

Notas para un poema XXIV

Ahí vienen las excusas. Me invaden, me cercan. Me conminan a que las exhiba con la fuerza de un estandarte y no son más que un flácido sable amarillento. Ah, quién coserá mi boca en esta noche de renuncias. 

Crepúsculo. El mar de la tarde como mirado rojamente por la boca mal pintada de una prostituta. 

La bicicleta con alas de José Pedroni un día va a volar. 
Y empezarán a volar todas las bicicletas del mundo. El mundo, 
que según José, es una bicicleta también. El cielo será un velódromo -como quería José que todos los pueblos tuvieran-, y las bicicletas volarán acá y allá y más allá. Nada las podrá detener. 
Ni la guerra. Tampoco los negocios de los hombres por la paz podrán alcanzarlas.

Moby Dick mira el cielo de la tarde y el sol es un inmenso goterón que llora al mundo. Un ojo de ballena que se apaga en el mar del cielo de la tarde.

Las cartas que esperamos se encuentran en algún lugar. Han dejado de volar y habitan un buzón en el tiempo. El buzón es su nido.

Nunca comí naranjas más sabrosas como aquellas que olía cuando mi padre las pelaba después de la siesta. Tomaba su mate cocido 
en un jarro de aluminio con el escudo de la Marina. Hundía sus dientes en los gajos y todo el aire se perfumaba de naranjas. Caían gotitas en la mesa como si la mesa fuera tierra fértil y nos fuera a dar después un árbol de naranjas. Antes de volver a su trabajo, mi padre se calzaba el llavero en el cinturón y encendía medio cigarro. Las llaves tintineaban cuando él se iba y una voluta de humo se 
alargaba y se escapaba por la puerta. Las naranjas quedaban solas, colgadas bajo el techo de la casa. Se abrían paso entre el brillo de las llaves y el humo del cigarro. Como naranjas encendidas, andan por toda la casa las manos de mi padre.

sábado, febrero 28, 2009

Notas para un poema XXIII

Abro El cubilete de dados, de Max Jacob, en la página 146 y veo
el mosquito aplastado. Alas hacia arriba, patas hacia abajo, parece
estar volando. También parece un dibujo perfecto en el margen
izquierdo a mitad de página. Su aguijón señala la palabra Hablado.
El texto es En la cita de los conductores. Un pasaje:
“Reconocí mi sitio de los libros y papeles”.

El primer muerto que vi fue un ahogado que trasladaba una lancha
de prefectura por el río Lujan, en Tigre. Estaba hinchado y su piel
se había vuelto amarilla. Parecía una pequeña ballena blanca.
Una Moby Dick sin arpones clavados, sin sogas en el lomo. Su ojo
derecho pasaba mirando el último sol, la última tarde.

Cuando se nos cae la voz como en un estanque podrido.

Los cerdos colgados sobre el mostrador de la carnicería.
Cabezas hacia abajo, ya han goteado la última sangre.
Con su muerte pública cuelgan en su cadalso. Esperan su segunda
muerte: la de los dientes, la que imparte el hambre y el mercado.

Ser un álbum lleno de rostros. Doy pasos de página. Contesto en
silencio a voces que me circundan. Antes de acostarme, apago las
ropas, me quito los rostros, ahogo con mi nuca final las voces que
se desperezan en mi almohada.

Todavía gira la paloma de Picasso por el mundo.
Lo dijo Rafael Alberti.
Todavía gira la voz de Rafael Alberti por el mundo. Es como si la
hubiera pintado Picasso.

En París con aguacero te veré vestida de papel de caramelo caerán
serpentinas de carnaval con olor a adoquines de Buenos Aires un
marinero con sueño y codos viejos te prestará su gorra llena de
humo tendrás globos rojos por encima de las alas de los hombros
tendrás tejados muy serios en el vuelo de la falda una peluca
amarilla llorándote en los pechos una chimenea de chocolate en la
boca dos mejillas de manteca con besos de otra fiesta estarás
desnuda como un delfín recién nacido me dirás miau me dirás
cómo cambian las cosas los años y al ponerte las medias en un
taburete de piano se te volará una mariposa celeste de la vagina.

domingo, febrero 22, 2009

Encuentros en el Centro Cultural Marcelino Villar

Los viernes 6 y 13 de febrero concurrimos con Agustina y Marisa a los cafés literarios del Centro Cultural Marcelino Villar de Mar de Ajó. Fuimos de la mano de Mónica Bonifazio, embajadora de Cruzagramas en San Bernardo. Conocí a Mónica en estas vacaciones, y a Hugo, su pareja, y enseguida hicimos buenas migas. Compartimos hermosos momentos, charlas interminables parrillada de por medio. Son cosas maravillosas que de pronto te da la vida, internet y en este caso puntual: Cruzagramas. La posibilidad de conocer buena gente, personas con la que se logra una conexión instantánea y a las que querés de entrada por ideas, sentimientos, por gestos y mil detalles imposibles de enumerar.

Presenté Musas Extraviadas en esos dos encuentros. Leí parte del libro y oí los cuentos y poemas de los integrantes del taller literario que coordina el poeta Horacio Gómez.
Fui bien recibido y me hicieron sentir como de la casa. Disfruté también de las obras de pintores y escultores del lugar así como también del relato de la historia de Mar de Ajó con fotos de diferentes épocas.
Doné un ejemplar de Musas a la Biblioteca Stella Maris Saavedra y me fui empapando de las distintas actividades del Centro Cultural.
Las lecturas fueron muy amenas y dieron lugar a charlas muy divertidas e interesantes. Mónica leyó textos propios, de Sebastián Barrasa, alias el Zaiper, y míos. Agustina tomaba fotos a todos y a todo. Para ver más pinchen aquí, en Cruzagramas.
Los nombres de los participantes de los dos cafés literarios:
Lucía C. Benedetti, Beatriz Marcellán, Cecilia Cavadini, Alicia Erdelysrky, Sandra Pupillo, Roberto Ludwiniak, Hiracio Alonso, León, Vicentico y
Rubén Gómez.
Mi agradecimiento a todos ellos. Y mis saludos desde aquí junto con el deseo de que volvamos a vernos pronto.


domingo, febrero 15, 2009

Afirmaciones

Temprano llegué a la playa
y vi que alguien había escrito
con enormes letras en la arena: 

DIJO JESÚS
YO SOY EL CAMINO
LA VERDAD Y LA VIDA

Detrás y de fondo 
se veía y se oía el mar. 
Parecía decir:

-Yo soy el mar.




(Leído el viernes 13 de febrero de 2009 en la Centro Cultural Marcelino Villar, en Mar de Ajó, en el café literario del taller que coordina el poeta Horacio Gómez. A ese encuentro –que fueron dos- me llevó mi nueva amiga Mónica Bonifazio, que vive en San Bernardo y que conocí por medio de Cruzagramas. En el próximo post cuento con detalles y con fotos todo lo bueno que pasó en esos dos viernes de amistad, de intercambio, de cuentos y poesía.)


viernes, enero 30, 2009

Vacaciones..........

Amigas y amigos: 

Me voy por un par de semanas al mar. 

Los visito a la vuelta.

Saludos para todos!

Máximo.

jueves, enero 29, 2009

Notas para un poema XXII

La sensación de ser un proyecto que ha sido reemplazado por otro.

Con la mecedora del tiempo hacer leña y encender un fuego. 
A su vera, recitar el presente continuo como un poema de
Shakespeare. 

“La mejor manera de viajar es sentir”, dice Pessoa como Álvaro de 
Campos.
Atravesar las personalidades con nuestras valijas por llenar, liviano 
ante todo el espectáculo humano. El mundo es una gota extraviada 
de su lluvia. Todos somos una gota que se une a otras gotas.
Y viajamos una vez que sentimos segura la mano de nosotros 
mismos.

Voy a la voz de mi padre. En ella me instalo como en una pradera. 
Acabo de soñarlo. Yo corría a defenderlo del ataque de los Zulúes. 
Después el campamento era un hospital a cielo abierto y un médico 
puso en mis manos unas pinzas largas como las que utilizan los 
cirujanos. El médico me dijo que las tenga, que me servirían para 
repeler un nuevo ataque de los Zulúes. Mi padre estaba bien: un
raspón en la frente, y apenas una gota de sangre colgaba de su nariz. 
Salimos a una vereda. Mañana espléndida. De la nada, mi padre 
toma de un hombro a mi hermano Luis y se encaminan a un puesto 
de flores. Yo los veo irse y no puedo cruzar la calle. Siento un límite. 
Y me pregunto por qué mi padre no me eligió a mí para caminar 
rumbo al puesto. “Quiero que le lleves un ramo a tu madre”, le dice
a mi hermano, “para que sepa cuánto la quiero”.

Por las escaleras de Xul Solar, bajo y me pierdo. 
Si no encuentro el sueño, vuelvo a subirlas y a bajar, pero esta vez 
por una caracol. Casi siempre me duermo antes.
-¿Antes de qué?
-Antes de un final.
-Pero si no hay un final.
-Voy bajando. Bajar es un fin en sí mismo. Y el objetivo final es 
que yo pueda dormir.
-¿No es mejor arrellanarse en un descanso? Ya lo dice la palabra…
-Es que los descansos sirven para pensar cómo seguir y yo no 
quiero pensar a esa hora, sólo quiero…
-Claro, el señor se va a dormir y deja al mundo tal como está, 
sin importarle nada.

Me descubro ante usted (me quito el yunque de la cabeza) querida 
Calíope. Es un día encantador, ¿no lo cree usted? Pero veamos: 
qué contiene esa tablilla, a ver cómo suena esa trompeta. 
Cerraré los ojos. Haga usted de mi cabeza un jardín helénico, 
un barrio celestial. Quisiera posar mi cerebro en el primer día 
de La Creación.

viernes, enero 23, 2009

Notas para un poema XXI

Esperamos una carta como la cinta en el pelo de las alumnas de
una escuela. Moño al viento, cándido: ofrenda al sol, de un sol 
dibujado en los pizarrones. Carta bajando por una cascada de
montaña. Las frutas de estación acompasadas en las múltiples 
partituras del aire. Flores silvestres en la frase “aquí te envío”; 
canasta de dulces en “aquí no para de llover” y en “ayer fuimos al 
mar”.
Esperamos una carta que estampe su beso celeste sobre nuestra 
última cicatriz.

Sentar cabeza en los maravillosos círculos de A beneficio de 
Mr. Kite de Los Beatles. Vendrán los Henderson, y Henry, 
el caballo, bailará el vals.

En otra esquina, mi sombra estaba esperándome.
-¿Qué hacés aquí?, le pregunté.
-Nada, me dijo asombrada (las sombras se asombran de nada), 
sólo estaba esperando “una forma original”.

Observo al zorzal comiendo su espagueti de lombriz. Después 
vuelve a la cima de la medianera. Ahora sí, con la panza llena, 
es mucho más fácil observar el mundo.

El tiempo es una mecedora. Cuánto aplasta en su vaivén irreflexivo. 
Sus pies de tablas de esquí de caramelo olvidado al sol machacan 
las horas para servirlas desgranadas en el plato principal del olvido.

Y en una gota de agua se puede encontrar un ángel: ¡no la bebas! 
Puede ser la gota que rebalse el vaso, puede ser la mismísima sed 
con alas, pude ser la gota de sabia de un ser mitológico, puede ser 
la lágrima de un santo, puede ser la última vez que veas un ángel. 
Secarla con un pañuelo y arrojarlo hacia el cielo. Si el pañuelo 
baja es porque es un ángel. Los milagros existen.

Mi abuelo Luis tenía una metáfora en la tráquea. 
Los lugares comunes de la luz se quedaban en las puertas del más 
allá. Un minotauro dormía plácidamente en las entrañas de mi 
abuelo. Mi abuelo hablaba con una voz de más allá, una voz de 
minotauro entre dormido.

Me pareció verla en el tren. Estaba sentada del lado de la ventanilla 
y el paisaje le cabalgaba en la cara. Leía una revista de diseño. 
Pero no podía ser aquel maniquí que me encandiló desde la 
vidriera de la casa de ropas. Me fijé en el corte de su vestido,
si correspondía. No pude hallar una pista clara. Sus poses eran 
naturales y sólo alzaba los ojos para mirar su reloj y por la 
ventanilla. Antes de bajar se retocó los labios. Al guardar su espejo 
de mano, noté la pintura saltada en una de sus uñas. Como la 
cachadura que suelen lucir los viejos maniquíes. 

domingo, enero 18, 2009

Notas para un poema XX

(Leo Sentar cabeza, de Enrique Molina. Me reconozco en esa raza violeta, en esa raza verde, rico de todo cuanto me rodea. )

¿Y cuándo sentarás cabeza?
Y en qué lugar.
En qué silla cómoda he de sentar cabeza, y ante qué mesa de estarse quieto y en paz.

Siento cabeza como quien baila sobre espuma lila y despabila 
burbujas como sueños de princesa 
como quien canta en una trinchera una canción de cuna 
como quien seduce a un cachorro de tigre de bengala 
como quien saca a bailar a una estatua
a un busto patrio 
a una tumba.
 
Siento cabeza como los cubiletes al vomitar sus dados 
como las copas colgadas en un restorán 
como la olla que volteó el perro sin darse cuenta 
como la moneda que cae de canto sobre un zócalo y es espejo donde se peina la oruga 
como la tostada que cae de cara con su cara de mermelada contra el piso. 

Siento cabeza en el murmullo de los plátanos 
en las estrofas de los alambrados 
en el silencio de las escobas de las nubes
(si hay un unicornio entre ellas, siento cabeza en él) 
en las campanas lejanas de las iglesias que suenan como
sentencias fatales  
en el fragor de unas prendas colgadas a secar chorreando asuntos
y presencias. 
 
Siento cabeza en cualquier pie que no haga pie 
en la ronda de los niños de frentes transpiradas 
en los bastones de los viejos que arponean las baldosas  
en las cicatrices de parto 
en la renguera de un perro diciendo Sí con la cabeza y 
No con la cadera 
en la mirada del ciego que me mira como si me conociera
en las lenguas del mar en la orilla donde se espeja la mañana 
en la luz de un farol con su danza de insectos del verano. 

Siento cabeza como lloran los niños del último banco 
junto a Federico García Lorca: “pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. 

Siento cabeza en los suspiros de larga distancia 
en las monedas que lucen los pescados colgados 
en las almejas boquiabiertas 
en los trenes que se desinflan al llegar a una estación 
en las sirenas de los bomberos
en los panaderos con los que hace malabares la brisa 
en los mascarones de proa siempre de mirada altiva  
en la sonrisa de los botones de las blusas 
en los pizarrones de las medianeras 
en los novenos pisos con macetas de azúcar donde puede haber alguien dispuesto a arrojarse
en el guiso humeante de los albañiles 
en las puertas de un prostíbulo 
en los pechos de las monjas 
en los ojos de las vacas
en los corazones tallados en los árboles que lloran fechas
y promesas 
en los barriletes de cola como trenzas 
en las pelotas que no bajan nunca 
en las carteleras con dibujos de una escuela 
en los toboganes de las plazas 
en una procesión de hormigas cuando parecen veleros con 
hojitas verdes sobre sus cabezas 
en un sacacorchos 
en un trompo
en una chimenea
en las puertas de los baños públicos aunque se anuncie un
sexo de violencia 
en las calesitas con música de Abba 
en septiembre 
en Marruecos 
en la niebla 
en un Monte de Venus 
en los trapecistas 
en las gaviotas que parecen colgadas de un techo y penden de hilos invisibles 
en un muerto en la calle 
en los plumeros raídos buscando aves en los estantes o en el
polvo que flota en el aire 
en los peinados que lucen los pinceles usados 
en los pinceles que usan ciertos peinados
en las barbas del choclo 
en los muñecos rotos con la mueca de alguien 
en los girasoles saludadores con manos de alumno de jardín de
infantes 
en cualquier acantilado con boleto de ida 
en cualquier sobremesa cualquier noche cualquier día.
 
Siento cabeza en un beso.

Siento cabeza en la luna.

lunes, enero 12, 2009

Hoy

Al menos 38 palestinos murieron ayer
Israel ingresa en los suburbios y el primer ministro israelí 
Ehud Olmert dijo que su ejército está cerca de cumplir
con todos los objetivos trazados
Gaza es una herida que no cesa de abrirse más y más
Gaza es las entrañas de un hombre que sufre convulsiones
Gaza es el nuevo blanco el nuevo negro el nuevo judío 
la nueva y vieja guerra el nuevo escenario de la muerte
Gaza es una mujer que pare un hijo muerto
Israel es Israel y Gaza es Gaza

      I
      S
      R
GAZA
      E
      L

Gaza es Israel e Israel es Gaza
como que el mundo es el mundo es el mundo el mundo
el mundo…
Caín era Abel 
Matar es humano
Perdonar es un cuento divino
Matar es dinero
¿No habrá un dios por quien no matar?
Los tratados de paz son puños feroces contra una mesa
contra un mapa contra una iglesia un hospital una escuela
una región un vientre un corazón
Todo es por nada
pero nada es por nada 
pero todo es por nada 
todo es nada 
y más nada
Escuchá los alaridos tapate los oídos y escuchá cómo y dónde
tapate los ojos y mirá esos cuerpos
mirá esos cuerpos
Si Dios el amor la paz la esperanza están en tu cabeza también
pueden estar esos cuerpos
mirá esos cuerpos
mirá esa sangre esos ojos esas bocas esas orejas esas manos
escuchá las bombas los aviones los hayes los pordioses 
¿estás en Buenosairesbarcelonadistritofederalquitomilánparis?
Sentí………………………………………………………!
Dios debe estar por aquí… debe estar…
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo…
Dios…
La paz sea contigo
Y con tu espíritu
Shalom Shalom
Dios…
Dios mira su reloj y dice: ¡Oh Dios, otra vez es tarde!

viernes, enero 09, 2009

Notas para un poema XIX

Yo soy el de guardapolvo blanco. Y el que está a mi lado en la 
foto –sombra ya anunciada- es el Hastío. Estamos sentados en un 
último pupitre del aula de la escuela. Yo le muestro mis figuritas y 
el Hastío las de él. Todo en silencio. Luego nos abocamos a otros 
juegos. Miramos por una ventana y vemos caminar futuros 
cadáveres. Convenimos en que el dibujo de la rayuela es un cuerpo 
humano. La tiza borroneada en la palabra Cielo se parece a una 
mancha de humedad en una pared. Recito viejos chistes mientras 
el Hastío se aburre localizándonos en un planisferio rugoso. En un 
cuadro, San Martín empuña una varita mágica por la que brota una 
bandera celeste y blanca sin palomas ni conejos. En el pizarrón 
negro no hay nada escrito. Es un cielo nocturno con estrellitas que 
no brillan. De pronto el Hastío me señala las tetas de mi maestra 
de quinto grado. Yo, en cambio, tengo presentes los ojos de 
Alejandra, de cuarto B, que se parecen a los de Gabriela Gilli. 
Extraño mi casa. Quiero irme, quiero ir a ver a los Tres Chiflados. 
El Hastío me tironea de una manga, me arruga una solapa y me 
muestra un crucifijo. Le repito que me voy, que estoy harto.  
-Ya está bien por hoy. Dejemos las “cuestiones del alma” para 
otro día.

Esperamos una carta que se abra en mil palomas. 
Esperamos una carta que baje como una estrella implacable y nos 
ampute la soledad antes de que se haga gangrena.

Ah, escribir ahora una línea que justifique mi día en este mundo… 
¿Quién pudiera? Estoy cansado y tengo un yunque sobre mi cabeza. 
No se trata de tener un fósforo y una gota de agua, ni de seducir 
musas. Hay que tener un fuego con el que podamos dar de beber. 
Encender los minutos, que llegan con su hambre de cachorro, 
como a velitas de cumpleaños. Derretir el yunque e inscribir en él 
con delicada algarabía algo así como un alentador epitafio. 

Repleto del vacío de las horas, camino intangible de la mano del 
hastío.

En el paraíso de las musas, La Muerte es un ángel caído.

Como en la ciudadela de Ferrer “Cuando acabe de morirme sé que 
estarán mis compinches velándome en tus cornisas” Estos versos 
de gran belleza me acompañan siempre, son mis compinches. 
También yo quiero llevarme el “crepúsculo en mis huesos, chiflado 
de melancolía”. 
Siento que asciendo a los balcones, a los techos, a los cables de 
alumbrado, a las chimeneas, y saludo en las cornisas a mis amigos, 
a mis novias, a mis perros queridos. Ah si todo fuera subir a los 
techos para recuperar la pelota atrapada en la canaleta del desagüe 
para seguir jugando… 

viernes, enero 02, 2009

Notas para un poema XVIII

Dejar caer una gota de agua sobre una mesa. Tomar un fósforo. 
Frotar el fósforo contra la gota de agua y encender un poema.

Ahora vuela una abeja tras el ventanal. Se pasea por el jardín en 
círculos irregulares. Es una gota de miel flotando al sol. Perdida, 
anda tras la miel de la melancolía.

Cuando se rompe un verso-llave-espejo no sobrevienen años de 
mala suerte. La mala suerte reside en que el espejo no espeje, en 
que la llave no encuentre la cerradura del poema y que el verso 
no sea más que un verso.

La magia de la poesía consiste en tomar un trago de brisa en 
ayunas y vomitar los dieciocho vasos de whisky de Dylan Thomas. 

Las lágrimas no lloran. Tampoco caen. De brillar, suben.

Si yo fuera un poema sería uno muy malo, por cierto. Escrito por 
un aprendiz que gustaba de hacer bromas.

La cruz que colocaron en memoria del hombre que se ahorcó en el
árbol que se ha secado, también está seca. Como si alguien en ella 
hubiera sido crucificado.

Punto de fuga. De él hago partir rayos como los de la rueda de una 
bicicleta. El manubrio está hecho de dos fideos. El resto se resuelve 
en una cola de cometa. A la bicicleta rauda se sube un soldadito: 
ese verde que está de pie en el primer estante de mi biblioteca. 
El soldadito es uno de los tres que me quedó de recuerdo de mi 
infancia. Ya no tiene armas y le falta una mano: fueron masticadas 
por los dientes de mi hermana cuando yo era chico.
Allí va, Patricia, parte hacia el cielo, recibilo, mordelo un poco más, 
está demasiado entero. 

Está tronando afuera, y los parlantes del cielo se desgañitan. Caen 
las primeras gotas como si llevaran demasiado tiempo aburridas 
en el regazo de las nubes. Truena muy fuerte, como si alguien 
quisiera vendernos una lluvia.

Cuando llegamos a la esquina, mi sombra dobló hacia la izquierda 
y se esfumó. Me detuve. A mis pies yacía la sombra de un árbol. 
Alcé mis brazos y me quedé estático ante la mirada de un niño.

viernes, diciembre 26, 2008

Notas para un poema XVII

Por la
escalera
oigo pasos.
Suben dejando
una pequeña huella
en el aire y desaparecen.
Después un portazo. Después alguien baja. Son tacos de mujer. 
Pasos lentos. La mujer parece clavar cada escalón con el martillo 
de sus tacos. Deben ser negros sus zapatos. Adivino una pollera, 
el peso de una cartera bajo la axila derecha. La mujer camina hacia 
la puerta de entrada: la puerta de salida, para ella. Se cruza con un 
hombre al que conoce. Lo saluda. A él apenas alcanzo a oírlo. Ella 
le dice que los escalones ya están clavados y que tenga cuidado con 
los pasos que dejó un hombre hace unos minutos al subir. 
En realidad, ella le dice al hombre otra cosa pero no puedo oírla y 
como quería escribir esto que ahora escribo, imagino el diálogo. 
Así las cosas, el hombre le contesta: lo que no harías si hubiera un 
ascensor en este edificio.

Aire de mujer. Cortinas que baila el viento. Tendedero: se soltó de 
su broche un bretel del vestido azul y nos deja ver la tortuga que 
camina de perfil en busca de sombra.

Se ha vendido el terreno vacío donde imaginé una casa y sus 
habitantes. Tendremos que mudarnos.

Salir malherido, casi herido de muerte, después de haber visto los 
cuadros que Goya pintó sobre la guerra. 

Ella me hablaba de modas. Y de lo mal que la trataba el vidrierista.
No pude dejar de imaginar un alegre diálogo con ella desde que la 
vi en la vidriera de la casa de ropa. Qué hermoso maniquí era. 
Hasta tuve la tentación de entrar al local y preguntar por su nombre.

Se la expulsa del mismo modo que nos quitamos una venda. 
Una vez instalada en el aire, la herida encontrará su lugar en algún 
hueco de las horas. 

Respirar a conciencia. Inhalar el aire con sumo cuidado de modo 
que no quede parte nuestra entre los estantes del aire. Una vez 
completos, echarse a dormir, despreocuparse, soñar con lo puesto.

domingo, diciembre 21, 2008

Notas para un poema XVI

Un caballo, dos peones y más allá una torre. Las demás piezas 
no se ven. Alguien debió olvidar las cuatro piezas al guardar el 
juego. El resto: el pino, la casita, los dos perros, el carro, el 
tendedero, el pozo de agua y la mujer que extrae agua de él no son 
piezas de ajedrez.

Abro el libro Aire nuestro-Clamor y me pongo a juntar los 
deliciosos Tréboles de Jorge Guillén. “Toma, toma, tuyo es todo,
 iris, clavel, alhelí”

Se ha secado el árbol donde murió el ahorcado. A sus pies hay 
ahora una cruz para que no todo sea leña del olvido.

Recorto por la línea de puntos los versos sueltos que dejó Javier 
Villafañe para guardar en un sobre y hacer un poema. La idea, 
según se consigna, pertenece a William y Pérez S.A. para el 
hombre solo. De hecho, es para reemplazar el juego del solitario. 
Barajo los versos como se aconseja –no sin antes ponerme el ojo 
izquierdo de Javier-, y con todos ellos, que son veintiuno, formo el 
siguiente poema:

estoy llamándote
bruja 
la busco
en un humo mojado
de unos tigres
un engaño en la selva
enredaderas
la sota y el caballo se escapan de los dedos
me hielo hasta detrás del frío
unos hierros una lengua acariciando el ocio
y la encuentro
un zapato con ceniza y lluvia
su pequeña altura
de lápiz de cuaderno de catedral sin pájaros
doliéndome su mano mi sombra
de gata salvaje
es un viento de uvas en la frente
un ajedrez donde el alfil no es torre
 y la sigo buscando con ella al lado
invéntame un azul de tocar
donde señalo con el índice podés leer: “te amo”

domingo, diciembre 14, 2008

El libro en sociedad

A partir de ahora pueden conseguir el libro online  en Ed. Dunken

                             El jueves 11 Musas Extraviadas empezó a andar camino. 
Lo recibieron con sonrisas y oídos atentos. Amigos todo ojos
y toda dicha se abrazaron a esta celebración de echar al aire
este conjunto de poemas que hace tiempo pedían papel y
estantes, mesitas de luz o viajes, pases de manos y carteras,
otros escritorios, otras vitrinas, caminar bajo otros brazos, 
nuevas compañías, nuevas bocas de decir, nuevos o renovados
ojos en que reflejarse, caminar, habitar, vivir. 





Fuimos pocos en el encuentro pero muchos en calidad y
calidez. Estuvieron latentes los deseos y las almas de las
amigas y amigos de fuera del país y los de dentro que me 
quedan lejos y están tan cerca con sus palabras y apoyo. 


Fue jueves y hora 19 y diciembre y caos vehicular y finales de
toda cosa y asunto y con corridas y apuros. Todo esto conspiró
para que no llegaran o no pudieran acercarse más amigos a la
presentación. Los que asistieron –gratitud eterna a ellos- me 
demostraron su felicidad con creces. Me brindaron su alegría
inagotable, fresca, su voluntad de acompañarme en este y otros
sueños, su presencia querida, esa presencia de mano tendida
por nada, de alma dispuesta al vuelo de la poesía, del encuentro
con otras almas para celebrar las bellas cosas. Esa presencia que
dice: No estás solo. Estamos con vos. Vamos de la mano.



Fue un enorme placer leer y sentir la respuesta instantánea de
parte de los amigos: generosa, encendida durante y al final de 
cada uno de mis poemas.
Que me acompañara la escultura de Patricia, de pie, entrañable y
bella en la mesa, luminosa, y haber podido juntar su obra con la
mía y hacer una sola obra. Todo un conjuro contra cualquier
abandono de musas, o más bien toda una invitación a que se 
amiguen definitivamente conmigo.



El libro empieza con sus primeros pasos. Gatea y de a poco
da un paso, otro y otro más Parece que va caminar y abre las 
manos como para alzarse en vuelo. Parece que va a saltar sobre 
una rayuela esquiva y se retrae ante tanta nueva luz que invita a 
mejores ceremonias y que sin embargo encandila. Tiene la piel 
nueva y empieza a acostumbrarse a las caricias. Tiene la boca 
grande como para decir una montaña de palabras y en ese impulso
pretende bailar entre almas como una serpentina loca. No sabe
hasta dónde lo llevará su envión de aeroplano ni en qué lugares
echará raíces. Pocas cosas sabe. Y una sola certeza lo acompaña:
la de saber que la poesía está viva, y que son muchos los que
viven por ella.
Voy a subir más fotos en Aforismos.
Por favor dense una vuelta por el blog de Abril
y también las imágenes que subió Cruzagramas que están buenísimas. Click aquí
y vean el hermoso post que me dedicó.
Saludos, besos y abrazos.
 


miércoles, diciembre 03, 2008

Presentación de MUSAS EXTRAVIADAS



EL jueves 11 de diciembre a las 19:00 hs.
en Editorial Dunken (Ayacucho 357)
presento mi libro Musas Extraviadas.

Las amigas y los amigos que a menudo visitan mis blogs están
todos invitados. Y a los que no viven en Argentina o viven lejos
de Buenos Aires y lamentablemente no pueden asistir les comunico
-en el caso de que deseen adquirir el libro- que colocaré más
adelante el link de la editorial donde podrán conseguir el libro por
internet.

Dunken distribuirá el libro en algunas librerías –ya comunicaré en
cuales-, además de venderlo en su propia sede.

Sería una gran alegría para mí que asistieran.

Más información en el precioso post que me dedica Cruzagramas

http://cruzagramas.com.ar

y vean también el regalo que me hace el Oso Conocido pinchando abajo:

http://poesiaoalgoasi.blogspot.com/


Los espero a todos.

Máximo.

viernes, noviembre 28, 2008

Notas para un poema XV

Un verso-llave-espejo. No para mirarse, sino para ver cuántos
somos.

…y de pronto no pensar. Reír como un vestido de verano al que se
le ha volcado todo el sol encima.

Cuando no hago pie en un sistema, metamorfoseo. Me adhiero con
mis tentáculos, salto como un canguro, sacudo mis alas, si es que
las encuentro. Porque a veces uno no busca lo que encuentra y por
más que busque si uno no quiere encontrar nada se topará con otras
cosas: una puerta cerrada a los pies de la cama, la nariz de un payaso
en medio de un plato de tallarines, una jirafa en la cocina, ese viejo
par de guantes en un último cajón de la cómoda que nos mira como
dispuesto a darnos una mano.

El reloj de pared se detuvo a las 10: 14. Hay relojes que no resisten.
Sea la hora que fuera se detienen exactamente en punto en el hueco
de las horas.

El muchacho del andén nada olas, trepa una pena de estación, se
sumerge en la miel de la melancolía. El muchacho del andén
naufraga al anochecer, se toma de los vértices del aire, se hace luna
y pincela los rieles, los durmientes, las horas.

¿Quién no se ha quedado en una estación cuando el tren se va con
nosotros y nos quedamos mirando el andén por la ventanilla?

Cómo explicar, Alejandra, que partió un barco de mí sin llevarme.
Con palabras de este mundo apenas me mantengo a nivel de la
marea. Con palabras de este mundo parto de mí, llevándome, como
quien no tiene otra cosa que ponerse.

Un árbol atado a un caballo la inmensa pradera florece relincho
pensado en el aire ya es pelota que atajan las ramas las ramas bailan
de ser ramas y bailan un viento silbador un árbol atado a un caballo
no se volará así nomás o al menos no lo hará sin llevarse al caballo
a caballo tampoco el caballo es ancla y todo árbol que se precie
puede ser pájaro y relinchar o ser caballo y decir pío si es que no
prefiere ser otra cosa cualquier otra cosa por la inmensa pradera
florecida el cielo el aire los astros.

sábado, noviembre 22, 2008

Notas para un poema XIV

Ingresa al vagón del tren y anuncia:
-¡Sólo el amor salvará al mundo!
Se sienta en un banquito y apoya el bandoneón en sus rodillas.
Repite: só-lo el a-mor sal-va-rá al mun-do.
Arremete con una zamba, que dedica a los maestros, y luego toca
Malena. Cuanto termina pasa una bolsa de tela entre los pasajeros
en cuyo fondo ya hay unas monedas.

SÓLO EL AMOR SALVARÁ AL MUNDO.

Antes de bajar del tren, siento la tentación de preguntarle al
bandoneonista de qué cosas del mundo nos salvará el amor, pero
me voy silbando Malena.

El viejo proverbio dice que si sembrás arroz obtendrás arroz. Pero
el poeta debe sembrar una cosa y esperar otra. Sino qué gracia
tiene.

Su voz en cuclillas me tejía saquitos de lana.

Anoto que de lunes a viernes todos los días están en plural.
En cambio sábado y domingo gozan de una singularidad
personalísima.

Las rejas y las puertas cerradas se veían así:

TttttttttttttttttHHttttttttttttttttT

Atrás se alzaba el castillo y la pieza de ella con su ventana abierta
de par en par. Salté, sí, pero ocurrió un imprevisto y debí escapar
como pude. Esto es atravesando las rejas:

TttttttttCttttttHHttttttttttttttttT

(Nótese el agujero que dejé al pasar)

El perro, siempre el perro, debí adivinarlo.

Está bien, de acuerdo señor bandoneonista del tren: sólo el amor
salvará al mundo. (Paso mi bolsa invisible por entre los cajeros
automáticos del banco Santander Río)

sábado, noviembre 15, 2008

Notas para un poema XIII

Querida Gloria Fuertes:

Disculpe usted que irrumpa intempestivamente distrayéndola de
sus quehaceres celestiales. Acudo a usted en su carácter de Poeta
de guardia para que me sepa aconsejar y orientar acerca de unos
problemas que me aquejan.
Verá: hace tiempo que padezco unos versos imprecisos, de una
inanidad que es como para agarrarse de los pelos, estoy seco de
metáforas e ideas y mis poemas renguean, dan dos pasos y se
desmoronan como castillos de naipes. Por otra parte, acuden a mí
ciertos seres de un bestiario ignoto y no sé qué hacer con ellos.
No tienen alas ni cola y se difuman no bien empiezo a escrutarlos.
Se guarecen tras los libros de mi biblioteca, me rehúyen, juegan a
las escondidas, y cuando creo que están bajo un Lezama Lima,
salen por detrás de un Maiakovski. En fin, que me tienen de centro
de sus bromas. De las musas ni hablar: se cruzan de vereda cuando
me ven venir, mantienen una posición irreductible y algunas hasta
se hacen las ofendidas, mire usted.
Bueno, todo esto en cuanto a mí, pero no querrá saber cómo
marchan las cosas en el mundo –si es que en verdad no lo sabe-.
No, no quisiera perturbarla con una lata interminable y con noticias
que sobrecogerían al más templado de los hombres.
Usted me dirá qué debo hacer, queridísima Gloria, si es que está
usted dispuesta a ayudarme. En su defecto, dígame por favor a
dónde debo dirigirme y con quien tratar. Desde ya muchas gracias.
Disculpe usted la molestia.

Mi cariño de siempre.

Máximo Ballester

sábado, noviembre 08, 2008

Notas para un poema XII

Notas para un poema que no terminaré nunca.
Bollos de papel en el cesto de la basura. Me queda un solo
fósforo. Pero lo froto contra una gota de agua. He aquí toda mi
poesía.

Suena el teléfono: es mi madre. Está triste. Me habla de mi
hermana. Me pregunta cómo estoy. Estoy bien, escribiendo.
Le pregunto por Dios. Él anda bien, a pesar de todo.

Me acaban de avisar que los habitantes de la casa que imagino en
el terreno vacío se fueron de vacaciones. Colocaron un cartel
enorme en la puerta los muy imprudentes. Y se olvidaron del gato.

Días nublados, destemplados, grises. Una humedad que llora en
las baldosas, en cada palmo de las plantas. Humedad que cuelga
de las ropas. Humedad de vencido. Humedad de ojos taciturnos.
Humedad de medias transpiradas. Humedad que se pega a las caras,
a las manos, al saludo, a los pasos, a los papeles cotidianos, a los
techos, a las bisagras de las puertas. Humedad nadada por un
muchacho en un andén por donde pasa un tren dejando olas.

En la parada de colectivos se me acercó una paloma para comer
restos de una galletita que estaban esparcidos a mis pies.
Caminaba con cautela hacía mí. Aun así se me acercó demasiado.
¿Cómo es que no le di miedo? ¿Habrá pensado que yo estaba
muerto?

¿Qué había en el aire? ¿Vestidos con toda una primavera encinta?
¿Lluvias que no eran? ¿Alguien lloraba para que yo pronunciara
su nombre? En el aire escuché voces distintas. Me llamaron tres
veces en tres distintos lugares. ¿Quién más sabe mi nombre?
¿Qué más se me dará por descifrar entre las ramas de esos árboles?

Trepar la pena con uñas de felino, desgarrarla, tumbarla de
espaldas. Trepar la pena más allá de la pena, más allá de las
gelatinas del aire de la pena. Treparla como si fuésemos a
desnucarla de un sólo beso trasnochado en la yugular. Treparla
como si estuviese en bragas. Sorprenderla de espaldas y
preguntarle quién soy, cómo me llamo. Tomarla de las nalgas, los
pelos, los pezones. Amasarla, moldearla hasta dislocarla en un
rapto de éxtasis furibundo. Apretarla hasta que quepa en una mano.
Arrojarla al río o de un puente o de un décimo piso o a las vías del
tren. Como sea pero bien lejos. Que tarde un poco más en volver a
encontrarnos. Y cuando inexorablemente dé con nosotros, no
sucumbir a su bruma, a su aire de vacío, a sus palas cavadoras,
a sus ardides de hembra despechada. Y que no crea ni por un
segundo que morimos por su abrazo. Y que ni loca piense que
volveremos a treparla.

sábado, noviembre 01, 2008

Notas para un poema XI

Tiene algo de los cálculos de Einstein, de los devaneos de 
Raskólnikov, del Dasein de Heidegger, del Aleph de Borges, del 
ojo tajeado de el Perro andaluz de Buñuel el hueco que hay en las 
horas.

El fondo de las cosas, dice Juarroz, no es la muerte o la vida. 
Por esas orillas pasean las voces que oía Virginia Woolf. César 
Vallejo hunde su mano y saca un muerto lleno de vida y nos 
muestra algo del fondo de las cosas. Las cosas son las cosas. 
Luego las cosas son lo que ponemos en las cosas. Luego las cosas 
son las cosas. Pero el fondo no se ve: tenemos ojos ansiosos y los 
ojos ansiosos suelen ser ojos de mirar. Pero intuyo que andan por 
ahí los ojos que ya nos empezaron a nacer. 

Un esternón abierto llena de luz el hospital. Es de noche. Pero los 
pájaros que se oyen junto a las ventanas creen que ya ha amanecido.

Dos hombres encorvados siguen un camino de hormigas que parece 
terminar en el fondo de las cosas. Es un Dante tomado de la mano 
de un Virgilio: descienden por el hueco de las horas.

Un punto de fuga, un átomo encendido, un tris celestial, la unión 
de dos voces que hacen un solo párpado, una sola llama. La 
inauguración de lo ya vivido en los vértices del aire. Lo presente 
se acuna, brilla de latido, ya es sed feroz de la memoria.

Una palabra por debajo de la puerta es una nueva puerta. Hay que 
dejar la cama, el peine y las costumbres. Hay que vestirse de 
argonauta. Soñar es preciso.

Voy a llamar a mi madre y le diré que sufrí un accidente: nací.

Un muchacho en el andén nada en sentido contrario la marcha del 
tren al irse. Bracea las olas invisibles, agacha la cabeza y la vuelve 
de costado. Su velocidad aumenta a medida que el tren aumenta su 
marcha. Las olas invisibles lo despeinan, lo fatigan. Luego emprende 
una caminata lenta. Lleno de aire.

Por el hueco de la tráquea de las horas baja la voz de mi abuelo 
Luis: me pide que le patee una pelota.

sábado, octubre 25, 2008

Notas para un poema X

Convenimos, mi sombra y yo, en sentarnos a tomar una cerveza.
-Yo soy la espuma, dice ella.

Un hombre, una mujer y sus dos hijos habitan la casa que imaginé 
en el terreno vacío. La mujer sube las escaleras con las bolsas del 
mercado. El hombre sale a recibirla con harina en las manos y le 
dice que ya terminó con el engrudo. En una de las ventanas, 
los hijos montan una función de teatro de títeres con muñecos que 
aún están frescos. El ojo de uno se desliza y cae en un macetero.
La señora levanta la cabeza desde la escalera y ve cómo uno de los 
muñecos le está guiñando un ojo.

El poema que no me escribiste me está esperando tras una puerta 
erigida en alguna parte del aire. No tengo la llave para abrirla. 
Apenas un puñado de versos. Pero mis versos no abren puertas. 
Sólo saben mirar por el ojo de la cerradura.

Adivina adivinador: ¿de quién es ese esternón abierto del que 
emana tanta luz? (De mi padre)

333… 333… pasan las golondrinas de Joan Brossa. 
Las golondrinas de Joan Brossa son tres y, antes de seguir hasta el 
infinito, hacen verano en la página 74 de El tentetieso.

Argumento: un anciano camina con su bastón de madera por la 
calle. Pasa una mujer hermosa y envuelve al anciano con su 
perfume. El anciano queda boquiabierto y atropella mentalmente 
unos versos de Homero Manzi. La mujer no acaba nunca de pasar: 
su perfume teje rosas en el aire. Al bastón del anciano le crecen 
dos hojitas inmaculadamente verdes.

Ahora tengo un puñado de ojos que me espían. Me ven escribir 
que tengo un puñado de ojos que me espían y vuelven a hacerse 
versos. 

Pero no hay nadie en la rosa. No hay nadie en el zorzal. No hay 
nadie en el plátano ni en la baldosa quebrada con grillo muerto. 
He muerto de metáforas. Y mi sangre es miel de la melancolía.

sábado, octubre 18, 2008

Notas para un poema IX

“Esa mujer no estaba en sus caníbales”, dice Mario Trejo. 
“No molestarla que la melancolía ya tiene con sus abejas”.
Las abejas de la melancolía producen una miel desgarradora. 
La miel de la melancolía es el placer de los osos solitarios.

Esa primera vez, cuando el poeta descubre el callar de las cosas, y se 
une a ellas para palpar el silencio, tender sus sábanas innombradas 
para luego cavar en sí mismo, ahí, donde hablan todas las cosas, 
todos los nombres y toda la nada.

Cuando en el silencio no hay nadie cometemos cualquier acto con 
tal de grabarnos como un signo vivo en la hoja en blanco del tiempo.

La metáfora de la metáfora de la metáfora lleva a un vacío, a un 
nido de silencio, a una nada esbozada. Es un lugar infértil. Al poeta 
le toca descomponerlo, desvirtuarlo, darle vida para matarlo.

El agujero en la tráquea de mi abuelo Luis tenía un hilo de baba 
casi permanente en el borde inferior. Me horrorizaba. Por el 
agujero, su voz apenas audible se abría paso desde una antigua 
caverna, como por entre secas hojas de árboles muertos. Yo miraba 
el agujero negro y me preguntaba qué había más allá, a dónde 
conducía ese túnel lleno de misterio.

Zorzal de la medianera que bajás ahora a mi jardín: ¿me traés 
alguna hebra de aquella voz en cuclillas?

Anda una costilla furtiva tallando la corteza de los árboles. Se la 
presiente en el aire. Cuidado: los amantes hacen nido en cualquier 
lugar. Como duendes que no se ven, hurtan la manzana que Eva 
le obsequió a Adán.

Con la miel de la melancolía hacer pastelitos de amor. 
Darlos siempre. Andan osos con hambre.

viernes, octubre 10, 2008

Notas para un poema VIII

Anochece blanco sobre la casa de dos plantas donde duerme un 
hombre derramado sobre el felpudo de la entrada. Le cuelgan unas 
llaves de la boca. De una escupida abrirá la puerta con el adorno 
navideño. Pero antes acariciará a su gato, que es largo como un 
lagarto en los ojos de un niño. La puerta se abre y muestra el 
interior de un lavarropas con cientos de papeles escritos que se 
mezclan en seco y suenan como el aletear de las gaviotas en la orilla 
de un mar que se desagota en el cordón de la calle.

Cuando en el silencio no hay nadie…

Aún debo conservar el perro imaginario de cuando actuaba La dama 
del perrito de Chéjov. Debo tenerlo por ahí.

El mapamundi de mi sueño de niño se inventaba nuevas regiones. 
De pronto entre África y Oceanía crecía un continente con la forma 
de un ombú. En otoño, el océano Índico se poblaba de islas.

En cambio mi barrilete, querido Dylan Thomas, aquél con que 
jugaba en la mañana celeste de mi infancia, aún no ha tocado el 
cielo.

Deletrear el abecedario con los pies. Cada letra un salto. Una danza
que celebre el ojo despierto de Jean Dominique Bauby.

Cuando desapareció mi prima Nora, antes del mundial 78, mi madre 
decía que mi padre revolvería cielo y tierra para encontrarla. 
Nora había salido a buscar trabajo una mañana y ya no volvió. 
Nora parecía no estar en el cielo ni en la tierra ni en el último cajón 
de la cómoda ni en el altillo ni en el baúl del abuelo ni bajo 
ninguna alfombra. Después Nora estuvo en todas partes. Y todo 
el aire estaba lleno de Nora.

Un hueco en las horas como el agujero en la tráquea de mi abuelo 
Luis.

Un barrilete hecho mapamundi que busca en las alturas el sol, las 
nubes, el cielo que no tiene.

sábado, octubre 04, 2008

Notas para un poema VII

Un hombre se corta las uñas. Se deshoja.
Acaso sea Voltaire. El despertar de Voltaire, de J. Huber, en la
tapa de El jardín de las dudas de Fernando Savater.
O quizá sea Oscar Wilde, quien pone una coma –o la quita- en su
escrito, y ese es todo el trabajo literario producido en el día.

Hoy llamaré a mi madre y le preguntaré por la receta del puchero.

Acaso la inteligencia de un escritor debería medirse por la cantidad
de libros publicados de los que se arrepiente.

Me concentro en un terreno que hay en una manzana cerca de aquí.
Tiene alrededor casas y edificios. El terreno está solo, bajo las
sombras de las construcciones. Empiezo a imaginar una casa de dos
plantas. Balcones. Ventanas. Puerta de madera. Necesito la
presencia de una escalera exterior con su descanso para ver las
personas que habitan la casa. Suben y bajan. Las hago entrar por un
balcón, salir por el techo. Cambian de ropa, de objetos que llevan,
y a veces de cara. Las hago desayunar en el descanso, telefonear
sobre una ventana, dormir en el felpudo de la entrada.
Cuando paso por esa calle repito siempre el ejercicio de imaginar
que hay en ese terreno vacío una casa, que habitan personas que no
existen.

Un hombre se cortaba las uñas de las manos en el umbral de una
casa que aún no estaba allí.

Ir sin manos a hurgar profundo en el hueco de las horas.

Cuando el amor se parece a Job.

Una vez vi un hombre en llamas en el hall de entrada de una casa.
Fue en San Fernando. Yo era chico. Pensé que era el Diablo. Pero
hoy creo que no lo era. Su cara colorada tenía una mueca de dolor
terrible. Era un llanto de lágrimas encendidas. Estaba sentado. De
perfil. Se retorcía entre mil llamas, desgarradoramente.
Cerré los ojos –pensé que era mi imaginación-, y al abrirlos,
el hombre ya no estaba.

Un hombre se deshoja: ojo por ojo, uña por uña, gota por gota,
hora por hora, pelo por pelo y se desnace en el viento.

Las uñas cortadas, que tanto sirven para comas como para trazar
el contorno de la luna.

sábado, septiembre 27, 2008

Notas para un poema VI

Anoto que llueve.
Lluvia copiosa. Y copiona de otra lluvia.
Pero la lluvia es uno. ¿Qué no lo es?

En el vidrio empañado del colectivo hay gotitas que se aferran con 
fuerza. Son gotas colgadas de un pasamanos invisible. Viajan por 
fuera. Algunas parecen tomadas de la mano. Viajan sin pagar boleto.
A través del vidrio, por entre las gotas viajeras, veo avanzar hacia 
mí los árboles de Juan L. Ortiz.

Mientras despeina suave, un poema de Fernández Retamar: 
“... mientras despeina suave las cabezas de los hijos que tuvo 
con el otro.”

¿Qué hacemos con todo lo amado? ¿Túnel entre escombros, abismo 
que se agita, lo amado?

Todo lo que no es amor es pérdida de tiempo.

Pozo que no das agua: ¿desde dónde vienen estas olas que oigo 
martillar las horas?

Hay un hueco en las horas. En él parece estar todo lo que fui. 
Y lo que no pude ser.

El amor es un cíclope montado en un “Rocinante”.

También es memoria la lluvia.
¿Y esa sed melancólica de no querer perderse ni una gota?
Y los limpiaparabrisas diciendo que no.
Los semáforos derramados, doblados sobre la calle mojada. 
Doblados como en un cuadro de Dalí.

A veces uno aborrece la lluvia. Pero la lluvia es uno. Entonces 
hay veces en que uno se aborrece.

Anoto que bajo la lluvia uno puede llorar sin que se note.

La lluvia de Tuñón llueve como pocas.

En el aire se oyen voces. Es normal que alguien de pronto 
diga:
-¿Qué?

Tu voz tiene pañuelitos. Y ese polvillo de colores que suelen dejar 
en las manos las mariposas al tocarlas.

sábado, septiembre 20, 2008

Notas para un poema V

Hay un hueco en las horas. 

Vivimos para aprender, en algún momento, que hay un hueco en 
las horas. Un falta algo. Una desproporción. Una figura en falsa 
escuadra. Un hambre no se sabe de qué en el vértice más lejano de 
las horas.

El problema de Kafka era no saber ser otro que Kafka. Nunca se 
sabe ser otro: se desea. Todo el arte está impregnado de “ser otro”.

Las criaturas de Lautréamont diciéndole a Dios -defecado por el 
hombre-: no queremos ser como tú. 

El caos del aire es un cementerio lleno de vida. 

Todo lo que hay es tiempo. Un tiempo cuyas horas reservan un 
hueco para la conciencia.

Si yo tuviera tus manos como cachorros de león recién nacidos 
sabría de otra voz. Una voz de flauta celestial, maravillosa. Sordo 
a todo lo demás, la acunaría en silencio. Cada silencio tuyo: un 
universo.

En el aire había un malabarista de nubes. Mojaba sus manos en la 
lluvia para moldear seres de otra fantasía. Cuando abrí los ojos, aún 
no había llovido. Un hombre empujaba su carro: arrancaba panes ya 
maduros a los cestos de basura florecidos.

No sé quién era los pasos bajando por la escalera. No sé quién el 
sonido interrumpido, la pequeña pausa para leer el correo. Suelas 
que se apilan. O se desapilan. Seguidilla de seguir. De seguir siendo 
en los escalones como teclas de la escalera.

Hay un hueco en las horas. Un ojo que desmira. Un túnel entre 
escombros. Un abismo que se agita, absorbe, respira. Hay un siglo 
en las horas, y más allá un infinito. Hay una ostra. Una bitácora. Un 
escalpelo. Un reloj dentro de un reloj dentro de un reloj como en 
cajitas chinas.

Y hay lo que no hay, en las horas.

sábado, septiembre 13, 2008

Notas para un poema IV

I am not sorrowful but I am tired
Of everything that I ever desired.

Anoto los versos de Dowson que Ciorán ha repetido a lo largo de 
su vida:
“No estoy triste, estoy cansado 
de todo lo que siempre deseé”
Es un grito tallado en las paredes de su alma. Signos que se 
derraman, que chorrean una sangre metafísica.

La sensación de tener pedazos del cuerpo vagando por ahí, flotando,
naufragando aferrados a maderos de ilusiones pasadas. Ilusiones 
que esperan ser sacudidas como manteles, como sábanas, y vueltas 
a tender, redimidas.

Los anteojos de mi padre olvidados sobre su mesa de trabajo. Ahí 
estaban de pie. ¿Mirando qué? ¿Acaso a las herramientas colgadas, 
que también esperaban y velaban por sus manos?

Las herramientas de mi padre eran llaves que podían abrir mil 
puertas.

Un voz en cuclillas se mete por otra voz interior mía y se trenzan en 
una voz contenta que entra por los oídos de mi pecho, me recorre 
con densidad de beso hasta que doy en este que soy: cofre de esa 
voz, cajita de música que cantará hasta el fin de mis días.

¿Qué será de Praga sin Manuel? ¿Seguirá siendo una ciudad de ferias 
y congresos?

Una costilla oculta escribe el deseo en la corteza de los árboles.
Los amantes rompen la bolsa y lloran de estar vivos. 

Algún día un ave preguntará por qué nacemos sin alas.

De todo lo que deseé me queda haber amado. Soy una pelota. Y mi 
alma un hombre encorvado que mira de cerca un camino de 
hormigas. Soy una pelota que rueda. Y al rodar se me caen dos o 
tres palabras que guardo para hacer un poema. Pero sobre todo soy 
el poema que nunca pude escribir. 

Los anteojos de mi padre brillan en la madrugada de mi infancia.

domingo, septiembre 07, 2008

Notas para un poema III

En mi sueño se desplegaba un mapamundi. En él se divisaba la 
casa de mi infancia. Después era un papel blanco escolar cuyos 
bordes se parecían a los puños de un guardapolvos. Yo orinaba sobre 
el papel. Yo era un desagüe y alrededor era otoño. Hay un 
dejarse llevar que tiene una poesía secreta al orinarse uno en la cama.

Recuerdo cuando pesqué un bagre y al tomarlo se me clavó una aleta 
lateral en el dedo medio. Las aletas de los bagres son aserradas. 
Fui a que me la quitara mi padre. Pero ahora me doy cuenta de que 
anduvimos, aquel pescado y yo, caminando unidos por la calle.

El problema del poema es que hay que escribirlo. Sospechar que de 
algún modo ya está hecho entre las páginas del aire. Saber que él 
no nos necesita.

“Que el verso sea una llave que abra mil puertas”, proponía 
Huidobro. Yo hasta he procurado valerme de ganzúas.

Por el aire pasaba un bagre infinito.

Un pez que hablaba del aire cuya voz imitaba la balada de un grillo 
muerto.

Pasaba un hombre muy encorvado, como si viniese de abrazar una 
gran pelota.

La cama del muerto con su manto de luz lleno de partículas que 
cantan una canción llena de ausencias. Parece una idea de Van Gogh 
pero pintada por Rembrandt. 
La pintura entendida como vía de modificar una sociedad aún está 
por pintarse. La sociedad modifica las pinturas según pasan las 
generaciones.

Una llave que abra mil puertas a unos le dará poder, a otros, 
sensación de inseguridad.

Un mástil al que le crece una bandera que hay que podar hasta 
dejarla en estado de esperanza.

La cama del muerto ilumina la habitación más allá de la luz que 
desenrolla sobre ella la ventana apenas asomada. El colchón 
hundido es un molde vacío. 

Pasaba un hombre muy encorvado, como dispuesto a dar una 
vuelta carnero.

sábado, agosto 30, 2008

Notas para un poema II

Todo lo que pueda ser aire es libre.
En todo lo que pueda ser libre hay un caos. El aire es una especie de 
caos.

Convenimos, mi sombra y yo, en disgregarnos en un minuto del
mediodía. Pero ¿quién miente?

Anoto Pagra, de Manuel Vázquez Montalbán. Acaso sea una 
sinfonía esa ciudad. 
“Damas de Praga
como las rosas de Alejandría
coloradas de noche blancas de día”
Paso toda la guerra inventariando metáforas de guerra.

Hay hambres que son metáforas del hambre pero ninguna tan cruda 
como el hambre. El hambre es hombre. El hambre está lleno de 
monstruos. Monstruos de un hambre maldito. 

Leí en el diario que un barco de la armada argentina mató con sus 
hélices a una ballena en Chubut en temporada de avisaje. Ella nos 
atacó, dijeron.

Hay mujer en el aire.

Un aire de mujer en los músculos de los plátanos. Desboca. 
Desnuda.

Levanto una piedra y hay un ciempiés. Vuelvo a levantarla y se cae 
un mundo. El misterio. 

Praga debió ser una lanza clavada en los testículos del sol.

La luna es un cementerio vacío de muertos. Las invocaciones, 
los clamores pacen en el aire. 

A veces uno cree que está mal hecho. Que es un boceto sombrío.
Que al estornudar puede vaciarse de órganos, dislocarse, 
derrumbarse y dar con el boceto de otro.

El aire anotado en los cuadernos de Dios suspira como una mujer 
embarazada, se ladea hacia los márgenes, es un caos revulsivo 
capaz de asfixiar a cualquier dios.

Levanto una piedra con la esperanza de avistar una ballena.

domingo, agosto 24, 2008

Notas para un poema I

Hay una potencia en el aire, cierto fragor subterráneo,
un calor, formas que según Wallace Stevens son como de mujer.

Voy a llamar a mi madre esta tarde –esta tarde arde por lo que no
está-: qué será mañana de Jesús sin ella.

Es el aire en el aire. Ora nublado por el humo en olas de un 
cigarrillo, ora sentencioso con su arco de violín recién amanecido 
en los plátanos. Los plátanos se me antojan azules. Sí, pero es 
un color que degrada en un plomo dulce para luego retozar en 
nuez. 

Su voz en cuclillas.

Voz en cuclillas a crecer de enredadera. Conserva lo sutil: cachorros
mojados, frutos de abuela, canasta, como el dibujo en un frasco
de mermelada.

El cordón de la calle tiene un temperamento especial.
Aguas por el desagüe: poner una palabra en la corriente. Remar con 
los ojos. Atrás queda la fulminante soledad de un tapial.
La parada de colectivos es un silencio largo del que conversa la 
baldosa quebrada y el grillo muerto desde anoche.

Arroz. Trocitos de pollo acaramelados con miel. Jengibre.

Por la tarde mi madre me dirá qué comió en el almuerzo.

A mi voz guardada en cuclillas no la segará ninguna sinfonía 
de martes. Ni el violín del aire serruchando las ramas de los 
plátanos.

El malabarista que vi en aquella esquina jugaba con mundos 
de fuego. Una llama quemó los anteojos de un traje con señor. 
El señor estaba ausente y hospedado en algún lugar. 
A veces hay una fiebre en el aire.

Otras veces dan ganas de hacer el amor de espaldas al discurso 
presidencial.

Anoto que hay escases de musas. Un sonido que pasa como 
quien va para otro lado invoca otras bocas, bocas luego boas, 
luego un santo, y un cansancio que habla del aire. 
Un pez que habla del aire. 

En mi sueño había cosas benditas, otros colores y otras sombras. 
Glorias pasadas. Mi sueño no era el trineo de otro. A la nieve 
la juntaban los vendedores de pochoclo. Una vez en sus manos, 
las palomas llevaban mensajes que sólo podían ser leídos por 
palomas.

Desconfío de los discursos. Que hable la calle, que hablen los 
canteros, que hablen los pinos, que hable el grillo muerto, 
que hable la lluvia.


En el sueño telefoneaba a mi madre y le preguntaba por mi padre. 
Lo importante es la salud. La vida va y viene.

En el aire había un puñado de rosas que no te regalé.

domingo, abril 27, 2008

Adiós…

… o hasta luego, o hasta cuando sea.

Queridos amigos: abandono mis blogs. Necesito un descanso y hacer otras cosas. Discúlpenme
por favor que no los visite. Todos sus blogs y su compañía son muy valiosos para mí.

Les dejo un puñado de poemitas que pensaba ir posteando de a poco y que acabo de enumerar y darles un orden. Espero sean de su agrado y sepan perdonarme la ausencia.
Hasta la próxima. Un abrazo y gracias.



1

En la noche
un hombre
da su nada.

Se vacía
en el gesto
de pedir.

La luna
duerme
en sus palmas.




2

Caer
de la herida.

Caer dentro.

Dentro es lugar
de muertos
que saludan.




3

Gorrión
en el pentagrama
de los alambres
de púas.

Salta a otro
alambre:
ya es otra nota.




4

Todo es
espejo
para el de los
ojos cerrados.

Pero
no hay
ojos cerrados:

hay párpados
que dan a luz
en sombras
de la mirada.




5

(Panadero
en el aire.)

Alma mía:
¿dónde vamos?

Panadero
del aire:

¿de dónde
nos conocemos?




6

Dar
lo inalcanzado,
lo soñado y
trunco.

Dar lo perdido.

Darse
es dar lo perdido.

Solo así
es darlo todo.




7

Orilla.

Relámpagos.

Olas a mis
pies.

Decime,
Patricia
-vos que andás
en otra luz-:
¿de qué conversan
el relámpago
y las olas?




8

La niebla
cubre lo hecho.

Hemos de nombrar
para hacer camino.




9

Pájaro fugaz.

Ráfaga en el
aire.

Feliz aquel
que no siente
la obligación de
existir.




10

No es
oscuridad
la nada.

Es luz
que no brilla.


Claridad
no habitada
por lo claro.




11

Huella en la arena:

no está descalza.

En las hendiduras
donde los dedos,
en esas gotas de
sombra,
alguien pisa todavía.




12


Cuando
de lo hablado
sólo queda
una fragancia.

Cuando
ya no tiene
palabras
lo hablado.




13

Lanzamos
la voz.

Abrimos
tajos
en lo oscuro.




14


Con todo
lo esperado
hago
poemas
como horas
que dan
luz
después de
muertas.




15

Desde afuera
hacia adentro
miro por la
ventana,
y en la silla
sin mí
espío mi muerte.




16

Sombra
sin cuerpo,
mi espera.

Se abraza
a cada cosa
que se mueve.




17

Aleteo
de pájaro
remontando
vuelo.

A mí
me fue dado
parpadear.




18

Pasamos
entre pulsos
sin saberlo.

También cada
sombra
es oscurecida
por su espejo.




19

De
pensar
ando
lleno.

De
pensar
hasta
vaciarme.




20

Hasta aquí
el poema.

A mí
me toca seguir

-vivir, morir-,

seguir siendo.

miércoles, abril 23, 2008

Como
golpear
una puerta
de algodón:

es fácil
atravesarla
pero nadie
te oye.

miércoles, abril 16, 2008

Dibujo
una silla
y me sale
un perro.

-Qué bello
es tu poema.

Pero no pude
oir más:
yo estaba tejido
al eco de un
tero.

Lejos de mi
ausencia.

sábado, abril 12, 2008

I

He de tocar
de palabra.

Las manos
no tocan
almas.



II

Tocar
de palabra
no como quien
busca tocar
el cielo
con las manos.

Tocar
de palabra
como quien
copula
con las raíces
más hondas
de la Tierra.



III

De
palabra
tocar
las fuentes
del vacío.

martes, abril 08, 2008

Tu boca
sopla el borde
de la taza
de café
y una luz
se despabila.

El viento
allá afuera,
el mar soplado,
la luna.

jueves, abril 03, 2008

Claridad.

Las primeras
horas
se desgranan
sobre el jardín.

Zorzal de la
medianera:

¿qué tiempo es
en tu panza de
crepúsculo?

jueves, marzo 27, 2008

el poema no vino
faltó sin aviso
hay apenas unas avispas
que fluyen por detrás de las orejas
por donde suelen oir las paredes
hay la bocina del tren
llegando a la estación
se cuela por el ventanal
se hamaca en los marcos
(mi perra toma agua
el último trago le chorrea de costado
y moja la alfombra)
el poema no va a venir
ya es tarde
guardo mis papeles
cierro la puertas
las ventanas
y por las dudas dejo abierta
la canilla del fondo
esa de la que nunca sale agua

miércoles, marzo 19, 2008

Cartel

Sobre el segundo portón lateral
del supermercado y sostenido por dos
tubos de hierro, se alza un cartel chocado
y hundido hacia atrás, que dice:

NO AVANCE

jueves, marzo 13, 2008

Pesebre (escena submarina)

En el fondo de la pecera,
sobre un camastro ladeado y postrero,
un niño Jesús pez mira con ojos de asombro
al señor de la escafandra
tumbado en un rincón oscuro.

jueves, marzo 06, 2008

Los dientes del perro

Los dientes del perro atropellado
en la calle crecen en el aire se elevan
como hojas de luz de un árbol seco flotan
hasta dar manos de muñeca que a su vez
sueltan capullos de algodón con formas de
nubes que semejan perros pero
en realidad son árboles que chocarán
entre si para que lluevan dientes que acabarán
burbujeando en la calle como perros muertos.

viernes, febrero 29, 2008

Naufragios

naufragio
oleajes tuyos
estelas de tu pelo
cavándome
bichitos de tu voz en pequeñas soledades
que das al besarme
naufragio en las aguas de tu cuerpo
gaviotas de mis manos te recorren
buscan muelles puertos
en tu piel
tu vientre amado
respirás y se abre el mundo
sonreís y se hacen los maderos las balsas
y es orilla segura tu cuerpo
que ya anda por mis manos
que acaban de nacer
respiran
náufragas y recién tocadas por la luz
hablás y es otro el mundo yo puedo dibujar
en el aliento de tu
boca
nombrarte al morder tu lengua
ser
en los vaivenes de tus urgencias que son tan mías
dulce violencia que me abre alas
pezuñas de algodón
para sumarme a todo lo que es agua en vos
cuerpo mío
náufraga de mí
maga de mis días
y voy a florecer en tus playas junto
al primer rocío de la mañana.

sábado, febrero 23, 2008

La lluvia en San Bernardo

A la madrugada pareciera clausurarse el verano
para violar de un solo golpe visceral los cerrojos
de la locura.
Las gotas encienden los primeros charcos
donde se reflejan las cicatrices espontáneas de los rayos
que ya trazan las primeras várices en el cielo.

Es lluvia declarada. Abierta. Soltada a dentelladas.

Se oye a unos muchachos cantar bajando hacia la playa.
No tienen donde dormir. Son los que se ven por la mañana
dormir de cara al sol tapados con las sábanas arrugadas
del mar.

Llueve como si todo el mundo hiciera el amor al mismo
tiempo. Como si lo hiciera contra los vidrios de las ventanas,
contra las puertas, en los balcones, subidos a guardillas,
a los taparrollos, trepados de las cortinas.

La lluvia entra por las narices, por los ojos, las manos,
entra en la tierra como sangre, coloca perlas en los pinos,
lágrimas en las estatuas.

La lluvia copula con el mar, y la arena en la playa se llena
de huellas de llanto. El mar y la lluvia copulan
y es como si se escuchara llover en otro idioma.

Llueve a leños rotos, a chispas secas, a fuego recién encendido.

Llueve como si mataran a alguien.

Los muchachos en la playa deben tener frío, ese frío que si fuera luz
bastaría para encender las alcantarillas de toda la ciudad. Se oye
un aullido: quizá le hayan despellejado el alma a alguien.
Acaso las almas de muchos “alguien” conformen esta lluvia,
esta ráfaga de ahora que se desliza por desagües de saxofones
y brilla como dientes de oro en las rejillas.

Ahora llueve más lento. Llueve como si un anciano recordara
otra lluvia.
Llueve el relato de otra lluvia.
Una lluvia lejana, casi inmóvil, que huele a curtiembres,
a humedad de maderos mohosos y nuez moscada. Una lluvia
con vahos de grasa caliente, de humo de hornos de barro, y humo
extinguiéndose de hojas secas quemadas en la calle.

Llueve como si anunciaran una carroza de primaveras,
como si fueran a desfilar comparsas de redenciones, una marcha
de almas pintadas de futuro que brillan como escamas violáceas
y cargan en sus caras la amarga pesadez de una mueca idiota.

Ahora llueve como si los motores de las nubes hubiesen
ya gastado sus poleas. Caen gotas a medio pintar pero todavía
es lluvia en las bisagras, en las rejas, en las telarañas,
en la medianera chorreada de hongos, en los muchachos dormidos,
casi muertos en la playa.

Llueve como si se desangrara un muerto.

Ya hay luz del día colándose y levanta las persianas con patadas
de paloma. Realza los charcos, dibuja la corriente de agua turbia
en los cordones.

Todavía la ciudad a las seis de la mañana está mal dibujada.

Y se levantan sonidos. El primero es de un auto que choca
contra el clamor del mar. El mar ahora suena como si tragara
muchachos sin haberlos masticado.

Pero apenas llueve en este instante. Es una gotita. Otra.
Es una canilla que no se ve.
Una gotita, y otra, como las últimas palabras de un anciano
antes de morir con el relato de otra lluvia –su vida- en la boca.

Un pájaro caza una lombriz. Un perro se despereza.
Las llaves del portero del edificio tintinean. Los pasos crecen
en el pasillo todavía en penumbras.
Parece que todo el mundo se levanta para salir a ver
si apagaron bien la lluvia.

sábado, febrero 16, 2008

Mi block

Mi block de hojas lisas
tiene 28 agujeritos por donde pasa
un espiral plateado.

Dos agujeros más
en el margen izquierdo.
Una tapa.
Una contratapa.

Cuando tenga ganas de escribir
-mejor dicho: cuando se me ocurra algo-
sin duda lo haré en este block.

Me gusta.
80 hojas de 216x356 mm
de un blanco ominoso.

domingo, enero 13, 2008